De vuelta. Madrid-Mérida
¡Amarga ciencia ésta que el viaje nos brinda!
El mundo, tan pequeño, tan monónoto, hoy,
ayer, mañana, siempre, nuestra imagen nos muestra:
¡un oasis de horror en medio de un desierto de aburrimiento!
Baudelaire. Las flores del mal.
(Ultimo verso, citado por Bolaño en 2666).
Jueves 22 de diciembre.
Despertar. 10.45 horas.
Desayuno.
Café con bocadillo de nocilla y la introducción de Cátedra a las Flores del mal de Baudelaire. Con el tiempo, compruebo horrorizado, se ha apoderado de mí una angustiosa atrofia literaria. A veces disfruto más de una introducción brillante que de un libro brillante. En los libros de Cátedra me sucede con una frecuencia insana. El estudio de Alain Verjat me parece sublime. En un momento, por ejemplo, escribe: “Baudelaire fue así, durante más de un siglo, un poeta inmoral, rayando la pornografía, una lectura para degenerados que el orden moral sólo podía coger entre pinzas y tapándose la nariz”.
Después de leer esto uno espera toparse en Les fleurs du mal con algo realmente salvaje. La mayoría de las veces no pasa, y lo único que se concluye de la lectura es la facilidad que tenía para escandalizarse el orden moral francés. Otras, en cambio, sin llegar a provocar erecciones, Baudelaire cumple con las expectativas del prólogo. (Una muestra: “¡Yo soy la herida y el cuchillo! / ¡Soy el tortazo y la mejilla! / ¡Yo soy los miembros y la rueda, y la víctima y el verdugo!./ De mi pecho soy yo el vampiro/ –¡uno de esos abandonados/ condenados a eterna risa/ que ya no pueden sonreír!”)
De fondo, mientras tanto, sonaba el sorteo del Gordo. No había comprado ningún cupón. No me tocó nada. La mayor parte del dinero fue a parar a Cataluña. Se sigue así con la tradición navideña de que el dinero caiga en las zonas castigadas por catástrofes naturales. El premio supondrá un consuelo para las miles de familias damnificadas por el Estatut.
Media hora más tarde. Internet. ElPaís.es.
Moratinos llama al nuncio Vaticano y protesta formalmente ante la Iglesia por la broma de la Cope de llamar a Evo Morales haciéndose pasar por Zapatero.
El ministro de exteriores boliviano: “esto podría repercutir en las relaciones bilaterales”.
Zapatero (el de verdad), llama a Evo Morales (el de verdad), para pedirle disculpas. La Cope, mientras, denuncia la campaña de hostigamiento por parte del Gobierno y sigue riendo la gracia.
Preguntas: ¿Alguien se imagina al Jueves, a Gomaespuma o a la Ser imitando a Aznar y llamando a Bush, a Blair o a Álvaro Uribe? Ni siquiera creo que a ninguna emisora abertzale se le pasara por la cabeza hacer algo por el estilo. ¿Por qué la derecha, cuando se pone, puede llegar a ser quince veces más antisistema que la extrema izquierda? ¿Por qué la Cope tiene que ser siempre tan tóxica?, ¿Por qué hay siempre tanto odio en sus programas, incluso en los de humor? ¿Por qué cuando intenta decir algo serio (filípicas diarias de Jiménez Losantos) provoca tanta risa; y cuando intenta hacer gracia (suplantar la personalidad de un presidente del Gobierno) acaba provocando una crisis internacional?
Todo me parece demasiado repugnante. Tanto que se me quitan las ganas de dar ninguna respuesta.
Como contrapeso, el gran descubrimiento del día. Rafael Argullol. Filósofo crepuscular. Sabiduría exultante. Realiza ensayos literarios, artículos sociológicos y juicios críticos sobre obras de arte. Todo sin salirse de los límites artículo periodístico. ¿Se puede pedir algo más? Sí, que algún día le dedique un post. Seguramente lo haga.
Viaje a Mérida.
Adecenté la casa. Limpié mis trastos del fregadero.
Hice mi maleta.
Nota preocupante: mi cartera para los libros cada vez pesa más. Su peso actual es de casi el doble de la de mochila en la que guardo la ropa. Con los años, esta descompensación tiende a ensancharse.
Salí. A casa de Javi.
Javi, mi primo, me llevaba en coche hasta Mérida.
En casa de Javi.
Edificio sumamente extraño. Entrada quemada. Escalones torcidos. Vecinos inquietantes y recelosos, miradas de soslayo. Resquemor.
Cinco plantas más tarde, sin ascensor, con dos maletas a la espalda. Más vecinos inusuales por el camino.
Una imagen propia de Joseph Conrad. En la cuarta planta, sin luz. Un bulto negro en la escalera. Atemorizador. Me acerco: es un hombre, negro también. Callado, silencioso, parado en medio de la oscuridad con la vista perdida.
Me mira. Le miro.
No me dice nada.
No le digo nada.
Una planta más tarde. Dejo las maletas. Cansado.
Mi primo no está. Ha salido porque tenían que renovarle el contrato. Me recibe su novia Vanesa. Moderna, moderna, moderna. Gorra con forma cuadrada de resonancias militares. Jersey rojo con cuadros rojos y negros bajo abrigo negro. Adorable y simpatiquísima.
Me dice: Hola Miguel, ¿qué tal estás?
Es un mensaje en clave. Lo que en realidad quiere decir es: Chico, bienvenido a la vida moderna.
Ritual de la vida moderna: el piercing.
“Tengo que hacerme un piercing. Acompáñame. Es en la nariz. Tengo uno, pero me lo tengo que quitar para dar clases en el cole. Es un coñazo. Ahora me voy a poner un “slut”, de estos que pareces como un cerdo. Esos no hace falta que te los quites, te los puedes meter hacia dentro”.
En Skin-art.
Amable conversación con el tatuador. Gran tipo. Según le habían dicho a Vanesa,”el mejor anillador de Madrid”. Tenía aspecto de serlo. Aspecto orondo, ventripotente. Largas barbas desperdigadas por toda la cara. Difícil diferenciar entre las barbas y los anillos. Enorme aro con forma de rollo de esparadrapo recolgando de una oreja. Pese a todo, gafas de psicólogo y aspecto inteligente.
No tengo la menor idea de anilladores. En todo caso, parecía bueno. Se puso guantes de plástico para poner el Piercing y tenía todos los utensilios dentro de bolsitas de plástico. Quitando sus barbas, todo lo demás tenía aspecto de ser bastante higiénico.
Lo mejor: las carpetas clasificadoras de tatuajes. Nombres: Guerreros y brujos; Dragones y Oriental; Tribales y motos; Animales Acuáticos…
El único problema de que fuera el mejor es que también era, en consecuencia, de los más caros. Vanesa habló con él. Sacó a relucir un amigo común: Es que soy amiga del Demonio (sic), le dije que me iba a hacer un “slut”(no sic, porque no sé muy bien cómo se escribe); y me dijo que viniera aquí, que eras el mejor de Madrid.
Anillador: Ah, el demonio. ¿Qué tal le va por Barcelona?
Vanesa: ¿Por Barcelona? Si le vi hace dos días por Fuencarral.
Anillador: Ah, perdona. Es que conozco a dos demonios, uno en Madrid y otro en Barcelona.
A pesar del contacto satánico, no bajó el precio. 36 euros por el aro. A Vanesa no le llegaba. Le dejé 20 euros.
Mientras se tumbaba en una mesa de operaciones, el anillador y yo hablamos animadamente.
Había un Diagonal junto al resto de utensilios.
Pregunté: ¿estás suscrito a Diagonal?
Respondió: Sí. Tengo varios. Los traigo aquí para que se los lleve la gente. Coge uno si quieres. ¿Conoces el periódico?
Respondí: Escribo en él. (Siempre me ha encantado cómo suenan esas tres palabras.)
Preguntó: ¿Si? ¿Hay algún artículo tuyo?
Respondí: En la sección de Culturas, el de la portada. (portada suena incluso mejor, es una palabra increíblemente musical)
El mejor anillador de Madrid lo había leído. De hecho, era de los pocos artículos que había leído. A partir de ahí cambió la forma de mirarme. Hasta entonces tuve la sensación de que me observaba como a la clase de chico al que nunca se le ocurriría acercarse a una tienda de tatuajes (y tendría razón, porque nunca había entrado en ninguna). Con Diagonal de por medio, la cosa cambiaba.
Escribir en Diagonal no da dinero, pero permite que los mejores anilladores de Madrid te vean como a uno de los suyos. Algo es algo.
Añadió: El periódico está bien. Lo que pasa es que no lo conoce mucha gente.
Concluí: Lleva un año. Lo hace un grupo de bastante joven y no se puede esperar que se venda como El País. De todas formas, lo bueno que tiene es que se encuentra en los mejores sitios. En serio, si entras a cualquier parte y te encuentras Diagonal puedes estar convencido de que es un sitio de confianza.
La norma no falló tampoco ahora. El anillador era de confianza. Miró a Vanesa. Sacó el piercing para dejar la nariz con aspecto de Buey. Procedió.
Anillador: Vamos allá. ¿Cuento hasta tres o lo meto del tirón?
Vanesa: Del tirón.
Visto y no visto. Metió primero una larga aguja de metal. A continuación, el anillo. La operación no duró más de 15 segundos. Un profesional.
Vanesa, exultante: (A mí) “No me ha dolido nada. Creí que iba a dolerme muchísimo. (A él) Es verdad. Eres un anillador muy bueno.
El: (Sin modestia) Gracias. (A ella). “Lo normal tendría que ser que no doliese nunca, pero es que no hay control ninguno. Hoy he tenido que decir que no a cinco menores de edad y me han dicho que vale, que se iban a la Montera. Otros me llegan y se quedan flipados de verlo todo en bolsas. (A mí). Podrías hacer un artículo sobre eso. (Esta frase suele darme reparo, porque después de decir eso la gente comienza a hablarme con el tono de estar diciendo algo importante y eso exige que haga como que presto atención). En España no hay cultura del piercing. La gente mira al precio y no al producto. Les da lo mismo cómo sea el anillo ni las condiciones del sitio. En otras partes te cobran 15 euros, te ponen hierros traídos del tercer mundo, te hacen un montón de daño y encima te lo tienes que quitar al mes porque se te está infectando la zona. Y encima va allí más gente. Llevo 10 años trabajando en esto y cada vez ves cosas más vergonzosas. Pagas 500 euros por un curso de principios de medicina que dura cinco días y te puedes montar un puesto de estos. Es de risa Yo cobro más alto, pero trabajo bien. A nadie se le infecta la nariz cuando viene aquí.”.
Lo dicho, un profesional.
De vuelta a casa de Javi. Antes de salir.
Nuevo vistazo al edificio. Techo también quemado. Ahora me fijo, (antes, no se cómo, se me pasó por alto): hay una moto calcinada a pocos pasos de la puerta. Javi y Vanesa me han hablado de ella. Alguien quemó la moto a las cuatro de la mañana, las escaleras se llenaron de humo, llegaron los bomberos y todos los vecinos del edificio tuvieron que salir corriendo.
Javi: por lo visto ha sido un ajuste de cuentas”
Yo: ¿Y sabéis de qué vecino era la moto?
Javi: Sí, de un brasileño que vive más abajo. Nadie le ha dicho nada. ¿Pero qué le vas a decir?: oye, no sé si lo has visto, pero te han quemado la moto.
Me cuentan más del edificio. Que se quemen motos a las cuatro de la mañana es alarmante, pero no les extrañó. La gente que les rodea está algo lejos de ser normal. Las historias del edificio vienen a ser un cruce entre Aquí no hay quien viva, Twin Peaks y Sucedió en Madrid. Sus vecinos se dividen en tres tipos:
1) Dos amigas de Mérida y alguna gente joven de confianza. Relación extrañamente amigable para esta ciudad. Se dejan comida. Se invitan a cenas. Formidable.
2) Vecinos inquietantes. Nada de saludos. Miradas de desprecio mutuo. Aspecto de películas de cine expresionista alemán.
3) El Horror: Una casa de putas dos puertas más a la derecha; un brasileño mafioso; un hostal angustiosamente extraño A eso, sumar: a diario, caras nunca vistas paseándose de noche por las escaleras. A eso, sumar: ruidos extraños a horas extrañas unidos a conversaciones extrañas en lenguas extrañas.
A eso, sumar: Escaleras de hace 200 años, peldaños cayéndose a trozos, vigas de madera sosteniendo la estructura de todas las plantas.
A eso, sumar: estado en trámites de remodelación, dudosas condiciones legales.
¿Por qué siguen entonces ahí? Dos motivos clave. Precio: está tirado. Lugar: centro de Madrid. Centro, centro, centro. A una calle de Gran Vía.
Lo más inquietante de todo es que, en verdad, no deja de ser un chollo.
En el coche. 400 kilómetros hasta Mérida.
Sólo una parada. Para repostar, mear y comprar comida de guarreo durante el camino. Tres bolsas. Vanesa: Cheetos pandilla drakis (Una desventaja: Son un timo.Vienen pocos y la gracia de que tengan forma de fantasmas y murciélagos probablemente no justifique el encarecimiento del producto. Una ventaja: creo que no comía Cheetos pandilla drakis desde el colegio. Rememoré fiestas de cumpleaños con miles de sándwiches y cócteles explosivos mezcla de cocacola, sprite y fanta naranja). Yo: Doritos (siempre funcionan) y Mix 5 (un combinado de frutos secos lascivamente deliciosos).
Para matar el tiempo, conversaciones modernas.
Sobre drogas nuevas: ketamina,GHB. Vanesa: “la gente ya no sabe que meterse, parece que si no acabas en coma no te lo has pasado bien”.
Sobre bares de ambiente (últimamente para que cualquier sala sea mínimamente in debe tener un espacio de ambiente, cuyas dimensiones aumentan durante la noche a medida que aumenta el alcohol en sangre y la desesperación en el falo.) Vanesa: “es horrible, hay ya una zona en el Space donde si eres tía no puedes pasar. Y encima está todo lleno de los tipos estos hipermusculados con ese rollo cerdo de quitarse las camisas, sudar como guarros y empezar a meterse mano por todas partes allí mismo. Aunque bueno, aún no es como en Ibiza: allí se ponían directamente en la puerta”.
Sobre el plan para nochevieja, más apasionante aún: “Con lo poco que me gusta Mérida para salir, dije, en Nochevieja me lo paso genial. Tiene que ser horrible pasar la Nochevieja en Madrid. Sólo la fiesta ya se te pone en 60 euros. Y luego casi todo el mundo se gasta otros 60 en drogas. Y si te tomas un cubata en otro sitio te lo cobran a 12 euros. Y todo petadísimo en todas partes. Y atascos todo el tiempo. Debe ser espantoso.”
La respuesta de Vanesa, fulminante, sumamente reveladora: “Es que ese es un plan muy malo. Salir la noche de nochevieja no tiene gracia. Y menos pagando. Lo que está bien son los días de nochevieja. Lo que está bien es salir a las diez de la mañana el día uno y que te cuelen en un after. Y luego te estás allí hasta las tres o las cuatro y te metes en otro after, y luego en un reafter, y así hasta que sales todo el día dos y vuelves a casa el día tres”.
Fin del viaje.
En casa.
Conclusión básica: me queda mucho por aprender. Debe haber más malditismo en un fin de semana con mi primo, su novia y sus colegas (entre los que también se cuenta mi hermano), que en toda la bibliografía de Baudelaire. Al menos, eso me temo.
Nota:
A estas horas en casa, sin embargo, lo único que queda de maldito y de sabio es el programa Días de Cine. Hace poco escribía Sergi Pámies en su columna sobre TV de El País que alguien se debería dedicar a recopilar las frases que suelta Antonio Gasset antes de los anuncios. En esta ocasión no he podido resistir la tentación de anotarla:
“Llegó la pausa. Un consejo para estos días de Navidad: Sed felices. A ello ayudará comprar una zambomba y cantar villancicos, aunque no estoy muy seguro.
Bueno, mejor voy a dejarles con la publicidad, donde ya ha desaparecido un señor calvo que desea suerte para todos, imagino que para evitar el linchamiento por parte de la mayoría”.

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