Salas de Espera
“Pero el mundo al que vuelvo ya no es el de antes. Yo soy un extranjero, como los muertos sin sepultura cuando suben del aqueronte, y aunque estuviera en mi isla natal, en los jardines de mi infancia, que mi padre me cierra, ¡ay!, aun en ese caso sería un extranjero en la tierra, y ya no hay ningún dios que pueda ligarme al pasado. (…)
“¡Oh Dios! ¡Y pensar que yo mismo no soy nada y que el más común de los artesanos puede decir que él ha hecho más que yo! ¡que pueden consolarse los pobres de espíritu que se ríen y me tratan despectivamente de soñador porque mis hechos no han llegado a la sazón, porque mis brazos no son libres, porque mi época se asemeja al feroz Procusto, que arrojaba a una cuna a los hombres que capturaba, y para que cupieran en aquel pequeño lecho les cortaba los miembros a su medida!”
Hölderlin. Hiperión.
Una semana después.
Jueves 29 de Diciembre. Hoy hace una semana que llegué a Mérida. Pensaba que Mérida lo tenía superado, que pasar aquí los días iba a ser un oasis de placidez y copiosa comida navideña. Incluso planeaba que mis trabajos de la carrera, junto a un par de artículos para Diagonal, iban a ir cayendo uno tras otro como piezas de dominó, dejándome tiempo (todo puede pasar), hasta para atreverme con un par de incursiones en el insondable mundo de la ficción.
Para mi vida social, al mismo tiempo, no tenía pensado salirme de un cómodo esquema cuyo A B C consiste básicamente en cinco raciones semanales de Galería, tres de AntiBar y, llegado el caso, media de Reflejos. Después de dos semanas sin ni siquiera aproximarme a un horario de vida minimamente razonable en Madrid, la quietud emeritense se me antojaba un regalo celestial, la oportunidad idónea para estabilizarme, una pista de despegue para tomar impulso y volver a la villa y corte con los ánimos redoblados y los deberes bajo el brazo.
Pero no. Está claro que no está siendo así. Tras una semana sin acabar uno solo de mis trabajos y ni siquiera actualizar el blog por una conjura cósmica formada por bibliotecas que no abren, fiestas navideñas y mi propia desidia, hoy la degradación alcanzaba su punto álgido. Esta mañana me ponía en pie después de haber dormido tres horas, con una resaca martilleante, regusto a estropajo en la boca y un cuerpo que difícilmente pasaría la ITV, con brazos y piernas que obedecían las órdenes de mi cerebro más por lástima que por voluntad de movimiento.
El demonio y el látex.
Motivo de este despertar atroz: mi dentista. A las 11.30 tenía cita con él. David Martínez debe ser, con mucho, una de las personas que más se alegran de mis regresos a la ciudad natal. Se propuso hace cuatro meses empastarme seis dientes y empastarse con 50 euros por cada diente. Lo está consiguiendo. Cada vez que tengo un puente más o menos largo paso por su consulta. Lleva cuatro empastes. Mi dentadura va a quedar bien, aunque para ello tenga que sacrificar el resto de mi salud.
Las visitas al doctor Martínez han acabado por convencerme de que el demonio lleva guantes de látex. David Martínez los lleva, y tiene cuatro máquinas diabólicas delante que producen un ruido más propio de Abu Graihb que de una consulta médica. En mi boca empleó todas las máquinas que había desplegadas ante mis ojos. No me hizo daño (o no más del estrictamente necesario de la anestesia); pero los ruidos de esas máquinas… ¿por qué son así? ¿no hay forma de hacer que suenen de otro modo? Atendiendo a su grado de pavor, las dos últimas visitas me han servido para clasificarlos en cuatro tipos.
1)Fuga de gas. Consiste en un silbido suave alrededor del diente. Más que el gas de la cocina, lo que parece que se sale es el gas de una botella de cocacola que se ha removido demasiado. Este es soportable. Incluso aceptable
2)Rugido pantanoso. Es un poco más agresivo que el anterior. Ignoro el motivo, pero mientras lo escuchaba se me venían a la mente la imagen de un monstruo del pantano dando berridos por debajo del agua.
3).Invasión Ovni. El más marciano de todos. Parece que la máquina se comunica con el diente a través de un código secreto, lanzando un mensaje definitivo para asaltar la tierra. Hay una cierta continuidad en ese sonido, una lógica perturbadora. Y es, a la vez, un chirrido agudísimo, penetrante, devastador. Pero no es el más horrible.
4) Circuito de Jerez. Inconfundible. Es el más conocido, el más clásico. También el peor. Se trata, sencillamente, de escuchar la última vuelta de un campeonato de motociclismo sobre tus muelas. No quiero imaginarme la cantidad de traumas que habrá producido este sonido. Me hace compadecerme sobre todo por las madres que esperarán sentadas mientras escuchan esa sinfonía del suplicio sobre la mandíbula de sus vástagos. Algo de veras espeluznante, inenarrable.
Revistas e inframundo
Con todo y a pesar de todo, hay algo ameno en estos sonidos. Al no hacerte daño, uno se sorprende de la propia efectividad de la anestesia. Todo eso sucedía en mi boca y yo me estaba quedando dormido. Fascinante. Los ruidos no son lo peor de los dentistas. De hecho, ir a sus consultas sería incluso entretenido (obviando el precio) de no tener que atravesar antes por el martirio de las salas de espera. Estos lugares sí son el infierno en términos absolutos. En ellas el tiempo se condensa, los segundos pasan más despacio, las caras se vuelven mustias, el aire se hace plomizo, la conversación difícil.
La anterior visita tuve bastante suerte. Conocía a dos personas que ese día también iban a la consulta. Pude hablar. Se me hizo llevadero. Hoy, en cambio, eso hubiera sido quimérico. Si un día comienza horrible se mantiene así hasta sus últimas consecuencias. No conocía a nadie. Para colmo, antes de salir de casa no encontraba el libro que estaba leyendo. Y las lecturas de las salas de espera parece que también forman parte del mismo ritual de dolor de toda la consulta. Había una cantidad ingente de revistas del corazón. Otras cuantas, aunque menos, de moda. Para caballeros había dos: Gentleman, con consejos cómo combinar tu ropa Armani (que imagino que el dentista debe comprar pensando que sus clientes pueden permitirse su mismo tren de vida), y Mens and Health, con consejos para reducir abdominales, reducir abdominales, reducir abdominales y, después de tener unos abdominales de mármol, follar hasta alcanzar el séptimo cielo.
Con una pinza en la nariz, cogí esta última. Me salté la parte de los abdominales. Antes de pasar a la parte de la cama, el becario que debía escribir el reportaje dibujaba un cuadro con la frase perfecta para cada momento del cortejo, desde pedir el número del móvil a solicitar matrimonio, todo un catálogo. Lo importante, escribe el becario, es no ser muy directo. Si digamos quieres llevarte a una chica a la cama es mejor decir “¿qué tal si nos vamos a mi casa?”, antes que soltarle: “¿oye, follamos?”. Un crack, el redactor.
Para el coito los consejos eran de la misma cuerda. O ni siquiera eso, eran todavía más insufribles. Estaba todo lleno de símiles futbolísticos y tres de las cuatro páginas iban dedicadas a preliminares. “Son”, escribía, “lo que marca la diferencia entre un encuentro amistoso y un partidazo”. A pesar de la irritación visual que me produjo la frase contuve la náusea y seguí leyendo. No pude llegar al final. Mi cerebro dijo basta en el momento que leyó: “de todas las caricias, la que más les gusta es el sexo oral”. Tantos descubrimientos en tan pocas líneas me parecieron excesivos.
Cerré la revista. Estaba tiritando. Había cogido frío la noche antes. Bastante frío además. Volví a mirar a mis compañeros de sala. Los mismos rostros apagados. Las mismas miradas hacia nadie sabe dónde. El infierno es una sala de espera, estoy convencido de eso. A un lugar de sufrimiento y dolor eternos se le acaba cogiendo el gusto. A una sala de espera no, imposible. Una sala de espera aniquila el estado de ánimo, entierra cualquier alegría. Nada se mueve en ellas, ni siquiera las personas que uno tiene alrededor y a quienes cuesta encontrar un motivo para su existencia. Todo en las salas de espera es inmutable, inamovible, estéril, esclerótico, abúlico. Son, por así decirlo, una especie de Mérida. Mérida es la sala de espera de mayor tamaño que conozco.
Y su quietud, he comprobado una semana más tarde, no tiene nada de celestial.

1 Comments:
Pero ya deberías saberlo. Mérida es la Antesala del Infierno, es el Sunnydale de la Dehesa, es el Cataclismo y el Holocausto en sus versiones más cotidianas e inenarrables.
Servimos a Satán.
O al Antisatán.
Quién sabe.
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