Leer y Quemar

Viddy well, little brother.Viddy well.(A clockwork orange)

miércoles, diciembre 14, 2005

Barajas

Mística europea

Siempre he pensado que existe una mística occidental, una espiritualidad europea que conduce a un trance tanto o más profundo que el sexo tántrico, el yoga, el budismo y el zen y el tao juntos. Llegar a este estado elevado de conciencia no es difícil. En este momento acabo de alcanzarlo de nuevo. Estoy en una cafetería del aeropuerto de Barajas. Veo pasar a muchísima gente de un lado a otro. Tomo café. Leo El País. Más o menos, tal como concibo el mundo, la felicidad viene a ser esto. Por los pasillos atestados cruza el catálogo completo de la condición humana. Casi todo el mundo carga bultos pesadísimos y tiene la mirada puesta en el cielo en busca de algún indicador que permita salir fuera, llegar lo más lejos posible, escapar.

Genio y mediocridad.

Hoy el periódico aparece sobresaturado de genios. La noticia de la contraportada está dedicada a John Lennon. La BBC va a emitir esta tarde una entrevista inédita con él, “la definitiva”, en palabras del cantante muerto, donde pone de vuelta y media al resto de los Beatles. Cuando se grabó, Lennon andaba ya completamente amargado. “Ser genio no es divertido. Es una tortura”, reconoce. También en su confesión final carga contra los Rolling. “Mick es un chiste”, señala igualmente asqueado.

No falta un comentario sobre Yoko Ono y el odio que hacia esta chica profesaban los demás miembros de la banda. “Parecía que me tenía que casar con ellos o con Yoko… y acerté”. Allá cada uno. Mis conocimientos de música en general y de los Beatles en particular son más bien ínfimos, pero tengo la impresión de que no acertó. Más que nada, porque Yoko Ono me parece una criatura abominable, una excrecencia de la naturaleza llena de ínfulas sin talento, a la vez que un precedente histórico bastante nefasto para la miríada de postadolescentes llenos de ínfulas sin talento que pueblan buena parte de los sitios por los que me muevo en Madrid (y que me llevan, en consecuencia, a despertarme de madrugada bañado en sudor frío mientras me pregunto si no me estaré convirtiendo, si no soy ya uno de ellos).

Además de Lennon hay más gente con talento en el resto de páginas. Babelia dedica sus cinco primeras páginas a Harold Pinter. De este hombre no sabía nada hace dos meses. Ahora, tras haberme leído un suplemento sobre él editado hace tres años por Primer Acto y mientras me trago las cinco páginas de análisis, comienzo a considerarme con cierta autoridad para hablar en algún momento de sus obras. Una lástima que, a estas alturas, no sirva de nada. Todo esto habría que haberlo antes de que le dieran el Nobel de este año. En este momento, ¿qué mérito tiene saberlo todo sobre él?

El último genio, esta vez del mal, es Alan Greenspan. Según leo, el demiurgo del capitalismo planetario se despide el próximo 1 de enero de la Reserva Federal de EE UU. Después de décadas marcando el pulso de las economías del globo sin que Republicanos o Demócratas se hayan atrevido a discutirle una coma, ahora se ha dado cuenta de que está viejo y quiere descansar. Antes, eso sí, deja un recado para quienes le sucedan. Ha augurado “un ajuste doloroso” de la economía mundial. Teniendo en cuenta que la economía mundial la manejan entre él y otros cuatro, probablemente no le falte razón.

Solo en el autobús.

Termino el café. Miro el reloj. Es la una. Ningún avión me espera. ¿Qué hago entonces en Barajas? He quedado para que me lleven gratis a Mérida en autobús. Un conductor al que conoce mi madre regresa a casa después de dejar en el aeropuerto a un grupo de turistas emeritenses de la asociación de amigos del museo. Eso significa que seré la única persona que suba. Va a ser la primera vez que vaya solo en un autobús. Espero no llegar tarde. Me levanto. Veo de nuevo a la misma masa ingente de personas huyendo de sus vidas durante cuatro días y medio de puente. Y entonces, aunque no tenga mucha lógica, me siento radiantemente bien. Quizás sea, me fijo, porque desde que empezó el invierno es la primera vez que me he puesto bufanda. Me encantan las bufandas. Me parecen una de las prendas más simpáticas que pueden llevarse. Tienen toda clase de colores y encima son útiles. Algo fantástico, verdaderamente. Aunque de todas formas, emocionarme con esta clase de cosas es algo preocupante. Estas emociones delatan, en cierto modo, que tampoco yo dejo de ser un postadolescente con ínfulas.