Sobre mí
A propósito de la persona que escribe estas líneas existen multitud de versiones. Aquí muestro algunas de ellas. Que cada cual elija la que prefiera. Yo sinceramente no sé qué me produciría mayor estupor.
Versión cabalista.
En la facultad los profesores suelen explicar el primer día de clase los nombres de sus asignaturas partiendo del origen lingüístico de cada palabra. Con eso parece que su materia adquiere algo más sentido y que su sueldo está por lo tanto justificado. Con mi nombre es posible hacer lo mismo. Me llamo Miguel Ángel de Lucas, y a lo largo de todos estos años de vida he descubierto que cada una de las partes de este sintagma tienen una mágica explicación cósmica.
Miguel. De origen hebreo. En las tiendas de regalos es posible encontrar dos posibles traducciones. Hay quienes lo señalan como semejante a Dios. En otras, con más modestia, lo ponen entre interrogaciones: ¿Quien cómo Dios?. Esta segunda se acerca al significado auténtico. Aún así, también se suele interpretar mal. El asunto no es que quienes se llamen Miguel se parezcan más o menos a Dios. Eso es lo de menos. A diferencia de la vida real, en las sagradas escrituras los nombres tienen un sentido literario, forman parte de la historia que se cuenta en el libro. Miguel, en concreto, es el arcángel que se enfrenta a Lucifer y acaba por derrotarle en las puertas del cielo. La lucha que se emprende entre el ángel rebelde y el arcángel es puramente lingüística, pertenece al terreno de las ideas, una palabra puede decidirlo todo.
Miguel es esa palabra. Para hacerse con la victoria, el arcángel opta por una pregunta, que no consiste en otra cosa más que en su nombre. ¿Quién como Dios?, le pregunta al diablo. Y esta cuestión tiene varias interpretaciones. La primera, más básica, consistiría en decirle: ¿Quién cree usted que es para compararse con Dios? ¿Quién puede ser como Dios como para desafiarle?. Ésta es una versión más o menos sugerente, pero yo personalmente me quedo con una segunda interpretación. En ella, el significado de la pregunta sería directamente “¿Quién es Dios?”
Como sabe cualquier cabalista, el nombre de Dios sólo es conocido por el propio Dios. La cábala parte del principio de que saber el nombre de las cosas es empezar a controlarlas. A Dios como mucho podemos llamarle Dios, pero ése no es su nombre real. En el antiguo testamente hebreo se le nombra con las letras JHV. Al ser un idioma consonántico carece de vocales, lo cual ha llevado a que se hable de Él como Jehová o Jhavé. Ninguna de las dos, de todas formas, se aproxima a su nombre real. Nadie lo conoce. Ni siquiera el diablo. Y Miguel es consciente de eso. Cuando pregunta ¿Quién cómo Dios? se asegura la estocada definitiva. Lucifer no puede responderle. Acaba de perder la oportunidad de dominar el orbe y ha de sufrir hasta el fin de los tiempos el castigo por su rebeldía. Todo eso gracias a mi nombre.
Ángel. También de origen hebreo, aunque bastante menos espectacular. Para la traducción al castellano existe un amplio consenso: significa mensajero. Entre otras cosas, los ángeles son los enviados de dios. La palabra también existe en griego. Guardan cierta relación con Hermes o Mercurio, dios del correo y de las comunicaciones. Tanto a Hermes como a los ángeles se les representa con alas que les hacen llegar a velocidad de vértigo a todas partes. Lejanamente también hay en esto cierta relación con el periodismo, que todavía puede verse en el hecho de que algunos diarios reciban el nombre de mercurios en algunos países europeos y de América latina. La suma de mis dos nombres de pila, Miguel y Ángel, guarda a su vez cierta relación a un escultor, pintor y poeta renacentista al que por suerte considero lo sobradamente conocido como para no tener que insistir en que esculpió el David y el Moisés y que pintó el techo de la capilla sextina.
Lucas. Esto viene del latín, de lucius, si no me acuerdo mal. Tiene, creo, dos traducciones. Una, la optimista, viene a ser como “iluminado” o, forzándolo un poco, “luminoso”. La otra, más hiriente y por tanto probablemente más exacta, viene a ser “deslumbrado”, “cegado por la luz”, como si no viera nada y fuera por todo el mundo alucinando con lo que veo (lo cual, a su modo, también viene a ser un poco cierto). En cualquier caso, mi apellido real es “de Lucas”, con una partícula que le da a todo cierto aire aristocratizante bastante simpático. Es algo que me hace pensar que en algún momento alguien de quien llevo la misma sangre perdió sus posesiones y su linaje fue degradándose con el paso de distintas generaciones hasta llegar a mí.
Saber todo esto es la última etapa en el proceso de conocerme. El primer paso es llamarme Lucas (esto suele ser más o menos rápido). El segundo (que suele oscilar entre seis meses y un año) está en descubrir que mi nombre real es Miguel y que Lucas es el apellido. El tercer paso (sólo al alcance de unos cuantos), llega en el momento que se sabe que el apellido completo es “de Lucas”. Hay quienes se han pasado toda una carrera universitaria conmigo en clase sin percatarse de esta oscura verdad. Aunque ahora, en este blog, he decidido confesarle todo al lector desde el principio. Con respecto al significado del nombre completo “Miguel Ángel de Lucas”, no me atrevo a apuntar ninguna teoría. Como mucho señalo algunas versiones que pueden ser más o menos relevantes.
Sobre mí. Versión numérica.
Tengo 23 años. Una licenciatura en periodismo. Un segundo ciclo comenzado en Teoría de la Literatura. Cuatro veranos trabajando en periódicos. Cinco artículos publicados en ABC. Más de 100 publicados en el Hoy de Extremadura. En virtud de mi DNI soy el ciudadano 76.258.501. Mido 1,82. Peso del orden de 75 kilos. Tengo dos ojos. Una nariz. Una boca.
Sobre mí. Versión contradictoria.
Soy la clase de alumno que se sienta en las primeras filas pero sólo tiene amigos entre las últimas. Soy la clase de periodista al que un día le publican artículos en ABC pero decide colaborar con Diagonal, que después de una entrevista con un Nobel se recorre media Mérida buscando entrevistar a un barrendero. Soy la clase de persona que se ríe la mayor parte del día y que luego por la noche lee libros existencialistas y sobre el suicidio. Soy una contradicción en términos. Soy, en palabras de Juan Aragoneses, “la prueba viviente de que Dios no existe”.
Sobre mí. Versión afectivosexual
Según tengo comprobado, en mi vida emocional he acabado adquiriendo un rol de juguete cerebral. Las personas del sexo opuesto toman mi conversación y la exprimen hasta extasiarse alcanzando el máximo placer posible. Después de eso me abandonan. En el fondo, no puedo evitar sentirme tratado como un objeto intelectual.
Sobre mí. Versión espacio tiempo.
Pertenezco a la peor raza de las que han llegado a formar parte de la raza humana. Soy varón, blanco, europeo, heterosexual y periodista. Pertenezco a un país, España, con una leyenda negra con más páginas negras que legendarias. En ella figura una de las instituciones más siniestras de la cristiandad, nuestra Santa Inquisición, cuyos miembros practicaban la dudosa afición de torturar y perseguir a judíos, árabes y protestantes. Al mismo tiempo, la conquista de América asombraba al mundo con el ejemplo de primer genocidio del que tomarían buena nota el resto de naciones civilizadas.
Nací en el siglo de las dos guerras mundiales y en un país que acababa de salir de cuarenta años de dictadura en la que el país donde vivo tuvo la suerte de convertirse en el mayor campo de concentración de Occidente. Ahora formo parte de una generación que se aburre viendo la tele mientras el planeta se cae a pedazos, donde se triplica el número de huracanes y donde el cambio climático golpea colérico la puerta, cada vez con más insistencia dado que nadie le haga caso.
Paso mis días en un momento histórico imprevisible, donde la lógica ha decidido cerrar definitivamente por vacaciones. Estés donde estés puedes hacerte millonario si contestas a una pregunta absurda por el móvil o bien puedes estallar en pedazos si tu compañero de vagón ha decidido que Alá es lo más grande mientras tú no pasas de ser un infiel que merece pudrirse toda la eternidad en un infierno que, por dictamen del Vaticano, ya ha dejado de existir. El contexto histórico es este: vivo aquí y ahora, en la generación del aquí y el ahora.
Sobre mí. Versión busco trabajo.
Tengo un currículum bastante decente. Curiosamente, es una de las pocas cosas de las que me puedo sentir orgulloso. Cuando me deprimo lo ojeo y me siento algo mejor. Es como una foto en la que salgo más guapo que de costumbre.
Sobre mí. Versión mitológica.
Como desparramando la comida y sin usar cubiertos. Mis movimientos de brazos y piernas están marcados por las leyes del azar. Soy la demagogia personificada. Soy un vampiro surgido de las entrañas de la tierra con el único propósito de destruir el Festival de Teatro de Mérida. Soy un súcubo sin escrúpulos vendido al dinero del Festival de Teatro Clásico de Mérida. Soy, en palabras de María Campos, “una persona oscura”.
Soy alguien que nunca ha comprado tabaco. Soy alguien que vomita azul.
Sobre mí. Versión Larra.
“¡Santo cielo! ¿Y yo deseaba ser periodista? Confieso como hombre débil, lector mío, que nunca supe lo que quise; juzga tú por el largo cuento de mis infortunios periodísticos, que mucho procuré abreviarte, si puedo y debo con sobrada razón exclamar, ahora que ya lo soy, ¡oh, que placer el de ser redactor!”
Sobre mí. Versión Nietzsche.
Soy un sí, un no, una línea recta, una meta.

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