Leer y Quemar

Viddy well, little brother.Viddy well.(A clockwork orange)

domingo, diciembre 18, 2005

Lavapies 24/7

Lavapiés.
Lavapiés es interminable, laberíntico, infinito. Últimamente no salgo de allí. Todo el mundo va a Lavapiés. Todo el mundo me lleva a Lavapiés. Quedo con todo el mundo en Lavapiés. El lunes, sin pretenderlo, acabé en Lavapiés. El martes, pretendiéndolo, también. El miércoles me llevaron al centro en coche desde Diagonal y me dejaron en Lavapiés. El jueves pasó lo mismo. Lavapiés, Lavapiés, Lavapiés. Da lo mismo que no haya ningún motivo para ir, siempre alguien acaba por proponer ir a Lavapiés. Y si se entra por las noches es imposible quedarse sólo media hora, tomarse sólo una cerveza o andar sólo por dos calles. Lavapiés engancha. De pequeño nunca pensé que la primera casilla del Monopoly diera nombre a un barrio. Y desde luego no hubiera pensado que la casilla más barata de todo el juego pudiera dar tanto de sí en la vida real.


Juli
Este lunes el motivo para ir fue que me encontré a Juli en la Puerta del Sol justo cuando ya pensaba entrar en la estación del metro.
-¡Lucas!
- ¡Juli!

Gran sorpresa. A Juli únicamente la había visto hasta ahora en dos contextos. Primero, el grupo documental. Tanto ella como yo pertenecemos al “grupo voces” (por favor, si a algún lector se le ocurre otro nombre para este colectivo se admiten sugerencias); el grupo con el que el año pasado perpetramos el documental “¿Qué pasó en mi barrio?” donde un grupo de viejos héroes entrañables y casi anónimos narran las batallas del movimiento vecinal madrileño desde las chabolas de los años 60.

El puesto de chuches.
El segundo contexto es el puesto de chuches de la Facultad de Ciencias de la Información. Juli es la chuchera más veterana que conozco. Lleva al menos dos años lidiando varias horas por semana con la jauría de alumnos y alumnas (sobre todo alumnas que parecen sacadas de catálogos de ropa); que no pueden resistir la pausa entre clase y clase sin su dosis de azúcar industrial. Como toda chuchera que se precie, Juli es justamente lo opuesto de sus clientes, lo cual ocasiona que de cuando en cuando se produzcan miradas de repelús mutuo en el momento en que éstas canjean sus céntimos de euro por un puñado de gominolas o un par de bolsas de risquetos.

El puesto de chuches es, para sus dependientes, un campo de pruebas psicológico. Siempre que he ido allí me he dado cuenta de que se trata de uno de los observatorios más perfectos para analizar las infinitas caras que presenta la superficialidad humana. Casi siempre que me acerco a algún chuchero apenas puedo cambiar cinco frases seguidas porque están rodeados de las personas más superfluas que pululan por una facultad donde lo superfluo es ley. Todo ese ejército de banalidad, polos rojigualdas, peinados de última moda y ropa de marca les acosa poniéndoles delante de la cara mil y un venenos de colores alegres y preguntando con su síndrome de abstinencia: “jo, esto cuánto es?”. Y yo, cuando lo veo, admiro la capacidad de aguante de gente como Juli. Algunos días, cuando la aglomeración me impide acercarme al puesto, las chucheras me parecen criaturas sobrehumanas. Para soportar tanta presión se necesita una paciencia fuera de lo común.


El lunes en Sol Juli no estaba rodeada. Iba solo con un chico. Me dijeron que iban a tomar una cerveza y me invitaron a acompañarles. La zona: Lavapiés. De nuevo Lavapiés. Siempre Lavapiés. Y a Lavapiés nunca se va a tomar una cerveza. Debería saberlo. Una vez en Lavapiés, lo primero que hicimos fue entrar en un restaurante árabe y pedir los platos con el nombre más extraño posible. Al menos eso hice yo. Pedí Yusín con Kofta. Esperaba una delicia exótica que deleitase mi paladar con sabores nunca antes catados. Vano intento. Me encontré, en cambio, con que el camarero me ponía sobre la mesa dos huevos al plato con una carne que se parecía bastante a las clásicas albóndigas.

Lo exótico, por tanto, no estuvo en la comida, sino en la conversación con el chico. De hecho, el único motivo que me ha llevado a escribir este post ha sido la conversación con el chico. Todo lo anterior, me temo, no era más que un prólogo que me ha vuelto a salir demasiado largo.

Otmal.
Se llama Otmal. Es marroquí. Tiene 24 años. “Aunque bueno, exactamente no se sabe”, reconoce. “Mi partida de nacimiento me la hicieron al mismo tiempo que a mi hermano, que vino al mundo más o menos un par de años después. Cuando nació mi padre se acercó a la ciudad, nos llevó a los dos y dijo que éramos gemelos. Calcular la edad que tengo es difícil, se lo pregunté a mis padres, pero son analfabetos, no anotaron la fecha y tampoco se ponen de acuerdo. Mi abuelo decía que nací tres años antes que mi hermano. Mi padre dice que uno. Mi madre que dos. Yo creo que son dos. Da igual. De lo único que todos se acuerdan es que ese día estaba lloviendo.”

A Otmal la edad tampoco le preocupa mucho. Cuando no se acuerda le pregunta los años a su hermano y suma dos más. Este sábado volvió a preguntarle la edad, pero a diferencia de otras veces no sé sumó nada. El motivo es que la madrugada del sábado él y su hermano pasaron la noche en la comisaría. “¿Cuantos años tienes, dímelo, rápido. ’22, me dijo’. ’22’, le dije al policía, es que somos gemelos’. ‘¿Gemelos?, preguntó extrañado. El policía que estaba a su lado le sacó de dudas: “Claro, ¿no ves que son iguales? Luego, después de saber la edad, nos siguieron pegando”

Todo esto me lo cuenta Otmal en cuanto Juli nos ha presentado y le he dicho que soy periodista. “Pues podrías contar que la policía nos ha estado pegando”, me pide. Lo dice, además, sin asomo de ironía, con la confianza de que trabajo en un periódico de cierta difusión y de que los periódicos de gran difusión pueden contar ese tipo de cosas.
Pero no. No es el caso. En Diagonal se habla de abusos policiales con la misma frecuencia que otros ponen la guía de televisión. Es un tema que nunca falta, como la Risoterapia cuando los telediarios de Antena 3 se quedan sin noticias. La diferencia, tal vez, es que en este caso todo es un poco menos cómico.

Por lo visto, la policía les detuvo de madrugada en la parroquia de entrevías. Otmal había ido allí a una fiesta con su hermano y otros cinco o seis chavales árabes. La parroquia de Entrevías, conviene señalarlo, la lleva Enrique Castro, uno de estos curas de barrio que creen que hay que ayudar a los demás, que lleva más de 30 años colaborando en actividades vecinales y que de hecho entrevistamos para el documental. Por eso acudieron allí cuatro compañeras del documental y también varios chicos árabes, porque, entre otras cosas, Enrique Castro piensa que una iglesia puede servir para que la gente se divierta haga fiestas y beba dentro si quiera sin necesidad de creer en el dios único y verdadero.

Eso lo piensa el padre Castro.

Los veinte policías que andaban a las tres de la mañana por el barrio y se encontraron una iglesia abierta con cinco marroquíes dentro riendo y bebiendo pensaron lo contrario.

A Otmal le indignó que los policías supieran más teología que el cura
“Nos soltaron un rollo religioso. Nos dijeron que los moros no podíamos estar en un templo cristiano y nos sacaron de allí. Esa gente no entiende nada. Confunden ser árabe con ser musulmán. No tiene nada que ver. Se puede ser árabe y ser cristiano. Pero a ellos les daba igual. Lo que les molestaba es que fuésemos moros pasándoselo bien en una iglesia. ¿Cómo va a haber moros pasándoselo bien? Eso era lo que más les fastidiaba. Bueno… eso y también que le hubiéramos puesto al Cristo un pañuelo palestino por la cabeza. A nosotros nos parecía gracioso. Con el pañuelo parecía un palestino auténtico.”

A los policías lo del palestino no les hizo ni puta gracia. Sacaron de la iglesia a todo el mundo. Primero hicieron una selección patriótica. Los españoles podían irse a casa. A los árabes se los llevaron a comisaría.

“No habíamos hecho nada, pero debían estar aburridos a esas horas y nos encerraron.”, continúa Otmal. “Tampoco tenían nada de que acusarnos. Así que nos dijeron un montón de cosas que no tenían mucho sentido. Nos acusaron de obstruir la vía pública. Después de resistencia a la autoridad. Era todo bastante absurdo. Y mientras tanto nos pegaban y decían que éramos moros de mierda. Eso lo repetían todo el rato. Y nos pegaban a ver si nos acusábamos entre nosotros de algo peor. Pero es que tampoco había nada de que acusarnos. Así que nos seguían pegando y diciendo que éramos unos moros de mierda”.

Al cabo de un tiempo llegó el comisario jefe. Según cuenta Otmal, en ese momento se tranquilizaron un poco, pero fue peor todavía. “Nada más llegar lo primero que hizo fue pegarnos más. Hasta que se aburrió. Luego nos dejaron allí hasta que a la mañana siguiente nos soltaron. Ahora vamos a ver si quedamos y lo denunciamos. Pero es una mierda, porque aquí no puedes confiar en la justicia. La justicia es una palabra, pero ya está. Desde que llevo en España me han pasado mil cosas, pero nunca puedo acudir a la policía. ¿Cómo voy a acudir a la policía? Y menos cuando pasan cosas de estas”.

Mientras me voy terminando mi Yusín con Kofta me fijo en que Otmal hace cada cierto tiempo extraños movimientos con el cuello y la cabeza. No sabe muy bien cómo colocarlos para que no le duela. A estas alturas de la noche el chico lleva hablando casi una hora seguida y está claro que va a monopolizar la noche. Desde que empezamos a cenar Juli y yo no hemos dejado de fusilarle a preguntas. De contarnos su noche del sábado pasa a contarnos su vida. Vive con su hermano y otros cinco o seis marroquíes en un piso de alquiler.
-¿Son amigos tuyos?
-Bueno, son compañeros de piso. Tampoco los hemos elegido.


Dentro de su familia, Otmal y su hermano han tenido suerte. A los 16 años (más o menos, porque en lo de la edad es lioso) se vino a España. Según dice, en Marruecos no se podía hacer nada ni decir nada. Eso lo descubrió pronto. “De pequeño vi muertos por primera vez. Fue después de una protesta contra el rey. Salí a la calle y vi unos cuantos cadáveres. Y mucha sangre por todas partes. Es no me gustaba. No puedes protestar de ninguna forma. Me acuerdo de un hermano de mi madre que era escritor. Tenía ideas políticas y escribió algo contra el rey anterior, Hassan II. Lo mataron”.

Otmal cuenta todo esto con la mayor indiferencia. Mientras hace chistes después de que pidamos cerveza y nos recomiende que mejor tomemos té. Nos cuanta además que los únicos que han salido de allí fueran su hermano y él. “Somos los únicos aventureros”, asegura con un punto de orgullo mientras come un pollo con patatas que en este restaurante se llama Yusín de pollo.

En Marruecos siguen otros ocho hermanos. Algunos casados y con familia; la mayoría analfabetos. Entre ellos, cada vez que vuelven son vistos como los hermanos europeos. “Voy cada seis meses, y de vez en cuando me llevo a amigos españoles. Cuando llegan a Marruecos se ponen a fumar como locos. Y encima siempre les llevo a sitios a los que no suelen llegar los turistas. Me traje a unos amigos a una plantación de hachís, a una montaña en la que todo era kiffi marroquí. Mis amigos españoles se tiraron al suelo y empezaron a besarlo. Me pareció muy ridículo. Pero claro, a mí tampoco me sorprendía mucho, yo estuve trabajando varios años allí”.

En concreto, nos dice que empezó a trabajar en la plantación con 14 años. Exactamente, la misma edad a la que le di mi primera calada a un porro. No puedo evitar comentárselo.
“Pues ya ves. Yo ya los fabricaba”, vuelve a señalar con la misma actitud orgullosa de un momento antes.
Después de reírse, sin embargo, adopta un tono más humilde y baja la voz. “Aunque bueno, eso tampoco tiene mucho mérito. Nosotros no es crezcamos antes, sólo es que somos mas pobres”.