Leer y Quemar

Viddy well, little brother.Viddy well.(A clockwork orange)

viernes, diciembre 30, 2005

Salas de Espera

Pero el mundo al que vuelvo ya no es el de antes. Yo soy un extranjero, como los muertos sin sepultura cuando suben del aqueronte, y aunque estuviera en mi isla natal, en los jardines de mi infancia, que mi padre me cierra, ¡ay!, aun en ese caso sería un extranjero en la tierra, y ya no hay ningún dios que pueda ligarme al pasado. (…)

“¡Oh Dios! ¡Y pensar que yo mismo no soy nada y que el más común de los artesanos puede decir que él ha hecho más que yo! ¡que pueden consolarse los pobres de espíritu que se ríen y me tratan despectivamente de soñador porque mis hechos no han llegado a la sazón, porque mis brazos no son libres, porque mi época se asemeja al feroz Procusto, que arrojaba a una cuna a los hombres que capturaba, y para que cupieran en aquel pequeño lecho les cortaba los miembros a su medida
!”
Hölderlin. Hiperión.


Una semana después.

Jueves 29 de Diciembre. Hoy hace una semana que llegué a Mérida. Pensaba que Mérida lo tenía superado, que pasar aquí los días iba a ser un oasis de placidez y copiosa comida navideña. Incluso planeaba que mis trabajos de la carrera, junto a un par de artículos para Diagonal, iban a ir cayendo uno tras otro como piezas de dominó, dejándome tiempo (todo puede pasar), hasta para atreverme con un par de incursiones en el insondable mundo de la ficción.

Para mi vida social, al mismo tiempo, no tenía pensado salirme de un cómodo esquema cuyo A B C consiste básicamente en cinco raciones semanales de Galería, tres de AntiBar y, llegado el caso, media de Reflejos. Después de dos semanas sin ni siquiera aproximarme a un horario de vida minimamente razonable en Madrid, la quietud emeritense se me antojaba un regalo celestial, la oportunidad idónea para estabilizarme, una pista de despegue para tomar impulso y volver a la villa y corte con los ánimos redoblados y los deberes bajo el brazo.

Pero no. Está claro que no está siendo así. Tras una semana sin acabar uno solo de mis trabajos y ni siquiera actualizar el blog por una conjura cósmica formada por bibliotecas que no abren, fiestas navideñas y mi propia desidia, hoy la degradación alcanzaba su punto álgido. Esta mañana me ponía en pie después de haber dormido tres horas, con una resaca martilleante, regusto a estropajo en la boca y un cuerpo que difícilmente pasaría la ITV, con brazos y piernas que obedecían las órdenes de mi cerebro más por lástima que por voluntad de movimiento.


El demonio y el látex.

Motivo de este despertar atroz: mi dentista. A las 11.30 tenía cita con él. David Martínez debe ser, con mucho, una de las personas que más se alegran de mis regresos a la ciudad natal. Se propuso hace cuatro meses empastarme seis dientes y empastarse con 50 euros por cada diente. Lo está consiguiendo. Cada vez que tengo un puente más o menos largo paso por su consulta. Lleva cuatro empastes. Mi dentadura va a quedar bien, aunque para ello tenga que sacrificar el resto de mi salud.

Las visitas al doctor Martínez han acabado por convencerme de que el demonio lleva guantes de látex. David Martínez los lleva, y tiene cuatro máquinas diabólicas delante que producen un ruido más propio de Abu Graihb que de una consulta médica. En mi boca empleó todas las máquinas que había desplegadas ante mis ojos. No me hizo daño (o no más del estrictamente necesario de la anestesia); pero los ruidos de esas máquinas… ¿por qué son así? ¿no hay forma de hacer que suenen de otro modo? Atendiendo a su grado de pavor, las dos últimas visitas me han servido para clasificarlos en cuatro tipos.

1)Fuga de gas. Consiste en un silbido suave alrededor del diente. Más que el gas de la cocina, lo que parece que se sale es el gas de una botella de cocacola que se ha removido demasiado. Este es soportable. Incluso aceptable

2)Rugido pantanoso. Es un poco más agresivo que el anterior. Ignoro el motivo, pero mientras lo escuchaba se me venían a la mente la imagen de un monstruo del pantano dando berridos por debajo del agua.

3).Invasión Ovni. El más marciano de todos. Parece que la máquina se comunica con el diente a través de un código secreto, lanzando un mensaje definitivo para asaltar la tierra. Hay una cierta continuidad en ese sonido, una lógica perturbadora. Y es, a la vez, un chirrido agudísimo, penetrante, devastador. Pero no es el más horrible.
4) Circuito de Jerez. Inconfundible. Es el más conocido, el más clásico. También el peor. Se trata, sencillamente, de escuchar la última vuelta de un campeonato de motociclismo sobre tus muelas. No quiero imaginarme la cantidad de traumas que habrá producido este sonido. Me hace compadecerme sobre todo por las madres que esperarán sentadas mientras escuchan esa sinfonía del suplicio sobre la mandíbula de sus vástagos. Algo de veras espeluznante, inenarrable.

Revistas e inframundo

Con todo y a pesar de todo, hay algo ameno en estos sonidos. Al no hacerte daño, uno se sorprende de la propia efectividad de la anestesia. Todo eso sucedía en mi boca y yo me estaba quedando dormido. Fascinante. Los ruidos no son lo peor de los dentistas. De hecho, ir a sus consultas sería incluso entretenido (obviando el precio) de no tener que atravesar antes por el martirio de las salas de espera. Estos lugares sí son el infierno en términos absolutos. En ellas el tiempo se condensa, los segundos pasan más despacio, las caras se vuelven mustias, el aire se hace plomizo, la conversación difícil.

La anterior visita tuve bastante suerte. Conocía a dos personas que ese día también iban a la consulta. Pude hablar. Se me hizo llevadero. Hoy, en cambio, eso hubiera sido quimérico. Si un día comienza horrible se mantiene así hasta sus últimas consecuencias. No conocía a nadie. Para colmo, antes de salir de casa no encontraba el libro que estaba leyendo. Y las lecturas de las salas de espera parece que también forman parte del mismo ritual de dolor de toda la consulta. Había una cantidad ingente de revistas del corazón. Otras cuantas, aunque menos, de moda. Para caballeros había dos: Gentleman, con consejos cómo combinar tu ropa Armani (que imagino que el dentista debe comprar pensando que sus clientes pueden permitirse su mismo tren de vida), y Mens and Health, con consejos para reducir abdominales, reducir abdominales, reducir abdominales y, después de tener unos abdominales de mármol, follar hasta alcanzar el séptimo cielo.

Con una pinza en la nariz, cogí esta última. Me salté la parte de los abdominales. Antes de pasar a la parte de la cama, el becario que debía escribir el reportaje dibujaba un cuadro con la frase perfecta para cada momento del cortejo, desde pedir el número del móvil a solicitar matrimonio, todo un catálogo. Lo importante, escribe el becario, es no ser muy directo. Si digamos quieres llevarte a una chica a la cama es mejor decir “¿qué tal si nos vamos a mi casa?”, antes que soltarle: “¿oye, follamos?”. Un crack, el redactor.

Para el coito los consejos eran de la misma cuerda. O ni siquiera eso, eran todavía más insufribles. Estaba todo lleno de símiles futbolísticos y tres de las cuatro páginas iban dedicadas a preliminares. “Son”, escribía, “lo que marca la diferencia entre un encuentro amistoso y un partidazo”. A pesar de la irritación visual que me produjo la frase contuve la náusea y seguí leyendo. No pude llegar al final. Mi cerebro dijo basta en el momento que leyó: “de todas las caricias, la que más les gusta es el sexo oral”. Tantos descubrimientos en tan pocas líneas me parecieron excesivos.

Cerré la revista. Estaba tiritando. Había cogido frío la noche antes. Bastante frío además. Volví a mirar a mis compañeros de sala. Los mismos rostros apagados. Las mismas miradas hacia nadie sabe dónde. El infierno es una sala de espera, estoy convencido de eso. A un lugar de sufrimiento y dolor eternos se le acaba cogiendo el gusto. A una sala de espera no, imposible. Una sala de espera aniquila el estado de ánimo, entierra cualquier alegría. Nada se mueve en ellas, ni siquiera las personas que uno tiene alrededor y a quienes cuesta encontrar un motivo para su existencia. Todo en las salas de espera es inmutable, inamovible, estéril, esclerótico, abúlico. Son, por así decirlo, una especie de Mérida. Mérida es la sala de espera de mayor tamaño que conozco.

Y su quietud, he comprobado una semana más tarde, no tiene nada de celestial.

De vuelta. Madrid-Mérida

¡Amarga ciencia ésta que el viaje nos brinda!
El mundo, tan pequeño, tan monónoto, hoy,
ayer, mañana, siempre, nuestra imagen nos muestra:
¡un oasis de horror en medio de un desierto de aburrimiento!
Baudelaire. Las flores del mal.
(Ultimo verso, citado por Bolaño en 2666).



Jueves 22 de diciembre.
Despertar. 10.45 horas.
Desayuno.
Café con bocadillo de nocilla y la introducción de Cátedra a las Flores del mal de Baudelaire. Con el tiempo, compruebo horrorizado, se ha apoderado de mí una angustiosa atrofia literaria. A veces disfruto más de una introducción brillante que de un libro brillante. En los libros de Cátedra me sucede con una frecuencia insana. El estudio de Alain Verjat me parece sublime. En un momento, por ejemplo, escribe: “Baudelaire fue así, durante más de un siglo, un poeta inmoral, rayando la pornografía, una lectura para degenerados que el orden moral sólo podía coger entre pinzas y tapándose la nariz”.

Después de leer esto uno espera toparse en Les fleurs du mal con algo realmente salvaje. La mayoría de las veces no pasa, y lo único que se concluye de la lectura es la facilidad que tenía para escandalizarse el orden moral francés. Otras, en cambio, sin llegar a provocar erecciones, Baudelaire cumple con las expectativas del prólogo. (Una muestra: “¡Yo soy la herida y el cuchillo! / ¡Soy el tortazo y la mejilla! / ¡Yo soy los miembros y la rueda, y la víctima y el verdugo!./ De mi pecho soy yo el vampiro/ –¡uno de esos abandonados/ condenados a eterna risa/ que ya no pueden sonreír!”)

De fondo, mientras tanto, sonaba el sorteo del Gordo. No había comprado ningún cupón. No me tocó nada. La mayor parte del dinero fue a parar a Cataluña. Se sigue así con la tradición navideña de que el dinero caiga en las zonas castigadas por catástrofes naturales. El premio supondrá un consuelo para las miles de familias damnificadas por el Estatut.


Media hora más tarde. Internet. ElPaís.es.
Moratinos llama al nuncio Vaticano y protesta formalmente ante la Iglesia por la broma de la Cope de llamar a Evo Morales haciéndose pasar por Zapatero.
El ministro de exteriores boliviano: “esto podría repercutir en las relaciones bilaterales”.
Zapatero (el de verdad), llama a Evo Morales (el de verdad), para pedirle disculpas. La Cope, mientras, denuncia la campaña de hostigamiento por parte del Gobierno y sigue riendo la gracia.
Preguntas: ¿Alguien se imagina al Jueves, a Gomaespuma o a la Ser imitando a Aznar y llamando a Bush, a Blair o a Álvaro Uribe? Ni siquiera creo que a ninguna emisora abertzale se le pasara por la cabeza hacer algo por el estilo. ¿Por qué la derecha, cuando se pone, puede llegar a ser quince veces más antisistema que la extrema izquierda? ¿Por qué la Cope tiene que ser siempre tan tóxica?, ¿Por qué hay siempre tanto odio en sus programas, incluso en los de humor? ¿Por qué cuando intenta decir algo serio (filípicas diarias de Jiménez Losantos) provoca tanta risa; y cuando intenta hacer gracia (suplantar la personalidad de un presidente del Gobierno) acaba provocando una crisis internacional?
Todo me parece demasiado repugnante. Tanto que se me quitan las ganas de dar ninguna respuesta.

Como contrapeso, el gran descubrimiento del día. Rafael Argullol. Filósofo crepuscular. Sabiduría exultante. Realiza ensayos literarios, artículos sociológicos y juicios críticos sobre obras de arte. Todo sin salirse de los límites artículo periodístico. ¿Se puede pedir algo más? Sí, que algún día le dedique un post. Seguramente lo haga.


Viaje a Mérida.

Adecenté la casa. Limpié mis trastos del fregadero.
Hice mi maleta.
Nota preocupante: mi cartera para los libros cada vez pesa más. Su peso actual es de casi el doble de la de mochila en la que guardo la ropa. Con los años, esta descompensación tiende a ensancharse.

Salí. A casa de Javi.
Javi, mi primo, me llevaba en coche hasta Mérida.

En casa de Javi.

Edificio sumamente extraño. Entrada quemada. Escalones torcidos. Vecinos inquietantes y recelosos, miradas de soslayo. Resquemor.

Cinco plantas más tarde, sin ascensor, con dos maletas a la espalda. Más vecinos inusuales por el camino.
Una imagen propia de Joseph Conrad. En la cuarta planta, sin luz. Un bulto negro en la escalera. Atemorizador. Me acerco: es un hombre, negro también. Callado, silencioso, parado en medio de la oscuridad con la vista perdida.
Me mira. Le miro.
No me dice nada.
No le digo nada.

Una planta más tarde. Dejo las maletas. Cansado.

Mi primo no está. Ha salido porque tenían que renovarle el contrato. Me recibe su novia Vanesa. Moderna, moderna, moderna. Gorra con forma cuadrada de resonancias militares. Jersey rojo con cuadros rojos y negros bajo abrigo negro. Adorable y simpatiquísima.
Me dice: Hola Miguel, ¿qué tal estás?
Es un mensaje en clave. Lo que en realidad quiere decir es: Chico, bienvenido a la vida moderna.

Ritual de la vida moderna: el piercing.
“Tengo que hacerme un piercing. Acompáñame. Es en la nariz. Tengo uno, pero me lo tengo que quitar para dar clases en el cole. Es un coñazo. Ahora me voy a poner un “slut”, de estos que pareces como un cerdo. Esos no hace falta que te los quites, te los puedes meter hacia dentro”.


En Skin-art.

Amable conversación con el tatuador. Gran tipo. Según le habían dicho a Vanesa,”el mejor anillador de Madrid”. Tenía aspecto de serlo. Aspecto orondo, ventripotente. Largas barbas desperdigadas por toda la cara. Difícil diferenciar entre las barbas y los anillos. Enorme aro con forma de rollo de esparadrapo recolgando de una oreja. Pese a todo, gafas de psicólogo y aspecto inteligente.
No tengo la menor idea de anilladores. En todo caso, parecía bueno. Se puso guantes de plástico para poner el Piercing y tenía todos los utensilios dentro de bolsitas de plástico. Quitando sus barbas, todo lo demás tenía aspecto de ser bastante higiénico.
Lo mejor: las carpetas clasificadoras de tatuajes. Nombres: Guerreros y brujos; Dragones y Oriental; Tribales y motos; Animales Acuáticos…

El único problema de que fuera el mejor es que también era, en consecuencia, de los más caros. Vanesa habló con él. Sacó a relucir un amigo común: Es que soy amiga del Demonio (sic), le dije que me iba a hacer un “slut”(no sic, porque no sé muy bien cómo se escribe); y me dijo que viniera aquí, que eras el mejor de Madrid.
Anillador: Ah, el demonio. ¿Qué tal le va por Barcelona?
Vanesa: ¿Por Barcelona? Si le vi hace dos días por Fuencarral.
Anillador: Ah, perdona. Es que conozco a dos demonios, uno en Madrid y otro en Barcelona.

A pesar del contacto satánico, no bajó el precio. 36 euros por el aro. A Vanesa no le llegaba. Le dejé 20 euros.

Mientras se tumbaba en una mesa de operaciones, el anillador y yo hablamos animadamente.

Había un Diagonal junto al resto de utensilios.
Pregunté: ¿estás suscrito a Diagonal?
Respondió: Sí. Tengo varios. Los traigo aquí para que se los lleve la gente. Coge uno si quieres. ¿Conoces el periódico?
Respondí: Escribo en él. (Siempre me ha encantado cómo suenan esas tres palabras.)
Preguntó: ¿Si? ¿Hay algún artículo tuyo?
Respondí: En la sección de Culturas, el de la portada. (portada suena incluso mejor, es una palabra increíblemente musical)

El mejor anillador de Madrid lo había leído. De hecho, era de los pocos artículos que había leído. A partir de ahí cambió la forma de mirarme. Hasta entonces tuve la sensación de que me observaba como a la clase de chico al que nunca se le ocurriría acercarse a una tienda de tatuajes (y tendría razón, porque nunca había entrado en ninguna). Con Diagonal de por medio, la cosa cambiaba.
Escribir en Diagonal no da dinero, pero permite que los mejores anilladores de Madrid te vean como a uno de los suyos. Algo es algo.

Añadió: El periódico está bien. Lo que pasa es que no lo conoce mucha gente.
Concluí: Lleva un año. Lo hace un grupo de bastante joven y no se puede esperar que se venda como El País. De todas formas, lo bueno que tiene es que se encuentra en los mejores sitios. En serio, si entras a cualquier parte y te encuentras Diagonal puedes estar convencido de que es un sitio de confianza.

La norma no falló tampoco ahora. El anillador era de confianza. Miró a Vanesa. Sacó el piercing para dejar la nariz con aspecto de Buey. Procedió.
Anillador: Vamos allá. ¿Cuento hasta tres o lo meto del tirón?
Vanesa: Del tirón.

Visto y no visto. Metió primero una larga aguja de metal. A continuación, el anillo. La operación no duró más de 15 segundos. Un profesional.

Vanesa, exultante: (A mí) “No me ha dolido nada. Creí que iba a dolerme muchísimo. (A él) Es verdad. Eres un anillador muy bueno.

El: (Sin modestia) Gracias. (A ella). “Lo normal tendría que ser que no doliese nunca, pero es que no hay control ninguno. Hoy he tenido que decir que no a cinco menores de edad y me han dicho que vale, que se iban a la Montera. Otros me llegan y se quedan flipados de verlo todo en bolsas. (A mí). Podrías hacer un artículo sobre eso. (Esta frase suele darme reparo, porque después de decir eso la gente comienza a hablarme con el tono de estar diciendo algo importante y eso exige que haga como que presto atención). En España no hay cultura del piercing. La gente mira al precio y no al producto. Les da lo mismo cómo sea el anillo ni las condiciones del sitio. En otras partes te cobran 15 euros, te ponen hierros traídos del tercer mundo, te hacen un montón de daño y encima te lo tienes que quitar al mes porque se te está infectando la zona. Y encima va allí más gente. Llevo 10 años trabajando en esto y cada vez ves cosas más vergonzosas. Pagas 500 euros por un curso de principios de medicina que dura cinco días y te puedes montar un puesto de estos. Es de risa Yo cobro más alto, pero trabajo bien. A nadie se le infecta la nariz cuando viene aquí.”.

Lo dicho, un profesional.

De vuelta a casa de Javi. Antes de salir.

Nuevo vistazo al edificio. Techo también quemado. Ahora me fijo, (antes, no se cómo, se me pasó por alto): hay una moto calcinada a pocos pasos de la puerta. Javi y Vanesa me han hablado de ella. Alguien quemó la moto a las cuatro de la mañana, las escaleras se llenaron de humo, llegaron los bomberos y todos los vecinos del edificio tuvieron que salir corriendo.
Javi: por lo visto ha sido un ajuste de cuentas”

Yo: ¿Y sabéis de qué vecino era la moto?

Javi: Sí, de un brasileño que vive más abajo. Nadie le ha dicho nada. ¿Pero qué le vas a decir?: oye, no sé si lo has visto, pero te han quemado la moto.

Me cuentan más del edificio. Que se quemen motos a las cuatro de la mañana es alarmante, pero no les extrañó. La gente que les rodea está algo lejos de ser normal. Las historias del edificio vienen a ser un cruce entre Aquí no hay quien viva, Twin Peaks y Sucedió en Madrid. Sus vecinos se dividen en tres tipos:
1) Dos amigas de Mérida y alguna gente joven de confianza. Relación extrañamente amigable para esta ciudad. Se dejan comida. Se invitan a cenas. Formidable.
2) Vecinos inquietantes. Nada de saludos. Miradas de desprecio mutuo. Aspecto de películas de cine expresionista alemán.
3) El Horror: Una casa de putas dos puertas más a la derecha; un brasileño mafioso; un hostal angustiosamente extraño A eso, sumar: a diario, caras nunca vistas paseándose de noche por las escaleras. A eso, sumar: ruidos extraños a horas extrañas unidos a conversaciones extrañas en lenguas extrañas.

A eso, sumar: Escaleras de hace 200 años, peldaños cayéndose a trozos, vigas de madera sosteniendo la estructura de todas las plantas.
A eso, sumar: estado en trámites de remodelación, dudosas condiciones legales.

¿Por qué siguen entonces ahí? Dos motivos clave. Precio: está tirado. Lugar: centro de Madrid. Centro, centro, centro. A una calle de Gran Vía.

Lo más inquietante de todo es que, en verdad, no deja de ser un chollo.

En el coche. 400 kilómetros hasta Mérida.
Sólo una parada. Para repostar, mear y comprar comida de guarreo durante el camino. Tres bolsas. Vanesa: Cheetos pandilla drakis (Una desventaja: Son un timo.Vienen pocos y la gracia de que tengan forma de fantasmas y murciélagos probablemente no justifique el encarecimiento del producto. Una ventaja: creo que no comía Cheetos pandilla drakis desde el colegio. Rememoré fiestas de cumpleaños con miles de sándwiches y cócteles explosivos mezcla de cocacola, sprite y fanta naranja). Yo: Doritos (siempre funcionan) y Mix 5 (un combinado de frutos secos lascivamente deliciosos).

Para matar el tiempo, conversaciones modernas.
Sobre drogas nuevas: ketamina,GHB. Vanesa: “la gente ya no sabe que meterse, parece que si no acabas en coma no te lo has pasado bien”.

Sobre bares de ambiente (últimamente para que cualquier sala sea mínimamente in debe tener un espacio de ambiente, cuyas dimensiones aumentan durante la noche a medida que aumenta el alcohol en sangre y la desesperación en el falo.) Vanesa: “es horrible, hay ya una zona en el Space donde si eres tía no puedes pasar. Y encima está todo lleno de los tipos estos hipermusculados con ese rollo cerdo de quitarse las camisas, sudar como guarros y empezar a meterse mano por todas partes allí mismo. Aunque bueno, aún no es como en Ibiza: allí se ponían directamente en la puerta”.

Sobre el plan para nochevieja, más apasionante aún: “Con lo poco que me gusta Mérida para salir, dije, en Nochevieja me lo paso genial. Tiene que ser horrible pasar la Nochevieja en Madrid. Sólo la fiesta ya se te pone en 60 euros. Y luego casi todo el mundo se gasta otros 60 en drogas. Y si te tomas un cubata en otro sitio te lo cobran a 12 euros. Y todo petadísimo en todas partes. Y atascos todo el tiempo. Debe ser espantoso.”

La respuesta de Vanesa, fulminante, sumamente reveladora: “Es que ese es un plan muy malo. Salir la noche de nochevieja no tiene gracia. Y menos pagando. Lo que está bien son los días de nochevieja. Lo que está bien es salir a las diez de la mañana el día uno y que te cuelen en un after. Y luego te estás allí hasta las tres o las cuatro y te metes en otro after, y luego en un reafter, y así hasta que sales todo el día dos y vuelves a casa el día tres”.


Fin del viaje.

En casa.

Conclusión básica: me queda mucho por aprender. Debe haber más malditismo en un fin de semana con mi primo, su novia y sus colegas (entre los que también se cuenta mi hermano), que en toda la bibliografía de Baudelaire. Al menos, eso me temo.


Nota:
A estas horas en casa, sin embargo, lo único que queda de maldito y de sabio es el programa Días de Cine. Hace poco escribía Sergi Pámies en su columna sobre TV de El País que alguien se debería dedicar a recopilar las frases que suelta Antonio Gasset antes de los anuncios. En esta ocasión no he podido resistir la tentación de anotarla:

“Llegó la pausa. Un consejo para estos días de Navidad: Sed felices. A ello ayudará comprar una zambomba y cantar villancicos, aunque no estoy muy seguro.
Bueno, mejor voy a dejarles con la publicidad, donde ya ha desaparecido un señor calvo que desea suerte para todos, imagino que para evitar el linchamiento por parte de la mayoría”.

domingo, diciembre 18, 2005

Lavapies 24/7

Lavapiés.
Lavapiés es interminable, laberíntico, infinito. Últimamente no salgo de allí. Todo el mundo va a Lavapiés. Todo el mundo me lleva a Lavapiés. Quedo con todo el mundo en Lavapiés. El lunes, sin pretenderlo, acabé en Lavapiés. El martes, pretendiéndolo, también. El miércoles me llevaron al centro en coche desde Diagonal y me dejaron en Lavapiés. El jueves pasó lo mismo. Lavapiés, Lavapiés, Lavapiés. Da lo mismo que no haya ningún motivo para ir, siempre alguien acaba por proponer ir a Lavapiés. Y si se entra por las noches es imposible quedarse sólo media hora, tomarse sólo una cerveza o andar sólo por dos calles. Lavapiés engancha. De pequeño nunca pensé que la primera casilla del Monopoly diera nombre a un barrio. Y desde luego no hubiera pensado que la casilla más barata de todo el juego pudiera dar tanto de sí en la vida real.


Juli
Este lunes el motivo para ir fue que me encontré a Juli en la Puerta del Sol justo cuando ya pensaba entrar en la estación del metro.
-¡Lucas!
- ¡Juli!

Gran sorpresa. A Juli únicamente la había visto hasta ahora en dos contextos. Primero, el grupo documental. Tanto ella como yo pertenecemos al “grupo voces” (por favor, si a algún lector se le ocurre otro nombre para este colectivo se admiten sugerencias); el grupo con el que el año pasado perpetramos el documental “¿Qué pasó en mi barrio?” donde un grupo de viejos héroes entrañables y casi anónimos narran las batallas del movimiento vecinal madrileño desde las chabolas de los años 60.

El puesto de chuches.
El segundo contexto es el puesto de chuches de la Facultad de Ciencias de la Información. Juli es la chuchera más veterana que conozco. Lleva al menos dos años lidiando varias horas por semana con la jauría de alumnos y alumnas (sobre todo alumnas que parecen sacadas de catálogos de ropa); que no pueden resistir la pausa entre clase y clase sin su dosis de azúcar industrial. Como toda chuchera que se precie, Juli es justamente lo opuesto de sus clientes, lo cual ocasiona que de cuando en cuando se produzcan miradas de repelús mutuo en el momento en que éstas canjean sus céntimos de euro por un puñado de gominolas o un par de bolsas de risquetos.

El puesto de chuches es, para sus dependientes, un campo de pruebas psicológico. Siempre que he ido allí me he dado cuenta de que se trata de uno de los observatorios más perfectos para analizar las infinitas caras que presenta la superficialidad humana. Casi siempre que me acerco a algún chuchero apenas puedo cambiar cinco frases seguidas porque están rodeados de las personas más superfluas que pululan por una facultad donde lo superfluo es ley. Todo ese ejército de banalidad, polos rojigualdas, peinados de última moda y ropa de marca les acosa poniéndoles delante de la cara mil y un venenos de colores alegres y preguntando con su síndrome de abstinencia: “jo, esto cuánto es?”. Y yo, cuando lo veo, admiro la capacidad de aguante de gente como Juli. Algunos días, cuando la aglomeración me impide acercarme al puesto, las chucheras me parecen criaturas sobrehumanas. Para soportar tanta presión se necesita una paciencia fuera de lo común.


El lunes en Sol Juli no estaba rodeada. Iba solo con un chico. Me dijeron que iban a tomar una cerveza y me invitaron a acompañarles. La zona: Lavapiés. De nuevo Lavapiés. Siempre Lavapiés. Y a Lavapiés nunca se va a tomar una cerveza. Debería saberlo. Una vez en Lavapiés, lo primero que hicimos fue entrar en un restaurante árabe y pedir los platos con el nombre más extraño posible. Al menos eso hice yo. Pedí Yusín con Kofta. Esperaba una delicia exótica que deleitase mi paladar con sabores nunca antes catados. Vano intento. Me encontré, en cambio, con que el camarero me ponía sobre la mesa dos huevos al plato con una carne que se parecía bastante a las clásicas albóndigas.

Lo exótico, por tanto, no estuvo en la comida, sino en la conversación con el chico. De hecho, el único motivo que me ha llevado a escribir este post ha sido la conversación con el chico. Todo lo anterior, me temo, no era más que un prólogo que me ha vuelto a salir demasiado largo.

Otmal.
Se llama Otmal. Es marroquí. Tiene 24 años. “Aunque bueno, exactamente no se sabe”, reconoce. “Mi partida de nacimiento me la hicieron al mismo tiempo que a mi hermano, que vino al mundo más o menos un par de años después. Cuando nació mi padre se acercó a la ciudad, nos llevó a los dos y dijo que éramos gemelos. Calcular la edad que tengo es difícil, se lo pregunté a mis padres, pero son analfabetos, no anotaron la fecha y tampoco se ponen de acuerdo. Mi abuelo decía que nací tres años antes que mi hermano. Mi padre dice que uno. Mi madre que dos. Yo creo que son dos. Da igual. De lo único que todos se acuerdan es que ese día estaba lloviendo.”

A Otmal la edad tampoco le preocupa mucho. Cuando no se acuerda le pregunta los años a su hermano y suma dos más. Este sábado volvió a preguntarle la edad, pero a diferencia de otras veces no sé sumó nada. El motivo es que la madrugada del sábado él y su hermano pasaron la noche en la comisaría. “¿Cuantos años tienes, dímelo, rápido. ’22, me dijo’. ’22’, le dije al policía, es que somos gemelos’. ‘¿Gemelos?, preguntó extrañado. El policía que estaba a su lado le sacó de dudas: “Claro, ¿no ves que son iguales? Luego, después de saber la edad, nos siguieron pegando”

Todo esto me lo cuenta Otmal en cuanto Juli nos ha presentado y le he dicho que soy periodista. “Pues podrías contar que la policía nos ha estado pegando”, me pide. Lo dice, además, sin asomo de ironía, con la confianza de que trabajo en un periódico de cierta difusión y de que los periódicos de gran difusión pueden contar ese tipo de cosas.
Pero no. No es el caso. En Diagonal se habla de abusos policiales con la misma frecuencia que otros ponen la guía de televisión. Es un tema que nunca falta, como la Risoterapia cuando los telediarios de Antena 3 se quedan sin noticias. La diferencia, tal vez, es que en este caso todo es un poco menos cómico.

Por lo visto, la policía les detuvo de madrugada en la parroquia de entrevías. Otmal había ido allí a una fiesta con su hermano y otros cinco o seis chavales árabes. La parroquia de Entrevías, conviene señalarlo, la lleva Enrique Castro, uno de estos curas de barrio que creen que hay que ayudar a los demás, que lleva más de 30 años colaborando en actividades vecinales y que de hecho entrevistamos para el documental. Por eso acudieron allí cuatro compañeras del documental y también varios chicos árabes, porque, entre otras cosas, Enrique Castro piensa que una iglesia puede servir para que la gente se divierta haga fiestas y beba dentro si quiera sin necesidad de creer en el dios único y verdadero.

Eso lo piensa el padre Castro.

Los veinte policías que andaban a las tres de la mañana por el barrio y se encontraron una iglesia abierta con cinco marroquíes dentro riendo y bebiendo pensaron lo contrario.

A Otmal le indignó que los policías supieran más teología que el cura
“Nos soltaron un rollo religioso. Nos dijeron que los moros no podíamos estar en un templo cristiano y nos sacaron de allí. Esa gente no entiende nada. Confunden ser árabe con ser musulmán. No tiene nada que ver. Se puede ser árabe y ser cristiano. Pero a ellos les daba igual. Lo que les molestaba es que fuésemos moros pasándoselo bien en una iglesia. ¿Cómo va a haber moros pasándoselo bien? Eso era lo que más les fastidiaba. Bueno… eso y también que le hubiéramos puesto al Cristo un pañuelo palestino por la cabeza. A nosotros nos parecía gracioso. Con el pañuelo parecía un palestino auténtico.”

A los policías lo del palestino no les hizo ni puta gracia. Sacaron de la iglesia a todo el mundo. Primero hicieron una selección patriótica. Los españoles podían irse a casa. A los árabes se los llevaron a comisaría.

“No habíamos hecho nada, pero debían estar aburridos a esas horas y nos encerraron.”, continúa Otmal. “Tampoco tenían nada de que acusarnos. Así que nos dijeron un montón de cosas que no tenían mucho sentido. Nos acusaron de obstruir la vía pública. Después de resistencia a la autoridad. Era todo bastante absurdo. Y mientras tanto nos pegaban y decían que éramos moros de mierda. Eso lo repetían todo el rato. Y nos pegaban a ver si nos acusábamos entre nosotros de algo peor. Pero es que tampoco había nada de que acusarnos. Así que nos seguían pegando y diciendo que éramos unos moros de mierda”.

Al cabo de un tiempo llegó el comisario jefe. Según cuenta Otmal, en ese momento se tranquilizaron un poco, pero fue peor todavía. “Nada más llegar lo primero que hizo fue pegarnos más. Hasta que se aburrió. Luego nos dejaron allí hasta que a la mañana siguiente nos soltaron. Ahora vamos a ver si quedamos y lo denunciamos. Pero es una mierda, porque aquí no puedes confiar en la justicia. La justicia es una palabra, pero ya está. Desde que llevo en España me han pasado mil cosas, pero nunca puedo acudir a la policía. ¿Cómo voy a acudir a la policía? Y menos cuando pasan cosas de estas”.

Mientras me voy terminando mi Yusín con Kofta me fijo en que Otmal hace cada cierto tiempo extraños movimientos con el cuello y la cabeza. No sabe muy bien cómo colocarlos para que no le duela. A estas alturas de la noche el chico lleva hablando casi una hora seguida y está claro que va a monopolizar la noche. Desde que empezamos a cenar Juli y yo no hemos dejado de fusilarle a preguntas. De contarnos su noche del sábado pasa a contarnos su vida. Vive con su hermano y otros cinco o seis marroquíes en un piso de alquiler.
-¿Son amigos tuyos?
-Bueno, son compañeros de piso. Tampoco los hemos elegido.


Dentro de su familia, Otmal y su hermano han tenido suerte. A los 16 años (más o menos, porque en lo de la edad es lioso) se vino a España. Según dice, en Marruecos no se podía hacer nada ni decir nada. Eso lo descubrió pronto. “De pequeño vi muertos por primera vez. Fue después de una protesta contra el rey. Salí a la calle y vi unos cuantos cadáveres. Y mucha sangre por todas partes. Es no me gustaba. No puedes protestar de ninguna forma. Me acuerdo de un hermano de mi madre que era escritor. Tenía ideas políticas y escribió algo contra el rey anterior, Hassan II. Lo mataron”.

Otmal cuenta todo esto con la mayor indiferencia. Mientras hace chistes después de que pidamos cerveza y nos recomiende que mejor tomemos té. Nos cuanta además que los únicos que han salido de allí fueran su hermano y él. “Somos los únicos aventureros”, asegura con un punto de orgullo mientras come un pollo con patatas que en este restaurante se llama Yusín de pollo.

En Marruecos siguen otros ocho hermanos. Algunos casados y con familia; la mayoría analfabetos. Entre ellos, cada vez que vuelven son vistos como los hermanos europeos. “Voy cada seis meses, y de vez en cuando me llevo a amigos españoles. Cuando llegan a Marruecos se ponen a fumar como locos. Y encima siempre les llevo a sitios a los que no suelen llegar los turistas. Me traje a unos amigos a una plantación de hachís, a una montaña en la que todo era kiffi marroquí. Mis amigos españoles se tiraron al suelo y empezaron a besarlo. Me pareció muy ridículo. Pero claro, a mí tampoco me sorprendía mucho, yo estuve trabajando varios años allí”.

En concreto, nos dice que empezó a trabajar en la plantación con 14 años. Exactamente, la misma edad a la que le di mi primera calada a un porro. No puedo evitar comentárselo.
“Pues ya ves. Yo ya los fabricaba”, vuelve a señalar con la misma actitud orgullosa de un momento antes.
Después de reírse, sin embargo, adopta un tono más humilde y baja la voz. “Aunque bueno, eso tampoco tiene mucho mérito. Nosotros no es crezcamos antes, sólo es que somos mas pobres”.

miércoles, diciembre 14, 2005

Barajas

Mística europea

Siempre he pensado que existe una mística occidental, una espiritualidad europea que conduce a un trance tanto o más profundo que el sexo tántrico, el yoga, el budismo y el zen y el tao juntos. Llegar a este estado elevado de conciencia no es difícil. En este momento acabo de alcanzarlo de nuevo. Estoy en una cafetería del aeropuerto de Barajas. Veo pasar a muchísima gente de un lado a otro. Tomo café. Leo El País. Más o menos, tal como concibo el mundo, la felicidad viene a ser esto. Por los pasillos atestados cruza el catálogo completo de la condición humana. Casi todo el mundo carga bultos pesadísimos y tiene la mirada puesta en el cielo en busca de algún indicador que permita salir fuera, llegar lo más lejos posible, escapar.

Genio y mediocridad.

Hoy el periódico aparece sobresaturado de genios. La noticia de la contraportada está dedicada a John Lennon. La BBC va a emitir esta tarde una entrevista inédita con él, “la definitiva”, en palabras del cantante muerto, donde pone de vuelta y media al resto de los Beatles. Cuando se grabó, Lennon andaba ya completamente amargado. “Ser genio no es divertido. Es una tortura”, reconoce. También en su confesión final carga contra los Rolling. “Mick es un chiste”, señala igualmente asqueado.

No falta un comentario sobre Yoko Ono y el odio que hacia esta chica profesaban los demás miembros de la banda. “Parecía que me tenía que casar con ellos o con Yoko… y acerté”. Allá cada uno. Mis conocimientos de música en general y de los Beatles en particular son más bien ínfimos, pero tengo la impresión de que no acertó. Más que nada, porque Yoko Ono me parece una criatura abominable, una excrecencia de la naturaleza llena de ínfulas sin talento, a la vez que un precedente histórico bastante nefasto para la miríada de postadolescentes llenos de ínfulas sin talento que pueblan buena parte de los sitios por los que me muevo en Madrid (y que me llevan, en consecuencia, a despertarme de madrugada bañado en sudor frío mientras me pregunto si no me estaré convirtiendo, si no soy ya uno de ellos).

Además de Lennon hay más gente con talento en el resto de páginas. Babelia dedica sus cinco primeras páginas a Harold Pinter. De este hombre no sabía nada hace dos meses. Ahora, tras haberme leído un suplemento sobre él editado hace tres años por Primer Acto y mientras me trago las cinco páginas de análisis, comienzo a considerarme con cierta autoridad para hablar en algún momento de sus obras. Una lástima que, a estas alturas, no sirva de nada. Todo esto habría que haberlo antes de que le dieran el Nobel de este año. En este momento, ¿qué mérito tiene saberlo todo sobre él?

El último genio, esta vez del mal, es Alan Greenspan. Según leo, el demiurgo del capitalismo planetario se despide el próximo 1 de enero de la Reserva Federal de EE UU. Después de décadas marcando el pulso de las economías del globo sin que Republicanos o Demócratas se hayan atrevido a discutirle una coma, ahora se ha dado cuenta de que está viejo y quiere descansar. Antes, eso sí, deja un recado para quienes le sucedan. Ha augurado “un ajuste doloroso” de la economía mundial. Teniendo en cuenta que la economía mundial la manejan entre él y otros cuatro, probablemente no le falte razón.

Solo en el autobús.

Termino el café. Miro el reloj. Es la una. Ningún avión me espera. ¿Qué hago entonces en Barajas? He quedado para que me lleven gratis a Mérida en autobús. Un conductor al que conoce mi madre regresa a casa después de dejar en el aeropuerto a un grupo de turistas emeritenses de la asociación de amigos del museo. Eso significa que seré la única persona que suba. Va a ser la primera vez que vaya solo en un autobús. Espero no llegar tarde. Me levanto. Veo de nuevo a la misma masa ingente de personas huyendo de sus vidas durante cuatro días y medio de puente. Y entonces, aunque no tenga mucha lógica, me siento radiantemente bien. Quizás sea, me fijo, porque desde que empezó el invierno es la primera vez que me he puesto bufanda. Me encantan las bufandas. Me parecen una de las prendas más simpáticas que pueden llevarse. Tienen toda clase de colores y encima son útiles. Algo fantástico, verdaderamente. Aunque de todas formas, emocionarme con esta clase de cosas es algo preocupante. Estas emociones delatan, en cierto modo, que tampoco yo dejo de ser un postadolescente con ínfulas.

martes, diciembre 13, 2005

Sobre mí

A propósito de la persona que escribe estas líneas existen multitud de versiones. Aquí muestro algunas de ellas. Que cada cual elija la que prefiera. Yo sinceramente no sé qué me produciría mayor estupor.

Versión cabalista.
En la facultad los profesores suelen explicar el primer día de clase los nombres de sus asignaturas partiendo del origen lingüístico de cada palabra. Con eso parece que su materia adquiere algo más sentido y que su sueldo está por lo tanto justificado. Con mi nombre es posible hacer lo mismo. Me llamo Miguel Ángel de Lucas, y a lo largo de todos estos años de vida he descubierto que cada una de las partes de este sintagma tienen una mágica explicación cósmica.

Miguel. De origen hebreo. En las tiendas de regalos es posible encontrar dos posibles traducciones. Hay quienes lo señalan como semejante a Dios. En otras, con más modestia, lo ponen entre interrogaciones: ¿Quien cómo Dios?. Esta segunda se acerca al significado auténtico. Aún así, también se suele interpretar mal. El asunto no es que quienes se llamen Miguel se parezcan más o menos a Dios. Eso es lo de menos. A diferencia de la vida real, en las sagradas escrituras los nombres tienen un sentido literario, forman parte de la historia que se cuenta en el libro. Miguel, en concreto, es el arcángel que se enfrenta a Lucifer y acaba por derrotarle en las puertas del cielo. La lucha que se emprende entre el ángel rebelde y el arcángel es puramente lingüística, pertenece al terreno de las ideas, una palabra puede decidirlo todo.

Miguel es esa palabra. Para hacerse con la victoria, el arcángel opta por una pregunta, que no consiste en otra cosa más que en su nombre. ¿Quién como Dios?, le pregunta al diablo. Y esta cuestión tiene varias interpretaciones. La primera, más básica, consistiría en decirle: ¿Quién cree usted que es para compararse con Dios? ¿Quién puede ser como Dios como para desafiarle?. Ésta es una versión más o menos sugerente, pero yo personalmente me quedo con una segunda interpretación. En ella, el significado de la pregunta sería directamente “¿Quién es Dios?”

Como sabe cualquier cabalista, el nombre de Dios sólo es conocido por el propio Dios. La cábala parte del principio de que saber el nombre de las cosas es empezar a controlarlas. A Dios como mucho podemos llamarle Dios, pero ése no es su nombre real. En el antiguo testamente hebreo se le nombra con las letras JHV. Al ser un idioma consonántico carece de vocales, lo cual ha llevado a que se hable de Él como Jehová o Jhavé. Ninguna de las dos, de todas formas, se aproxima a su nombre real. Nadie lo conoce. Ni siquiera el diablo. Y Miguel es consciente de eso. Cuando pregunta ¿Quién cómo Dios? se asegura la estocada definitiva. Lucifer no puede responderle. Acaba de perder la oportunidad de dominar el orbe y ha de sufrir hasta el fin de los tiempos el castigo por su rebeldía. Todo eso gracias a mi nombre.

Ángel. También de origen hebreo, aunque bastante menos espectacular. Para la traducción al castellano existe un amplio consenso: significa mensajero. Entre otras cosas, los ángeles son los enviados de dios. La palabra también existe en griego. Guardan cierta relación con Hermes o Mercurio, dios del correo y de las comunicaciones. Tanto a Hermes como a los ángeles se les representa con alas que les hacen llegar a velocidad de vértigo a todas partes. Lejanamente también hay en esto cierta relación con el periodismo, que todavía puede verse en el hecho de que algunos diarios reciban el nombre de mercurios en algunos países europeos y de América latina. La suma de mis dos nombres de pila, Miguel y Ángel, guarda a su vez cierta relación a un escultor, pintor y poeta renacentista al que por suerte considero lo sobradamente conocido como para no tener que insistir en que esculpió el David y el Moisés y que pintó el techo de la capilla sextina.

Lucas. Esto viene del latín, de lucius, si no me acuerdo mal. Tiene, creo, dos traducciones. Una, la optimista, viene a ser como “iluminado” o, forzándolo un poco, “luminoso”. La otra, más hiriente y por tanto probablemente más exacta, viene a ser “deslumbrado”, “cegado por la luz”, como si no viera nada y fuera por todo el mundo alucinando con lo que veo (lo cual, a su modo, también viene a ser un poco cierto). En cualquier caso, mi apellido real es “de Lucas”, con una partícula que le da a todo cierto aire aristocratizante bastante simpático. Es algo que me hace pensar que en algún momento alguien de quien llevo la misma sangre perdió sus posesiones y su linaje fue degradándose con el paso de distintas generaciones hasta llegar a mí.

Saber todo esto es la última etapa en el proceso de conocerme. El primer paso es llamarme Lucas (esto suele ser más o menos rápido). El segundo (que suele oscilar entre seis meses y un año) está en descubrir que mi nombre real es Miguel y que Lucas es el apellido. El tercer paso (sólo al alcance de unos cuantos), llega en el momento que se sabe que el apellido completo es “de Lucas”. Hay quienes se han pasado toda una carrera universitaria conmigo en clase sin percatarse de esta oscura verdad. Aunque ahora, en este blog, he decidido confesarle todo al lector desde el principio. Con respecto al significado del nombre completo “Miguel Ángel de Lucas”, no me atrevo a apuntar ninguna teoría. Como mucho señalo algunas versiones que pueden ser más o menos relevantes.

Sobre mí. Versión numérica.
Tengo 23 años. Una licenciatura en periodismo. Un segundo ciclo comenzado en Teoría de la Literatura. Cuatro veranos trabajando en periódicos. Cinco artículos publicados en ABC. Más de 100 publicados en el Hoy de Extremadura. En virtud de mi DNI soy el ciudadano 76.258.501. Mido 1,82. Peso del orden de 75 kilos. Tengo dos ojos. Una nariz. Una boca.

Sobre mí. Versión contradictoria.
Soy la clase de alumno que se sienta en las primeras filas pero sólo tiene amigos entre las últimas. Soy la clase de periodista al que un día le publican artículos en ABC pero decide colaborar con Diagonal, que después de una entrevista con un Nobel se recorre media Mérida buscando entrevistar a un barrendero. Soy la clase de persona que se ríe la mayor parte del día y que luego por la noche lee libros existencialistas y sobre el suicidio. Soy una contradicción en términos. Soy, en palabras de Juan Aragoneses, “la prueba viviente de que Dios no existe”.

Sobre mí. Versión afectivosexual
Según tengo comprobado, en mi vida emocional he acabado adquiriendo un rol de juguete cerebral. Las personas del sexo opuesto toman mi conversación y la exprimen hasta extasiarse alcanzando el máximo placer posible. Después de eso me abandonan. En el fondo, no puedo evitar sentirme tratado como un objeto intelectual.

Sobre mí. Versión espacio tiempo.
Pertenezco a la peor raza de las que han llegado a formar parte de la raza humana. Soy varón, blanco, europeo, heterosexual y periodista. Pertenezco a un país, España, con una leyenda negra con más páginas negras que legendarias. En ella figura una de las instituciones más siniestras de la cristiandad, nuestra Santa Inquisición, cuyos miembros practicaban la dudosa afición de torturar y perseguir a judíos, árabes y protestantes. Al mismo tiempo, la conquista de América asombraba al mundo con el ejemplo de primer genocidio del que tomarían buena nota el resto de naciones civilizadas.

Nací en el siglo de las dos guerras mundiales y en un país que acababa de salir de cuarenta años de dictadura en la que el país donde vivo tuvo la suerte de convertirse en el mayor campo de concentración de Occidente. Ahora formo parte de una generación que se aburre viendo la tele mientras el planeta se cae a pedazos, donde se triplica el número de huracanes y donde el cambio climático golpea colérico la puerta, cada vez con más insistencia dado que nadie le haga caso.

Paso mis días en un momento histórico imprevisible, donde la lógica ha decidido cerrar definitivamente por vacaciones. Estés donde estés puedes hacerte millonario si contestas a una pregunta absurda por el móvil o bien puedes estallar en pedazos si tu compañero de vagón ha decidido que Alá es lo más grande mientras tú no pasas de ser un infiel que merece pudrirse toda la eternidad en un infierno que, por dictamen del Vaticano, ya ha dejado de existir. El contexto histórico es este: vivo aquí y ahora, en la generación del aquí y el ahora.

Sobre mí. Versión busco trabajo.
Tengo un currículum bastante decente. Curiosamente, es una de las pocas cosas de las que me puedo sentir orgulloso. Cuando me deprimo lo ojeo y me siento algo mejor. Es como una foto en la que salgo más guapo que de costumbre.

Sobre mí. Versión mitológica.
Como desparramando la comida y sin usar cubiertos. Mis movimientos de brazos y piernas están marcados por las leyes del azar. Soy la demagogia personificada. Soy un vampiro surgido de las entrañas de la tierra con el único propósito de destruir el Festival de Teatro de Mérida. Soy un súcubo sin escrúpulos vendido al dinero del Festival de Teatro Clásico de Mérida. Soy, en palabras de María Campos, “una persona oscura”.
Soy alguien que nunca ha comprado tabaco. Soy alguien que vomita azul.

Sobre mí. Versión Larra.
“¡Santo cielo! ¿Y yo deseaba ser periodista? Confieso como hombre débil, lector mío, que nunca supe lo que quise; juzga tú por el largo cuento de mis infortunios periodísticos, que mucho procuré abreviarte, si puedo y debo con sobrada razón exclamar, ahora que ya lo soy, ¡oh, que placer el de ser redactor!”

Sobre mí. Versión Nietzsche.
Soy un sí, un no, una línea recta, una meta.