Leer y Quemar

Viddy well, little brother.Viddy well.(A clockwork orange)

viernes, agosto 04, 2006

Resignación

6. Está PASADO de moda.

¿Tienes un blog? ¿En que siglo vives? ¿En el XX?

Más en labitacora.net: Motivos para abandonar tu blog

miércoles, agosto 02, 2006

Excusas inexcusables

Lo sé. Vale, vale, vale. Tienen razón. Tienen todo el derecho a andar decepcionados conmigo. Yo también lo estoy. Tengo dramáticamente abandonado Leer y Quemar. Como excusa, solo puedo darles una: en este tiempo he estado preparando la puesta en marcha de El Informe de la minoría. De ese modo mi actividad blogger ni se crea ni se destruye, sólo se transforma. Del arquetípico modelo blog: “oh-fíjense-lo-alucinante-que-es-mi-vida”, saltaré en breve al no menos arquetípico, “oh.-fíjense-que-visión-tan-epatante-que-tengo-del-mundo.” Dado que mi vida no ha alcanzado en este tiempo niveles significativos de alucine espero que me vaya mejor con el Informe. Sé que a cualquier lector le gustaría un poco más de constancia en mis blog. Pero en fin, consuélense con la idea de que yo me hago la misma crítica, y que muy probablemente, me fustigue con más saña de la que puedan darme ustedes.

La inconstancia es, tristemente, la seña de identidad de las bitácoras. La blogosfera está empedrada de dietarios que acabaron en el vacío. Los blog, por lo general, nacen condenados a un ciclo de vida más o menos corto. Es el diktat de la posmodernidad, el Imperio de lo efímero. La edad media de un blog incluso está calculada: cuatro meses. No more, no less Es el período de tiempo en el que un blogger termina asumiendo que lo que escribe interesa a un grupo enormemente reducido de gente, que por lo general apenas va más allá de un círculo social cercano con el que se comunica con cierta regularidad. El mío, pensé, tampoco puede librarse de esa maldición congénita. De hecho, ni siquiera llegó hasta las cuatro meses hasta que fue devorado por las fauces de la mediocridad, y el olvido. Pero ya ven. Hoy, nada más encender el ordenador, me topé estupefacto con un par de post que nunca habían visto la luz. Traspapelados injustamente entre mis idas y venidas a la capital del Reino.

Los he vuelto a leer. No es que me parecieran buenos, pero tenían un pase.

Merecían publicarse.

Tal vez, quién sabe, me enterré a mí mismo demasiado pronto.

Aún quedan cosas por quemar.

La novedad de la rutina

El filibustero no se había movido. Sus ojos, que habían cobrado una tétrica expresión, permanecían fijos en la puerta del camarote mientras que a su frente afloraba un gesto sombrío. Permaneció allí algunos minutos, como si estuviera absorto en atormentados pensamientos y sus miradas persiguieran alguna visión fugaz. Luego, se estremeció, y, sacudiendo la cabeza, murmuró:
-¡Locuras!...

Emilio Salgari. El Corsario Negro.


Semana Santa.
2006.
El regreso.

Despertar extraño. La habitación era algo más azul, con cierto aire infantil que sorprendentemente sigue resistiendo el paso de los años. Había más libros que de costumbre. Había más espacio. Había mucho más orden. Había una voz familiar dándome los buenos días.

Era mi madre.
Estaba en mi casa, en mi habitación.
Otra vez.

Han pasado cuatro meses. Nunca antes había pasado tanto tiempo sin volver.

A la salida: Las calles siguen igual. Hay turistas en la zona del museo. Hay mucha gente subiendo y bajando la calle Santa Eulalia. La gente sigue con las mismas caras. El mundo apenas ha girado. Leo, el quiosquero de la Puerta de la Villa, me ha acercado El País antes de que le dijera nada. De nuevo, el gesto y la sonrisa me han parecido navideños.
Como si a lo largo de este tiempo no hubiera dejado de comprárselo día tras día. Como si no hubiera variado nada.

Hace calor, bueno, eso sí ha cambiado. La tierra sigue a lo suyo, gira alrededor
del sol. Las estaciones van y vuelven. La tierra se mueve. El tiempo cambia. Pero las estaciones, claro, no es que dependan de Mérida.


Todo esto puede sonar ingrato. A fin de cuentas, existe una ley no escrita que convierte en seres antipáticos a quienes se meten con su ciudad natal. Y personalmente me parece una ley correcta. Es uno de esos viejos principios nobles: no hablar mal de la familia, no echar hielo a la cerveza, no liarte con la novia de tus colegas. Sin esas leyes, el mundo quizás daría un poco más de asco. Y como ocurre con todas las cosas que no se eligen, a la ciudad natal hay que soportarla quieras o no.
Curiosamente, y esto pocas veces lo confieso, a Mérida la defiendo a capa y espada cuando por casualidad alguien la saca en alguna conversación en la Villa y Corte.

Hay una frase que me hace desenfundar todo el repertorio de argumentos típicos. Cuando menos lo esperas, alguien suelta.

“Qué, cuándo vas a tu pueblo”

La frase despierta una reacción instintiva. Como un resorte. “¿Pueblo? ¡Qué va!”, respondo tratando de convencerme a mí mismo. “¿Mérida? ¿Un pueblo? Bueno, es la capital de Extremadura. Bueno, y tiene 60.000 habitantes. Bueno, y está bien después de todo”.

La misma persona, impresionada por mi ardor regional, hace la siguiente pregunta clásica: “¿Y para salir?, ¿cómo es?, ¿Qué tal el ambiente?, ¿De marcha como anda?”

Y la respuesta, más clásica todavía:
“Bueno, tiene tres o cuatro sitios que están bien. Un par de bares en plan Malasaña. Un par de cafeterías en plan Lavapiés. Y luego si te gusta el tema del turisteo te da tiempo a ver las cinco o seis cosas que tiene la ciudad. Se pueden ver en dos días, pero para quienes no las han visto son de lujo. En serio, pásate. Un fin de semana, el que quieras, más tiempo no hace falta”.

Esta conversación la he repetido tantas veces que más de una vez me la he terminado creyendo. (Y es que en parte, después de todo, tiene algo de cierta).

Hasta que vuelvo.


Mérida. Ese sitio. Ese agujero inexplicable. Esa realidad difícil de clasificar entre el pueblo con pretensiones y la urbe risible. Ese lugar donde el alcalde se saca de la manga una “ley de grandes ciudades” sin que le atragante el rubor. Mérida, el lugar de descanso donde Octavio Augusto decidió que vinieran las legiones a jubilarse.
Una ciudad creada para el descanso de los viejos. Una ciudad para el retiro. Una ciudad que nacía para esperar a la muerte. Es más que lógico que, de una forma u otra, eso haya acabado marcando todo que vino después.

Mérida, sí, es eso. Un sitio donde todo conspira silenciosa y malignamente para abotargarte. Un mosaico de desidia esclerótica, culturalmente cadáver, políticamente inexistente, socialmente maltratada, apocalípticamente castrante.
En términos musicales: puro minimalismo La misma nota repitiéndose sin variaciones hasta el infinito. Las canciones de mediados de los 90 volviendo a sonar hasta las seis de la mañana en el Reflejos con el mismo coro de parroquianos clásicos danzando de una forma caótica, acompasada, sin embargo, con los saltos caóticos de la noche anterior, la semana anterior y el año anterior.
En lenguaje pictórico: el cuadrado blanco sobre fondo blanco de Malevich. El Suprematismo pictórico hecho ciudad. En términos literarios: “el horror, el horror”, de Joseph Konrad.
En palabras de Michael Ende: la nada.

Y sin embargo, a pesar de ello, o a causa precisamente de ello: también el todo. Los extremos, suelen decir, se tocan. La totalidad se esconde en medio del nihilismo. En medio de Mérida, la salvación existe. En Mérida lo imposible se hace táctil.

Como prueba, de hecho, ofrezco dos definiciones. Son las mejores que he llegado a escuchar en estos 23 años de devaneos emeritenses. Por pudor, dejaré a las fuentes en el anonimato.

Definición 1. Ontológica.
“Es la ciudad en la que todo puede pasar, porque nunca pasa nada.”

Definición 2. Deontológica.
“El problema es que veis la rutina de forma tan rutinaria que nos sois capaces de disfrutar de la novedad de la rutina”.

Esas dos frases compensan, comme ci, comme ça, todos los males de este agujero planetario. La novedad de la rutina es infinitas veces más poderosa que la rutina de la novedad. Vivir noches épicas en Londres o en París es fácil, hacerlo en Mérida exige un esfuerzo homérico. El éxtasis solo es absoluto cuando nada lo justifica. Y en Mérida, algunas veces, ese éxtasis existe.

No es que espere vivirlo ahora. Me conformo con la sensación de que alguna vez llegué a verlo, de que esa visión explicaba un par de milenios de historia.
Ahora no aspiro a tanto.

Vengo a pasar cuatro días.

Y para ese tiempo, la ciudad, bueno, tiene tres o cuatro sitios que están bien.

Un fin de semana.

Más no hace falta.

El azar y la venganza

La degradación nunca está muy lejos de la revelación.
Extraído de la contraportada de Yanqui, de
Borroughs. Editorial Anagrama.

¡Enemigo!
Oh, enemigo, enemigo mío, infame personaje de mis entretelas y de mi corazón, vástago de Satán, ahijado de la mediocridad, cobarde seguidor de Catón, prófugo cual Pompeyo camino de Egipto, en perpetua fuga de la nobleza, la bonhomía y de todo lo que es bueno, correcto y adecuado.
Francisco Serrano.
Día del enemigo invisible. Antes del día de reyes de 2006.

Contenedor Vader

Cuando salgo de la Galería vuelvo siempre a casa cruzando por la calle Santa Eulalia. Es un camino más largo, pero forma parte del ritual emeritense. Esa calle atrae a todas las almas e inevitablemente la mía acaba también cayendo. Hay buenas razones para tomar esa dirección, sobre todo cuando sobra tiempo. Atravesar Santa Eulalia supone saludar a un mínimo de cinco personas, hablar brevemente con tres y día sí, día no, detenerse cinco minutos con alguien. Una sobredosis de sociabilidad comparada con el resto de calles.

Cumplo con esa disciplina a diario. Sin embargo hoy esa inercia se ha roto. Tomé el camino contrario. De regreso al hogar busqué la ruta más despoblada posible, me sumergí en calles que tenía olvidadas y evité que cualquier transeúnte me reconociese. El motivo: cargaba en la mano una caja grotescamente grande de Smacks de Kellog´s, en cuyo interior, para mi desconcierto, podía verse con absoluta nitidez la cabeza negra y metálica del galácticamente ominoso Darth Vader. Todo el casco convertido, para culminar el delirio, en tazón/contenedor donde comerse cada mañana los cereales. La profecía de la caja al menos no miente: “Tu viaje al lado oscuro será ahora completo”, asegura.

No puedo estar más de acuerdo.


A la hora de definir este objeto, absurdo es un adjetivo que se queda demasiado corto. Antilógico se aproxima más, pero tampoco llega. ¡¡Contenedor Vader!! ¿Cómo diablos se concibe eso? Sólo existe una circunstancia que hace entrar ese objeto en el campo de lo comprensible (aunque tampoco mucho), y esa circunstancia se llama Enemigo Invisible.





Las delicias… (enorme suspiro).

Como tantas otras insensateces, el enemigo invisible se engendró al calor de la edad dorada en que otros tres colegas y el que suscribe tomaban café en las delicias, cuando casi nunca había problemas para encontrar mesas vacías, y cuando podía permitirme gustosamente tirar tarde tras tarde porque ni siquiera hacía prácticas en ningún periódico.
Dicho de otra forma, en el verano de primero de carrera.

El enemigo invisible es pues una tradición que ha cumplido cinco años. Pero a diferencia de otras tradiciones, la costumbre aún no ha logrado darle sentido. En teoría es una inversión de las reglas del amigo invisible. En lugar de hacerle regalos al sujeto que dictamina el papel, hay que hacérselos a todos menos a él. Conviene, para no encarecerlo mucho, que no jueguen más de cuatro personas. En este caso, somos el número exacto. Las tardes de las Delicias, más tarde reconvertidas en tardes y noches de La Galería, contaban con un equipo lo adecuadamente delirante formado por un muy atribulado Juan Aragoneses, un muy epatante Alberto Luke, un muy pantagruélico Francisco Serrano y yo mismo, que debo ser muy, muy algo, pero que aún no sé muy bien el qué.


El día del rencor.

Por último, una vez solventada la parte de los regalos, queda un paso decisivo: los discursos. Hay que escribir tres discursos. Uno para tu enemigo y otros dos para tus dos amigos. Este salto mortal al sinsentido no tiene conexiones con ningún otro ritual de Occidente. Ignoro de dónde sale la idea de lanzarnos pullazos inclementes por escrito con un regocijo absoluto. Lo único que conozco medianamente semejante lo vi en un documental de la 2 sobre una tribu perdida en medio de África. Ellos, la tribu, lo llamaban el día del rencor. No es un nombre desacertado.

Los habitantes de la tribu, con mucho, eran los más felices de su zona. Probablemente, añado, los más felices de la tierra. Habían descubierto la fórmula para evitar cualquier conflicto social. Ningún miembro de la tribu se enfadaba nunca, jamás. Estaba prohibido por ley. Si a alguien, pongamos, le prendían la choza por accidente, ni siquiera tenía derecho a enemistarse. No existían tampoco las discusiones. Todas las familias se llevaban de vicio en esa tribu: el suegro y la nuera, los cuñados entre ellos, el hermano mayor con el hermano pequeño. Idílico. El paraíso. La paz perpétua 364 días al año.

Todos los días excepto uno.

Lo llamaban el día del rencor.

A lo largo del año, los habitantes de la tribu van dando forma a un palo de madera. Un palo enorme, durísimo, capaz de moler varios huesos de un golpe. Niños, hombres y ancianos, todos echan un rato cada día a contornear su palo. Y le dan forma con una sonrisa de satisfacción plena, mirando de soslayo a su suegro, a su yerno, al curandero que mató a la parienta cuando tenía que sanarla y al gracioso que va por ahí quemando chozas. Saber que llegará el día del rencor les libra de cualquier pensamiento negativo. Es algo formidable.

Una vez pasan las estaciones y llega el tan esperado día del rencor hay que levantarse en cuanto amanece. Quedarse dormido equivale al suicidio. De todas las chozas sale la gente de la tribu portando sus palos con ojos de auténtica furia. Comienzan a sacudirse hasta que se hace de noche o el cuerpo no da más de sí. Acaban todos completamente molidos. El siguiente mes lo pasan convaleciéndose. Pero merece la pena. El día del rencor desengrasa odios, evita guerras, garantiza la concordia el resto de días del año. Es el sacrificio necesario para no acabar devorándose entre sí.

Esa misma sensación, por escrito, es la que se experimenta al escribir la carta a tu enemigo invisible.



“Una compensación”.

La quinta edición del enemigo invisible se cierra un notable alto. El año pasado, lamentablemente, se produjo un error de comunicación. Hastiados de que sus padres les recriminasen volver a casa con muñecas, soldados de plástico y demás desastres del submundo del ocio y de las peores mentes asiáticas de la industria del juguete, Francisco y Alberto vieron más inteligente hacer regalos serios. Juan y yo, mientras, volvimos a caer en la tentación de echar mano de las siempre sorprendentes tiendas de todo a un euro. El desajuste fue brutal. Generó una imagen que no se me borrará nunca: al llegar el intercambio de regalos, Francisco me honraba con dos libros de fenómenos (aunque uno ya lo había leído) y yo acto seguido le distinguía con un yo-yo al que se me olvidó quitarle el precio.

Reacciones: Francisco, patidifuso.

Reacciones: Francisco, (tras el impacto inicial) sonrisa perpleja y mirada expectante (“Diablos, debe haber algo más”).

Reacciones: Francisco, (tras la expectación frustrada), ojos bañados en el estupor y en el odio.

De vez en cuando, si por casualidad me asalta la tristeza, solo tengo que volver pensar en su respuesta de enojo cósmico mientras tronaba colérico: “exijo una compensación”.

La Habana


Esta vez las cosas han sido más equilibradas. Incluso el Contenedor Vader (con mucho, lo más esperpéntico de la tarde), alcanza bastante dignidad como regalo. La caja, dos cartones inmensos de Kellogs de dimensiones manicomiales, parecía cumplir una norma no escrita del enemigo invisible: al contrario de otros aspectos de la vida, el tamaño es inversamente proporcional a la calidad del regalo.
Sin embargo, visto con perspectiva, me ha hecho ilusión. Hace unos años, antes de la desmitificación sistemática que ha supuesto la nueva trilogía, un casco de Darth Vader me hubiera enfervorizado plenamente. Ahora me provoca cierta nostalgia simpática. A pasar de lo aparatoso, el regalo mola. Y los kellog´s smacks tampoco me disgustan. Hacía tiempo que no los desayunaba. Ahora podré pillarme un empacho.

Alberto, de todas formas, me ha prometido otro regalo. Estoy expectante. Por lo visto, se le olvidó en casa. Alberto, hay que decirlo, fue esta tarde muy irrespetuoso con el ceremonial. Llegó primero con tres cuartos de hora de retraso. Lo compensó, es cierto, quitándose el abrigo y vistiendo con más protocolo que nadie. Chaqueta y corbata negras, camisa blanca. Impoluto. Un dandy. O, por añadirle un adjetivo de Francisco, un dandy pospopmoderno. Todo un alarde de etiqueta que luego descompensó
1. olvidándose un discurso (el mío);
2. olvidándose uno de los regalos (el mío también).


Juan, mi otro amigo visible, me ha regalado un documental sobre la revolución cubana. El nombre: Cuatro años que estremecieron al mundo. Tiene bastante buen aspecto. Objetividad cabe esperar poca, sobre todo cuando ha sido producido en la escuela de cine de la Habana. Momentos esplendorosos, por el contrario, debe tener unos cuentos. Son tres horas para contar cuatro años. La última parte debe ser fulgurante. Está dedicada a la crisis de los misiles, cuando a Nikita Kruschev le dio por colocar unos misiles skud en la Isla apuntando sonrientemente a Washington en respuesta a los que llevaban años instalados en Turquía con la mira puesta en hacer volar la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

La tercera guerra y el apocalipsis nuclear nunca habían sido tan palpables, pero al final todo se quedó en un cruce de gestos desafiantes. (Quid por quo, Clarice, Quid pro Quo).
Moscú dio media vuelta y EE UU disimuladamente desmanteló sus bases turcas. Mientras tanto, más allá del pánico, lo mejor fueron las manifestaciones que hicieron los cubanos después de quedarse sin armamento atómico. Espero que la imagen aparezca en el documental, porque es absolutamente gloriosa: toda la plaza de la Revolución hasta arriba y miles de manifestantes vociferando detrás de la mejor pancarta de la historia del socialismo: “Nikita, Nikita, lo que se da no se quita”.


Stalingrado

Francisco, lamentablemente, no ha visto del todo saciada su compensación. Le he regalado dos libros más que decentes. Todos los nombres, de Saramago; y Plataforma, de Houllebecq. Sin embargo, el azar ha permitido que su venganza no fuera plena. Lo reconocía él mismo en su discurso: “Me produce cierto displacer no regalarte nada este año. Más doloroso que privarte del presente sería hacerte un presente al nivel de los tuyos. Una cafetera de plástico, por decir algo. Una regadera. Una bolsa de soldaditos… Un yoyó. Roto.” Francisco, que va para zen, asocia mi suerte al karma. Yo no llego a tanto. En momentos así únicamente pienso en teología, en que por algún lado debe rondar algún dios al que todavía no le caigo del todo mal.

Con respecto a los regalos, Francisco se mantuvo en su línea. Y teniendo en cuenta que su línea era bastante buena, los regalos alcanzaron un nivel admirable. A Alberto le obsequió con un vídeo de Oasis. En manos de Juan puso Stalingrado, de Anthony Beevor, la joya de la corona de los libros de batallas. Más de 500 páginas detallando al milímetro el día a día del combate que lo decidió todo. “Stalingrado” sentenció Winston Churchill (el mejor hacedor de frases del siglo XX): “ha hecho girar los goznes del destino”.

Los goznes del enemigo invisible han vuelto a girar otra vez más. Me quedan regalos en el aire, lo sé. Pero es la una y media del sábado. Juan me ha enviado seis llamadas perdidas y Alberto acaba de llamarme diciendo que me llevan esperando un montón de rato en la Galería. El post, pues, queda inconcluso. Como el regalo de Alberto, tiene segunda parte. Voy ahora a ver qué más me ha comprado…



El regalo definitivo

05.10 P. M. De vuelta. (Estado: ligera capa de ingravidez etílica).

Llegada a la Galería. Juan, echando humo: “Lucas, habíamos quedado a las 12.30”.
Yo: “Lo siento, me he retrasado. Estaba actualizando el blog.”
Juan: “Lucas, son las dos”.

Nota mental: (El blog, ¿cómo puede quitarme tanto tiempo?).

Pasadas las recriminaciones, Alberto pone frente a mí el regalo final. Indi Radio. Cuatro cedés. Recopilación de pop, pop y más pop.
Alberto, una hora más, en el Antibar: “Escúchalo en Madrid, luego dime grupos, dime canciones y te sigo pasando”.

Parecía sencillo.

Mi casa, hora y media más tarde. Grupos, de momento: Sunday Drivers, Postal Service, Plastica. Único problema: el pop cantado en español, es algo que suena asfixiantemente ñoño, de una idiocia pegajosa, de una alegría artificial y vomitiva. Pero vamos, no importa. Por lo demás el regalo es genial, bastante bienal. Voy quedándome con grupos. Pienso en una futura existencia sonora. Confirmo una sospecha que tenía desde hace tiempo: para aparentar saber de música no hace falta saber demasiado de música.

Es sencillo.

Ahora da la sensación de que por alguna parte empieza a salir algo de luz. O mejor dicho, algo de sonido. Saldré de Mérida con un MP3 en los oídos y con un primer balbuceo melódico que me ayude a integrarme levemente en mi siglo. De seguir en esta dirección, me veo algún día pinchando música en el Antibar. La modernidad, creo, comienza a sonreírme con las piernas abiertas.

jueves, marzo 02, 2006

Mind the Gap

-La leche sabe a mierda. ¿A qué sabe el café?
-El café sabe a leche.
Conversaciones durante el desayuno.

Underground

Madrid, metro. Suena una voz robótica. “Próxima estación: Usera. Al salir, tengan cuidado para no introducir el pie entre coche y andén”.

Es la una y diez de la noche. Alberto hace cinco minutos que se ha montado en el autobús para Mérida. Su hermano, tres horas antes, cogió también el último para Salamanca. Durante una semana no he dejado de patearme con ellos aeropuertos, estaciones de metro, bares, cafeterías, museos y palacios. La frase del metro es la confirmación última de que el viaje ha terminado. Su significado es definitivo, no estoy en Londres.

En Londres esa misma frase es mucho más corta, más poderosa, más épica. De seguir en Londres los altavoces hubieran alertado: “Mind the Gap”. Por encima de todas las conversaciones y de todos los sonidos se habría impuesto una voz masculina, regia, seria, solemne, arquetípicamente inglesa, paralizante, demoledora. Y por eso mismo, decididamente pop. Podías encontrarte camisas con esa leyenda, un dibujo del símbolo del metro y esa advertencia: “Mind the Gap”. Londres se diferencia del resto del mundo precisamente por esa clase de cosas, por la capacidad para convertir en mitología y en objeto de veneración lo absolutamente cotidiano. Debe ser la única ciudad del mundo donde se pueden encontrar camisetas con un símbolo del transporte público que lleve grabado un mensaje de advertencia, y debe serlo seguramente porque es la única ciudad del mundo capaz de generar gente interesada en comprar algo así.

Ahora los metros vuelven a pedirme que por favor, tenga cuidado para no introducir el pie entre coche y andén.

No es lo mismo. Ni por asomo.

No es ni remotamente parecido.


Acabo de deshacer las maletas. Veo periódicos atrasados en inglés. Doblo y desdoblo mapas de museos. Estoy cansado, muerto. Un segundo antes me he tumbado en la cama y me ha parecido experimentar el placer de quince orgasmos. Antes de dormir, echo un último vistazo a las revistas que me he traído, a los ocho planos de metro que iban desapareciendo día tras día y que luego decidieron aparecer de golpe antes de salir del hotel. Siete de ellos los tiro; el último, junto al resto de cosas, lo meto en la parte de mi estantería donde entra todo lo que algún día tendré que poner en orden y que sé que nunca pondré en orden.



Iniciación


Acaban ahora mismo siete días razonablemente delirantes, de frío inclemente y precios prohibitivos, de perros ingleses vergonzosamente beodos y mamados a partir de las ocho de la tarde, de horas y horas de martirio podológico en paseos por plazas y por museos, galerías, cuadros y experimentación conceptual; de tiendas de ropa, ropa, ropa y más ropa; de mercados y de mitomanía Beatle a cargo de los Gallagher DJ´s (más humildemente conocidos en otros foros como los hermanos Luque).

Aun así, sobre todo se acaba una semana de música constante y magistral omnipresente en cada pub, en cada tienda, en las calles, en los grandes almacenes y en los mercados. Si hay algo característico de Londres es su música. En parte es lo que hace de este sitio un centro de peregrinación melómana. Y en parte, imagino, en mi idea de irme para la capital de la Commowealth andaba también presente el plan de salir de un cierto tipo de analfabetismo musical (y en consecuencia, de analfabetismo social), que seguramente haya sido un lastre a lo largo de los 23 años que llevo correteando por el mundo.

No sé hasta qué punto algo más de dos décadas de abulia e indiferencia hacia el pop, los 60 y todas las criaturas sonoras que de allí surgieron pueden compensarse en una semana, pero de ser posible alguna cura, estaba clara que el sitio era Londres. Y de ser posible la ayuda de un par de colegas, ahí tenía a dos hermanos cuyos coqueteos con lo mod llegan al extremo de provocar miradas de resquemor en Salamanca y auténticas miradas de inquina y extrañeza en la siempre timorata Augusta Emérita. Los dos me han conducido por el non plus ultra de la Gran Bretaña y me han guiado por el confuso universo sonoro londinense como su fueran Virgilio enseñándole al buen Dante los entresijos más inhóspitos del inframundo.


Danger!

En siete días hemos visto sin salir de la misma ciudad más de un cielo, más de un infierno y no pocos purgatorios. Entre todo, no sabría con qué quedarme. Las imágenes se agolpan. Alguien pregunta: ¿qué tal todo?, y sin tiempo para abrir la boca ya ves delante revoloteando por el cerebro una turba de anécdotas dándose codazos para salir antes que las demás. Así, al azar, ahora las tengo casi todas enfrente.

He visto, por ejemplo, un despliegue policial para un partido de fútbol bastante más asustante que el de cualquier manifestación en Madrid. Partido Barça –Chelsea. Javi quiso acercarse al estadio para, en sus palabras, “ver el ambiente”. Y el ambiente, como era presumible, resultó pesadillesco. Allí me sentí entre tres fuegos cruzados. De un lado, decenas de policías montados a caballo vigilando cada calle. Del otro, una legión hooligans medio borrachos gritando “fuck off Barça”. Por último, Boixos Nois catalanes vociferando “We are not spaniards” “We hate Spain”. Escenas manicomiales antes y después del partido, con la sensación estúpida de que ser español podía ser un motivo suficiente, aunque por causas distintas, para que la emprendieran con nosotros las bestias zoológicas de ambos equipos. Todo para que después ganara el Barcelona y nos encontrásemos en el metro rodeados de rapados ingleses de aspecto ultraviolento y visiblemente enojados. Eso ocurrió el primer día. Y ni siquiera fue de los más entretenidos.

Jeckill y Hyde.

Vimos cosas mejores, vimos anuncios luminosos en Picadilly que dejan en bragas a los de Madrid junto a edificios neoclásicos que dejan también en bragas a los de media europa; vimos un metro que llegaba puntual a los sitios; vimos los preparativos para una recepción oficial en Buckingham Palace, con señores vestidos de frac, levita y sombreros de copa. Cada uno, a su modo, vio luego que su nivel de inglés lidiaba con lo deplorable. Vi que el mío, en concreto, alcanzaba niveles descalabradamente ínfimos; y ví y sentí y vimos y sentimos lo que es el frío auténtico, punzante y pulverizador a la hora de ducharse en el hotel.

He visto, al mismo tiempo, mujeres que parecían gallinas, con el color de las gallinas y el timbre de voz de las gallinas. He visto en todo su esplendor la doble moral inglesa, el doctor Jeckill y Mr. Hyde de esa sociedad, que lleva a señores correctísimos, de una educación exquisita, que no dejan de decir “please” y “I´m sorry” a todas horas, a transformarse con menos de tres cervezas en auténticas bestias berreantes incapaces por completo de mantener la menor compostura. He visto eso en una semana. Lo mejor y lo peor. Todo lo que las guías recomiendan ver y todo lo que las guías callan sibilinamente.

He visto Londres, vaya. Y ahora miro hacia un lado y hacia otro y ya no veo nada que se le parezca.


Suspiro.


Gran suspiro.


Tremendo suspiro.

miércoles, febrero 15, 2006

Sobre este blog

Lo admito: este blog hasta ahora no ha tenido ni pies ni cabeza. No es algo del todo extraño, le sucede a la inmensa mayoría de bitácoras que pululan por la red. A mí, sin embargo, quizás por algo de orgullo, me enerva. De cuando en cuando dejo caer mis ojos por las grises y misérrimas existencias de otros blogger y mi ánimo comienza a derretirse línea tras línea. Diantre, murmuro, ¿seré otro más de ellos? ¿Tan viscosamente encantado de haberme conocido? ¿Tan triste? ¿Tan insustancial? ¿Tan artificial? ¿Tan carente de estilo?¿Con tan poco que decir?

“Es posible”, responde a gritos una vocecita interior que se divierte destruyéndome. Entonces me leo. Releo lo que llevo escrito. Para mi consuelo, compruebo que a diferencia del blogger medio aún no chapoteo con absoluto frenesí en mi propio narcisismo. Por más que la mediocridad me saque la lengua y me guiñe los ojos, de momento no he accedido a sus más bajas proposiciones. Eso me tranquiliza, pero no del todo. Al echar un vistazo a mis post cierta insatisfacción se hace manifiesta. Por cada vez que sonrío al menos hay doce que me muerdo los labios.

Recapitulemos la situación. Hasta la fecha he intentado cada cierto tiempo encontrar cierta coherencia interna para el blog. Sin embargo, a poco que me lanzaba a escribir algún post esa lógica se me iba de las manos, escurridiza cual pastilla de jabón en la bañera. En su corta y poco leída andadura esta página ha oscilado errática de un lado para otro como quien lleva cinco copas de más. De la introspección satírica y el ombliguismo primigenio saltó a la denuncia social. A continuación, durante el camino hubo un par de prometedoras incursiones en la observación costumbrista que por ahora se han quedado en eso, en promesas. Más tarde vinieron algunas vueltas por el lagrimeo postadolescente con pretensiones de nausea sartriana, combinado con un paisajismo de corte ñoño; y así hasta acabar en una incomprensible mezcla de anécdotas de cafetería, una crítica melómana que no pega ni con cola con el resto y un “mira-lo-que-me-ha-pasado-esta-tarde” con una gracia tan escasa como su extensión.

Visto lo visto, y teniendo en cuenta la idiocia reinante (en el mundo en general y en la blogosfera de forma consumada), es posible que esta crítica suene excesivamente dura. En los tiempos que corren, donde el conocimiento de la gramática y la sintaxis rara vez sobrepasa al corrector del Word, poner las comas en su sitio es algo que le convierte a uno en Shakespeare. Pero eso no me vale. Niet. El mal de muchos consuela a los necios. En el reino de los ciegos los tuertos siguen siendo tuertos. Puede que por Leer y Quemar hayan aparecido algunos destellos de luz, pero eso no hace más que confirmar la oscuridad del resto. En definitiva, como diría Ortega y Gasset mientras la República se hundía en el fango: “No es esto, no es esto”.


¿Y ahora qué, eh?

A Leer y Quemar, me he dado cuenta, le faltaban algunas cosas que hacen que cualquier blog (y también es válido para el concepto oxidado de diario), pueda despertar un mínimo de interés. Básicamente una: vísceras. Básicamente otra: crueldad. Básicamente una tercera: exhibicionismo. Y por último básicamente añadir una carcajada pantagruélica y de un volumen pavoroso que sirva de camuflaje a todo lo demás. Esa es mi idea de blog. Con esa actitud no hace falta ni siquiera llevar una vida interesante. Mis propias desventuras al subir o bajar del metro me despiertan una y mil veces más fascinacion que la grisitud rampante de otras muchísimas páginas. Solo hace falta cierto ojo enfermo y echar carne al blog para que cualquier perro pueda morderla.

Si hasta ahora no he llegado a ese punto ha sido por pacatería, por cierta prudencia razonable a mostrar mis tripas por Internet y por la confianza ingenua en que podría mantener bien atados a mis fantasmas mientras hablaba de mi vida. Pero después de estos meses, y dado que mis demonios quieren pasearse libremente por aquí, he decidido invitarles a que salten a la plaza y comiencen a bailar, a que se contorsionen con alegría orgiástica ante la blogosfera; a que desfilen alegremente ante quienes deseen malgastar su tiempo y su ocio en estas líneas. Espero que con eso Leer y Quemar vuelva a hacer honor a su título. Espero que nada de lo que aquí escriba merezca salvarse del fuego.

Espero, sinceramente, que lo disfruten.

lunes, febrero 06, 2006

Ferraz

Calle Ferraz, cuartel general del PSOE. Había quedado allí para cenar con mi padre. En concreto, mi progenitor se vino el sábado a la capital de las Españas a un congreso de Izquierda Socialista, la corriente supuestamente crítica del partido, el ala mínimamente roja, el escaso grupo de nostálgicos que aún piensa que el PSOE puede volver a ser el de Pablo Iglesias o Largo Caballero. Por ilusión, que no quede.

No había estado nunca en Ferraz. Es más pequeño de lo que imaginaba. Y desde luego, más pequeño que Génova. La fortaleza del PP te asalta de repente. Vas andando por el centro y sin esperarlo te encuentras una mole de cristal y cemento dominando toda la calle Génova, con una Gaviota azul y dos Pes de dimensiones hiperbólicas que te observan silenciosas y amenazantes mientras pasas a su lado. La guarida del PSOE, en cambio, anda algo más escondida. Guarda algunos parecidos con la del Partido Popular. Las dos, por ejemplo permanecen las 24 horas vigiladas por una lechera de la policía aparcada a unos 30 metros en la acera de enfrente. Las dos intentan dar cierto aire tímidamente vanguardista y tecnológico. Poco más. La sede socialista es más modesta. Esperaba algo más solemne, más subyugante; o al menos, en compensación, algo con cierto aire nostálgico. Ni por esas. El sitio parece antes una oficina del paro que el germen neurálgico del Gobierno. Decepcionante.

La única nota de color la ponen los grupos de fumadores en la puerta. Muchas bufandas, muchas barbas, mucho color marrón y mucha señora cincuentona progre teñida de pelirrojo. En el suelo, como alfombra, una capa formada por la montaña de cigarrillos consumidos a lo largo del día. Por lo visto, me cuenta mi padre, un rato antes de que llegase se les ha acercado una vecina indignada. “Son ustedes unos cerdos.”, ha empezado a gritarles. “Sacan una ley para no fumar y ni siquiera la cumplen. Y luego encima dejan las calles perdidas. Guarros, más que guarros.”

“Qué exagerada, ¿no?”, comento.

“Qué va”, me responden. “La señora era bastante simpática. Al final todos hemos acabado dándole la razón”.

domingo, enero 29, 2006

Amadeus 365

“Una figura como Mozart permanecerá siempre como un milagro inexplicable.”
J. W. Goethe.

“Bach, Schubert, Beethoven, Brahms, Mahler son músicos. Mozart es la música”
Herbert von Barajan.

La cultura continúa moviéndose al tam tam de las efemérides. Después de doce meses de bombardeo artístico, dramático, cultural, mediático y musical, Cervantes comienza a recuperarse de una resaca quijotesca en la que todavía costará por digerir una traducción del ingenioso hidalgo al sánscrito, otra al arameo y un rap tan temible como la misma idea hacía temer. Ahora le toca el turno a Mozart. La orgía de la conmemoración pasa a sonar por los cinco continentes (o al menos, la parte de los cinco continentes con auditorios para escuchar a Mozart). Se calcula, aunque estos cálculos no se sabe nunca muy bien de dónde salen, que la música del compositor salzburgués no va a dejar de escucharse a lo largo de todos los días de 2006. En parte es un consuelo. Por muy mal que vaya todo, se puede estar seguro de que alguien en cualquier momento debe estar tocando algo de Mozart en algún rincón del planeta.

En concreto, estos días Viena y Salzburgo arden. La capital austriaca y la ciudad natal del genio mantendrán durante todo el año una acelerada competición por convertirse en el centro mundial de la melomanía clásica. El viernes se dio el pistoletazo de salida. A lo largo del fin de semana se han repartido entre una y otra conciertos, estrenos de óperas, exposiciones, congresos, mesas redondas, simposios, instalaciones conceptuales y versiones de la ultravanguardia y audiciones en las que el protocolo recomienda acudir con levita.

Han aparecido (alguien las tendría escondidas y ha aprovechado este momento para sacarlas), algunas grabaciones por parte de antiguos maestros que hasta ahora se tenían por desaparecidas. Nuevas tesis saltan a las universidades crucificando a Wolfgang con todas las interpretaciones posibles. Era masón, eso está claro, pero… ¿Sería homosexual? ¿Sería judío? ¿Sería negro? Tampoco él se libra de las dudas que han de cernirse sobre todo el canon occidental. La industria editorial ruge de placer con esa idea. Se preparan decenas de libros para contar su vida, para desentrañar sus pensamientos, para explicar su música. No es la primera vez que se intenta. Al parecer con Mozart nunca faltan motivos para celebrar algo. En 1991 ya se vivió una traca similar con motivo del 200 aniversario de su muerte. Toda clase de ideas, toda clase de teorías. Mozart deconstruido, Mozart reinterpretado, Mozart reinventado, Mozart de todas las formas posibles.

Una infancia poco corriente.

Y sin embargo… ¿es posible tener la sensación de que ya está comprendido? Mozart puede silbarte al oído, zarandearte o burlarse de ti, en ocasiones resulta asustantemente íntimo, pero siempre queda algo en él que se escapa. ¿De dónde sale realmente Mozart? ¿Es alguien de nuestro mundo? En principio sí, frecuentaba prostíbulos, tenía problema de salud, tuvo hijos. Hacer de él un Dios sería un fallo, pero tampoco se puede aceptar que fuera un ser humano como el resto. A los tres años le aburrían los juegos infantiles y miraba embobado el teclado de Leopold Mozart, su padre. Un año más tarde le dejaría helado. Al respecto, una de las anécdotas más conocidas la cuenta Andreas Schachtner, un amigo de la familia, en una carta que también ha aparecido en la colección de Mozart que da este año El País.

“Un día que regresaba a vuestra casa con el padre, después del oficio del jueves, encontramos al pequeño Wolfgang (tendría entonces cuatro años) escribiendo sobre el papel pautado. “¿Qué haces”, preguntó Leopold. “Un concierto para clave; estoy a punto de terminar la primera parte”, contestó su hijo. “Déjame ver”, reclamó el padre. “Pero aún no he acabado”, respondió el pequeño. Y Leopold concluyó: “Es lo mismo. Debe ser algo muy bonito…”. Cogió el papel y me mostró un borrador en el que la mayor parte de las notas estaban escritas sobre tachones de tinta (porque Wolfgang, por inexperiencia, sumergía su pluma hasta el fondo del tintero, con el resultado de que cada vez que tocaba el papel hacía un borrón, que intentaba secar con la palma de la mano y sobre el que escribía). Empezamos por reírnos de lo que parecía un verdadero galimatías. Pero el padre enseguida comenzó a examinar lo esencial, es decir, la música, la composición. Durante largo rato se quedó mudo y quieto delante del papel; seguidamente, dos lágrimas de admiración y de alegría salieron de sus ojos.”


Alguien que respira música

Con el tiempo, el contenido de la carta se ha puesto en duda. Quizás no fuera a los cuatro años, quizás fueran cinco, o seis. Es lo de menos. A partir de ese momento Wolfgang Amadeus no para. Leopold se decide a hacer de él un mono de feria. Poco a poco abandona su carrera de músico y empieza a vivir para la de su hijo. Comienzan los viajes. A lo largo de sus 34 años Mozart pasa por más de 200 ciudades. Una tercera parte de su vida la pasa viajando. De niño, asombra a las casas señoriales de media Austria. No sólo compone: toca el violín con auténtico virtuosismo, en el piano puede improvisar durante horas, canta en coros. A los pocos años su fama se extiende por Europa. Nada se le resiste.

La música no le presenta misterios. Para Mozart hacerla es algo tan sencillo como respirar. Norbert Elias lo dijo de otro modo: “La imaginación de Mozart se vertió en figuras musicales con una espontaneidad y una fuerza que recuerdan un fenómeno natural.” Desde la niñez compone mentalmente y a velocidades relampagueantes, es capaz de improvisar en cualquier situación e imaginar música sin pausa. Sus pentagramas son perfectos. No presentan una sola corrección. Nunca hay vuelta atrás. Mozart se sienta, compone y se levanta. Ni siquiera vuelve la vista sobre el papel, no duda sobre su perfección. En poco tiempo su producción se hace ingente. Abarca todo. Un crítico musical de la época profetiza el futuro del joven: “Mozart absorberá todo para asimilarlo. Lo probará todo, pero a lo que desflore, incluso las cosas más disparatadas y confusas, sabrá darles un orden, es decir, una perfección, es decir, una semejanza con Dios”.

Con Mozart el piano se erige en el instrumento maestro. Bach había llevado las teclas del órgano catedralicio hasta los cielos; pero en la música de cámara todavía se sigue mirando al teclado como una afición de advenedizos. Después de Mozart nada será igual. Sin el menor temor comienza a componer conciertos exclusivos para piano. La rigidez de las teclas se viene abajo. Las partituras se vuelven veloces, alegres, adquieren un leve ímpetu que abre las puertas al estallido que se producirá medio siglo más tarde. El piano ya no tiene quien le detenga. Detrás de Mozart, Beethoven va a sacar fuego de ese instrumento. Y una generación después llega la avalancha: Schumann, Chopin, Brahms, Liszt, Tchaikovsky. El piano y la orquesta rivalizan en fuerza, en una carrera desbocada que cada vez produce estallidos más violentos. Mozart fue el primero en encender esa mecha.


El fango.

Como todo elegido de los dioses, era necesario que Mozart muriese joven. Alguien como él estaba destinado a generar la mayor cantidad de recelos y odios. Una élite aristocrática con el tímpano atrofiado, un gusto arcaizante al que tuvo que someterse más veces de las necesarias y el navajeo inclemente por parte del resto de músicos le condenaron al fango. Compositores que llevan esforzándose durante toda su vida ven llegar a un crío ante el que musicalmente son poco más que insectos. El carácter de Wolfgang además ayudaba más bien nada a su éxito social. En medio de la rigidez versallesca el recién llegado se comporta con una puerilidad que todavía hoy sonrojaría.

El infantilismo es un rasgo predominante en su vida. En las cartas a sus amigos son constantes las referencias escatológicas. Las palabras caca, culo, pedo y pis saltan con frecuencia en sus conversaciones, incluso no puede evitar soltarlas delante de nobles o reyes. Su despreocupación vital es absoluta, hasta el punto de convertirse en la preocupación máxima sus familiares y amigos. Su hacienda personal, su familia, su salud, su mantenimiento: todo eso le da bastante igual. Al genio de los genios incluso la genialidad parece importarle bastante poco. Mozart es incapaz de tomarse cualquier cosa en serio, empezando por sí mismo. Todo eso contribuye a hacerle un poco más indescifrable. Como se preguntaban hace poco en Babelia: “¿Cómo casar al autor del Réquiem o La flauta mágica con el que podía componer un canon bajo el título de Lámeme el trasero con esmero?”

Salieri.
Con todo, tampoco vivía en babia. Wolfgang conoce a lo más selecto de la Ilustración. Habla con escritores y filósofos, permanece atento a las nuevas ideas. Ingresa pronto en la masonería y se va haciendo un gran conocedor de la Orden. A partir de cierto momento, su música comienza a plagarse de guiños masónicos. La flauta mágica, suele decirse, es todo un compendio de masonería convertido en ópera. Con más exageración aún, hay quien ha visto en ella un anuncio de la Revolución francesa. Tal vez sea mucho decir, pero lo cierto es que a Mozart, por muy irresponsable que fuera, los acontecimientos de Francia tampoco le cogen por sorpresa.

Aún así, tampoco esto le salva. Los círculos de presión hacen lo posible para que deje de ser el niño mimado de la música austriaca. Y lo consiguen. Mozart tampoco opone especial resistencia. Es incapaz de imaginar las maquinaciones que se traman contra él. Tampoco es capaz de gestionar su vida. Y para más fatalidad, acaba haciendo su aparición en escena su archienemigo: Antonio Salieri, el gran maldito, el mayor segundón de la historia de la humanidad. Si alguien sufrió a Mozart fue Salieri. Un músico correcto, apreciablemente virtuoso e incluso bien considerado en vida, pero que a partir de Mozart permanece asociado de manera irremediable hasta la noche de los tiempos como la personificación de la envidia y la mezquindad. Salieri pasa a la historia por ser quien hace todo lo posible y lo imposible por acabar con Mozart. Su admiración y su odio hacia el genio se sitúan al mismo nivel, lo que le lleva a acabar sus días en un sanatorio mental hablándole a todo el mundo permanentemente de Mozart. Es quien mejor percibe en su época la genialidad mozartiana, y por eso mismo es quien con más empeño se decidió a sepultarla.

El Réquiem.

La mitificación de Mozart lleva acusar a Salieri durante siglos de haber sido el causante de su muerte por envenenamiento. Las últimas biografías, bastante más sobrias, ven todo este proceso acusatorio bastante exagerado. Sin embargo, dado que Mozart no tuvo una existencia normal es lógico que la imaginación colectiva se niegue a contentarse con un fin anodino. Para que tuviera valor, la muerte de Mozart debía ser tan fascinante como sus óperas. En realidad probablemente no lo fuese, pero la leyenda es lo suficientemente buena para saciar la sed de cualquier mitómano.

La historia de la música ha dado pocas historias más exageradas que la del Réquiem. El compositor comenzó a ponerle música en el momento que su salud andaba bajo mínimos. La versión más fantasmagórica sostiene que Mozart lo compuso sabiendo que se trataba de su propia música mortuoria. De hecho así fue. La muerte y la fiebre rondaban a Mozart cada noche y éste ni siquiera llegó a terminar la composición.

Para darle más misterio, el encargo del Réquiem le llega a Mozart de manos de un mecenas que se niega a dar su nombre, lo que alimenta el mito durante los siglos siguientes. Se llega a decir de todo: ¿Un enviado del más allá? ¿Su padre que vuelve de la tumba? ¿Antonio Salieri? ¿Nadie? ¿Una alucinación del autor? ¿Quién? Sólo Mozart lo ha visto personalmente, pero en sus últimas semanas de vida delira y su correspondencia sólo contribuye a añadir más incertidumbre a la obra. A los amigos a los que escribe solo habla de la muerte. Comienza a inquietarle la relación entre la música que escribe y su estado de salud. Se declara agonizante. Sus fantasmas le devoran.

La realidad de nuevo lo estropea todo. El encargo en verdad estaba motivado por la desaparición del conde de Walsegg a quien estaba destinada la pieza. El visitante al que recibe Mozart no es otro que el administrador del conde, que exige el anonimato del mecenas entre otro motivos porque el conde disfruta haciendo pasar por suyas las obras que financia. El asunto debe quedar en secreto, y Mozart se encuentra ya a sus 34 años lo suficientemente arruinado como para andar exigiendo derechos de autor. Acepta sin recelos, pero su muerte acaba haciendo imposible que nadie pueda robarle la pieza. Justo lo contrario todo eso hace que se vea al Réquiem como la más íntima de todas sus obras. Un Réquiem que acaba sirviendo para uno mismo. La muerte llamando a su propia puerta. ¿Qué más se le puede pedir a una misa de difuntos? Una vez es consciente de este destino, Mozart cae muerto. De nuevo, con respecto a su último segundo, un tópico. Según la leyenda urbana, en el momento que el genio expira comienzan a sonar las campanadas de una iglesia cercana. Seguramente también se falso; pero hace falta ser demasiado prosaico para negar que algo así pudiera suceder.


Tempestad y Arrebato.

Esta historia se contará infinidad de veces y en infinidad de idiomas distintos a lo largo de 2006. Yo tampoco he podido evitar soltarla, seguramente debido a una mezcla de cierta admiración por el personaje y cierto esnobismo no menos desdeñable. En cuanto a su música, tengo que confesar que Mozart no es mi compositor preferido. Creo que los hay mejores, y de ellos hablaré algún día. Mozart es, únicamente, es más genial de todos. Posiblemente fuera el nacido con más talento, una monstruosidad bañada por un manto divino, la música encarnada en ser humano, un milagro plantado en mitad del siglo XVIII. Mozart es todo eso, pero a la música todavía alcanzó cumbres más altas detrás de él. Tal vez Mozart naciese demasiado pronto, en el clasicismo más pleno, cuando la música no estaba aún lo suficientemente liberada, la necesidad de complacer a la aristocracia cortesana y la falta de riesgos en los círculos musicales le cortaron las alas más de lo conveniente.

Sin embargo, cuando esquiva todas las dificultades, Mozart alcanza sin la menor discusión lo que Stefan Zweig llama “momentos estelares de la humanidad”. Mozart suele ser, por lo general, bastante correcto, y en algunos momentos incluso tanta corrección pierde fuerza, precisamente por la escasez de sorpresas. Pero cuando esas sorpresas llegan el resto de la historia de la música da un par de pasos atrás y le deja paso al maestro. En concreto, destaco tres de ellos.

El primero, el más conocido, es el Aria de la Reina de la Noche en La flauta mágica. No deja de ser una de las arias más parodiadas a lo largo de los tiempos, pero aún así mantiene la suficiente fuerza como para sobreponerse a cualquier parodia. Los gorgoritos iniciales le suenan a todo el mundo, pero no son lo más destacable. Lo sublime llega a continuación. Después de mantener el agudo durante medio minuto se exige que la voz no caiga, que se mantenga por las nubes y que allí comience a flotar moviéndose apacible por los cielos. Se produce algo sobrehumano entonces. La sensación al escucharlo es que el alma y el universo comienzan a resquebrajarse al mismo tiempo en cien pedazos, a la existencia comienzan a aparecerle grietas. Durante algunos segundos comienza a intuirse algo que lo justifica todo, aunque luego la música desaparece y no se llega a saber muy bien qué. Pero Mozart lo sabía. Mozart vivía con eso dentro de su cabeza.

El siguiente, igualmente famoso aunque no tanto, es el arranque de la Sinfonía Número 25 en re menor. Lamentablemente, por lo que sé hasta ahora, no tiene ningún nombre popular por el que sea más conocida. Se trata en cualquier caso de una música que conectó con la sensibilidad prerromántica antes de que esta hiciera acto de presencia. La sinfonía número 25 ha sido considerada como un himno del Sturm und Drang. Todo el movimiento al que los alemanes dieron el nombre de Tempestad y Arrebato toma aquí forma de música. Entusiasmo desbordado, éxtasis en el arranque, algo de calma a continuación y de nuevo vuelta a la carga. Algo así libera de cualquier depresión, resucita de cualquier enfermedad, llama directamente a salir en busca del destino con la confianza de que se tiene el viento a favor. La sinfonía despierta un pensamiento ingenuo, mientras se escucha se tiene la sensación de que nada malo puede suceder.

Día de Ira

Aunque entre todo lo que hay de Mozart, finalmente me tengo que quedar con algo del Réquiem. El Dies Irae está por encima de la música. Escribir sobre él me parece poco menos que insultarlo. El tema, cantado en latín, ya indica que no estamos ante algo normal. Dies irae, dies illa solvet saeclum in favilla,teste David cum Sibylla. (Día de ira aquel día en que los siglos serán reducidos a cenizas, como profetizó David con la Sibila.) Si la letra dice esto, la música expresa cosas aún más terribles. La humanidad entera se viene abajo, el mundo se despide en un lamento agónico, en lugar de materia únicamente queda dolor y vacío, es la danza de la destrucción y la ira, el canto triunfante de la nada.

Por suerte, lo que queda de año este tipo de cosas no van a dejar de sonar. 365 días de Mozart. Seguramente sea excesivo, pero tampoco mucho. Siempre hay compañías peores. Y en cuanto al inocente Wolfgang Amadeus, tampoco creo que sufra tanto durante su año como a Cervantes le ha tocado padecer a lo largo de 2005. Después de todo, como dijo un director ruso que se pasó por Mérida y al que le criticaron por haber quitado los recitativos de La Clemenza di Tito: “miren, en Salzburgo desde hace 100 años se venden bollos y panecillos con la cara de Mozart; si no se revuelve en su tumba por eso, no creo que pueda importarle lo que se haga o no con su música”.

El futuro ataca

Imaginémonos una nueva generación con esa mirada impertérrita, con ese rasgo heroico encaminado a lo terrible, imaginémonos el paso audaz de estos matadores de dragones, la osadía rebelde con la que todos ellos vuelven las espaldas a las doctrinas debilitantes del optimismo para vivir enteramente resueltos.
Nietzsche. El nacimiento de la tragedia.


Ascenso

Ha vuelto. El futuro. La madurez. La vida adulta. Me ha visto distraído y ha vuelto a atacarme. El momento no podría haberlo elegido mejor, ayer viernes, justo cuando el protagonista de este blog andaba en uno de sus días más amenos desde que empezó el año. Estaba escribiendo un post sobre Mozart que debería haberse publicado ayer coincidiendo con su 250 aniversario y que sin embargo se publicará mañana coincidiendo con mis ratos libres dominicales; además hasta tenía en mente deslumbrar acto seguido al género humano con alguna última muestra de mi más que irregular vocación literaria. Jua Jua Jua Jua, sonreía embriagado por mi propia inconsciencia. “Realidad, zorra nauseabunda, estás perdiendo”, pensaba. “A pesar de todos tus esfuerzos no me va mal”.

Tenía a Wolfgang Amadeus dando saltos mortales en mis oídos, un libro de Martin Amis sobre la mesilla, cuatro días sin ningún examen por delante y un ordenador en frente del que poco a poco estoy volviendo a sacar sangre. “Abismo, chico, lo has intentado. Pero soy capaz de sostenerte la mirada y encima tardo más tiempo que tú en reírme”, continuaba ufano. Pienso irme a Londres. En cuanto acabe los exámenes estaré una semana lo suficientemente lejos de las preocupaciones y lo suficientemente cerca de la posmodernidad. “Púdrete abismo”, proseguí, “me voy con los perros ingleses”. De nuevo, cinco veces Jua.


Caída

Pero entonces el futuro decidió llamarme. Lo hizo con una oferta de trabajo. Sonó el teléfono. Número desconocido. Mal presagio. Descolgué: el Hoy. O lo que es lo mismo: el destino. ¡Oh, mein gott! Tarde o temprano acabaría por pasar. Era cuestión de tiempo. No se puede coquetear durante tres veranos seguidos con la vida profesional sin que eso luego pase factura. Al otro lado, Ángel Ortiz, uno de los jefes de la central en Badajoz. Voz de catedral gótica, silencios de ultratumba, la autoridad hecha timbre sonoro. “¿Miguel Ángel Lucas?”. “Sí, soy yo”, contesté. Su oferta: en diez días se queda un puesto vacante en Mérida. Se va Ana María Ruiz. Han pensado que podría sustituirla. Sueldo de redactor, trabajo de redactor, vida de redactor.

Mi respuesta, tras un segundo en el que me vi con 40 años encadenado a una rueda de prensa para ver cuál sería la rotonda de turno que inaugurase el alcalde de turno: no. Su respuesta, tras un largo, larguísimo silencio: “¿no puedes dejar ahora la carrera, no?” Más noes. Más silencios. “¿Y este verano, qué has pensado hacer?”. “Puedo cubrir de nuevo el Festival de Mérida, pero no con un contrato de prácticas”. Él (inmenso silencio): sí, claro, claro, claro.

Claramente, cada claro sonaba cada vez más terrible y oscuro. Colgó. Colgué. Otra vez, silencio. Miré de nuevo al abismo. Le vi señalándome y revolcándose por los suelos. La realidad, esa zorra con dientes, volvía a arañarme la espalda hasta dejarme helado.

De momento, para no desesperarme, he decidido apuntarme a la orgía de risas que el destino se está dando a mi costa.

Ya que tiro mi futuro a la mierda, al menos pienso hacerlo riéndome.

sábado, enero 14, 2006

Madrid a tiros

Se me estará agradecido si condenso un conocimiento
tan esencial, tan nuevo, en cuatro tesis; así facilito la
comprensión, así provoco la contradicción
Nietzsche. El crepúsculo de los dioses
(Abierto al azar).

Madrid me recibió este año con auténtico cariño. En concreto, la ciudad de la puerta de Alcalá y el kilómetro cero me dio la bienvenida con una serie de avisos que animaban a volverse a Mérida haciendo autoestop y sin mirar atrás, no fuera a convertirme en estatua de cemento.

1. Antes de bajarme del coche de mi primo. Llamada de mi madre: Ten cuidado por
donde pases, que en Cibeles se han liado a tiros. Mi madre, entre otras virtudes, tiene la capacidad para hacer de cualquier suceso tremebundo algo tremebundamente más alarmante. Por lo visto, a uno de los guardias de seguridad de las líneas de Cibeles se le fue la cabeza. Mató a un compañero y dejó gravemente herida a una compañera. A continuación, para rematarlo todo (que palabra tan apropiada) se suicidó. La población de a pie no sufrió más daño que la impresión que debe producir ver a un señor matar a otro. Sin embargo, visto por el telediario, no pude evitar cierta sensación de familiaridad. Tiros, gente majara con pistola, un muerto por el centro, llamadas preguntándome si sigo vivo. Sí, en efecto, estoy en Madrid.

2. Dinero. En el metro: abono, 37 euros. En el piso, nevera vacía. Mercadona: 20 euros. En el piso también, alquiler, luz y gas por pagar, total: 268. Total del día: mucho. Sumen ustedes, yo soy de letras.

3. Exámenes. El primero, el viernes 13 (terrorífica fecha para comenzar con los exámenes): seis libros para leerse. El segundo, el lunes 16, siete libros. Para el jueves 18, exposición en la clase de Romanticismo Alemán sobre la relación entre las óperas de Wagner, la filosofía de Nietzsche y el Sturm un Drung del XVII. Al día siguiente, examen: Análisis del Texto Dramático, toda la historia de las teorías sobre el teatro desde Aristóteles a Stanislavski, con un par de comentarios finales sobre Grotowsky y Peter Brook. Visto lo visto, cierto vértigo ha impedido preguntar qué tocaba la semana siguiente, en la que, según los comentarios escuchados, “es cuando viene lo fuerte”.

4. Más teatro. Llamada de Primer Acto: Oye… ¿qué tal?... feliz año… esto… a ver qué te parece… estábamos pensando que podrías escribirnos algo si quieres sobre el Festival Escena Contemporánea… va a ser ahora, a finales de enero…. podrías acercarte a unas cuantas obras… no sé… como tú lo veas…
¿Cómo lo veo? Sencillamente, no lo veo.

5. Otras obras, las de la M-30. Continúan, claro. Lejos de terminarse, a las reformas de aquí les sucede como a los virus de Érase una vez la vida, primero comienzas, más tarde se duplican, luego se cuadruplican, acto seguido se octuplican. El paisaje, o lo que queda de él, sigue su evolución: más calles levantadas, más grúas; más obreros de chalecos luminosos omnipresentes en las calles de forma fantasmagórica durante las 24 horas; más ruido, menos pasos de cebras, más gente andando por menos espacio.

El último tramo de la línea 3 de metro, esto es, el de Legazpi, el que da a la parada más cómoda para llegar al centro, sigue sin abrrise. Las obras de la línea 3 comenzaron durante los exámenes del curso pasado. En septiembre, por suerte, la reabrieron. ¿Toda? ¡No! Mi parada resiste ahora y siempre al paso del suburbano. Ahora, además, la línea alternativa de autobuses se ha desplazado por motivo de otras obras. Donde antes había una marquesina poco frecuentada ahora se alza una zanja que anima de forma abrupta a seguir usando los siguientes meses el metro de Usera. Gallardón, otro año más, comienza venciéndome. Como consuelo, pienso en la última frase de Danny de Vito cuando estuvo por aquí:
“Por favor, cuando encuentren el tesoro avísenme”.