Leer y Quemar

Viddy well, little brother.Viddy well.(A clockwork orange)

domingo, enero 29, 2006

Amadeus 365

“Una figura como Mozart permanecerá siempre como un milagro inexplicable.”
J. W. Goethe.

“Bach, Schubert, Beethoven, Brahms, Mahler son músicos. Mozart es la música”
Herbert von Barajan.

La cultura continúa moviéndose al tam tam de las efemérides. Después de doce meses de bombardeo artístico, dramático, cultural, mediático y musical, Cervantes comienza a recuperarse de una resaca quijotesca en la que todavía costará por digerir una traducción del ingenioso hidalgo al sánscrito, otra al arameo y un rap tan temible como la misma idea hacía temer. Ahora le toca el turno a Mozart. La orgía de la conmemoración pasa a sonar por los cinco continentes (o al menos, la parte de los cinco continentes con auditorios para escuchar a Mozart). Se calcula, aunque estos cálculos no se sabe nunca muy bien de dónde salen, que la música del compositor salzburgués no va a dejar de escucharse a lo largo de todos los días de 2006. En parte es un consuelo. Por muy mal que vaya todo, se puede estar seguro de que alguien en cualquier momento debe estar tocando algo de Mozart en algún rincón del planeta.

En concreto, estos días Viena y Salzburgo arden. La capital austriaca y la ciudad natal del genio mantendrán durante todo el año una acelerada competición por convertirse en el centro mundial de la melomanía clásica. El viernes se dio el pistoletazo de salida. A lo largo del fin de semana se han repartido entre una y otra conciertos, estrenos de óperas, exposiciones, congresos, mesas redondas, simposios, instalaciones conceptuales y versiones de la ultravanguardia y audiciones en las que el protocolo recomienda acudir con levita.

Han aparecido (alguien las tendría escondidas y ha aprovechado este momento para sacarlas), algunas grabaciones por parte de antiguos maestros que hasta ahora se tenían por desaparecidas. Nuevas tesis saltan a las universidades crucificando a Wolfgang con todas las interpretaciones posibles. Era masón, eso está claro, pero… ¿Sería homosexual? ¿Sería judío? ¿Sería negro? Tampoco él se libra de las dudas que han de cernirse sobre todo el canon occidental. La industria editorial ruge de placer con esa idea. Se preparan decenas de libros para contar su vida, para desentrañar sus pensamientos, para explicar su música. No es la primera vez que se intenta. Al parecer con Mozart nunca faltan motivos para celebrar algo. En 1991 ya se vivió una traca similar con motivo del 200 aniversario de su muerte. Toda clase de ideas, toda clase de teorías. Mozart deconstruido, Mozart reinterpretado, Mozart reinventado, Mozart de todas las formas posibles.

Una infancia poco corriente.

Y sin embargo… ¿es posible tener la sensación de que ya está comprendido? Mozart puede silbarte al oído, zarandearte o burlarse de ti, en ocasiones resulta asustantemente íntimo, pero siempre queda algo en él que se escapa. ¿De dónde sale realmente Mozart? ¿Es alguien de nuestro mundo? En principio sí, frecuentaba prostíbulos, tenía problema de salud, tuvo hijos. Hacer de él un Dios sería un fallo, pero tampoco se puede aceptar que fuera un ser humano como el resto. A los tres años le aburrían los juegos infantiles y miraba embobado el teclado de Leopold Mozart, su padre. Un año más tarde le dejaría helado. Al respecto, una de las anécdotas más conocidas la cuenta Andreas Schachtner, un amigo de la familia, en una carta que también ha aparecido en la colección de Mozart que da este año El País.

“Un día que regresaba a vuestra casa con el padre, después del oficio del jueves, encontramos al pequeño Wolfgang (tendría entonces cuatro años) escribiendo sobre el papel pautado. “¿Qué haces”, preguntó Leopold. “Un concierto para clave; estoy a punto de terminar la primera parte”, contestó su hijo. “Déjame ver”, reclamó el padre. “Pero aún no he acabado”, respondió el pequeño. Y Leopold concluyó: “Es lo mismo. Debe ser algo muy bonito…”. Cogió el papel y me mostró un borrador en el que la mayor parte de las notas estaban escritas sobre tachones de tinta (porque Wolfgang, por inexperiencia, sumergía su pluma hasta el fondo del tintero, con el resultado de que cada vez que tocaba el papel hacía un borrón, que intentaba secar con la palma de la mano y sobre el que escribía). Empezamos por reírnos de lo que parecía un verdadero galimatías. Pero el padre enseguida comenzó a examinar lo esencial, es decir, la música, la composición. Durante largo rato se quedó mudo y quieto delante del papel; seguidamente, dos lágrimas de admiración y de alegría salieron de sus ojos.”


Alguien que respira música

Con el tiempo, el contenido de la carta se ha puesto en duda. Quizás no fuera a los cuatro años, quizás fueran cinco, o seis. Es lo de menos. A partir de ese momento Wolfgang Amadeus no para. Leopold se decide a hacer de él un mono de feria. Poco a poco abandona su carrera de músico y empieza a vivir para la de su hijo. Comienzan los viajes. A lo largo de sus 34 años Mozart pasa por más de 200 ciudades. Una tercera parte de su vida la pasa viajando. De niño, asombra a las casas señoriales de media Austria. No sólo compone: toca el violín con auténtico virtuosismo, en el piano puede improvisar durante horas, canta en coros. A los pocos años su fama se extiende por Europa. Nada se le resiste.

La música no le presenta misterios. Para Mozart hacerla es algo tan sencillo como respirar. Norbert Elias lo dijo de otro modo: “La imaginación de Mozart se vertió en figuras musicales con una espontaneidad y una fuerza que recuerdan un fenómeno natural.” Desde la niñez compone mentalmente y a velocidades relampagueantes, es capaz de improvisar en cualquier situación e imaginar música sin pausa. Sus pentagramas son perfectos. No presentan una sola corrección. Nunca hay vuelta atrás. Mozart se sienta, compone y se levanta. Ni siquiera vuelve la vista sobre el papel, no duda sobre su perfección. En poco tiempo su producción se hace ingente. Abarca todo. Un crítico musical de la época profetiza el futuro del joven: “Mozart absorberá todo para asimilarlo. Lo probará todo, pero a lo que desflore, incluso las cosas más disparatadas y confusas, sabrá darles un orden, es decir, una perfección, es decir, una semejanza con Dios”.

Con Mozart el piano se erige en el instrumento maestro. Bach había llevado las teclas del órgano catedralicio hasta los cielos; pero en la música de cámara todavía se sigue mirando al teclado como una afición de advenedizos. Después de Mozart nada será igual. Sin el menor temor comienza a componer conciertos exclusivos para piano. La rigidez de las teclas se viene abajo. Las partituras se vuelven veloces, alegres, adquieren un leve ímpetu que abre las puertas al estallido que se producirá medio siglo más tarde. El piano ya no tiene quien le detenga. Detrás de Mozart, Beethoven va a sacar fuego de ese instrumento. Y una generación después llega la avalancha: Schumann, Chopin, Brahms, Liszt, Tchaikovsky. El piano y la orquesta rivalizan en fuerza, en una carrera desbocada que cada vez produce estallidos más violentos. Mozart fue el primero en encender esa mecha.


El fango.

Como todo elegido de los dioses, era necesario que Mozart muriese joven. Alguien como él estaba destinado a generar la mayor cantidad de recelos y odios. Una élite aristocrática con el tímpano atrofiado, un gusto arcaizante al que tuvo que someterse más veces de las necesarias y el navajeo inclemente por parte del resto de músicos le condenaron al fango. Compositores que llevan esforzándose durante toda su vida ven llegar a un crío ante el que musicalmente son poco más que insectos. El carácter de Wolfgang además ayudaba más bien nada a su éxito social. En medio de la rigidez versallesca el recién llegado se comporta con una puerilidad que todavía hoy sonrojaría.

El infantilismo es un rasgo predominante en su vida. En las cartas a sus amigos son constantes las referencias escatológicas. Las palabras caca, culo, pedo y pis saltan con frecuencia en sus conversaciones, incluso no puede evitar soltarlas delante de nobles o reyes. Su despreocupación vital es absoluta, hasta el punto de convertirse en la preocupación máxima sus familiares y amigos. Su hacienda personal, su familia, su salud, su mantenimiento: todo eso le da bastante igual. Al genio de los genios incluso la genialidad parece importarle bastante poco. Mozart es incapaz de tomarse cualquier cosa en serio, empezando por sí mismo. Todo eso contribuye a hacerle un poco más indescifrable. Como se preguntaban hace poco en Babelia: “¿Cómo casar al autor del Réquiem o La flauta mágica con el que podía componer un canon bajo el título de Lámeme el trasero con esmero?”

Salieri.
Con todo, tampoco vivía en babia. Wolfgang conoce a lo más selecto de la Ilustración. Habla con escritores y filósofos, permanece atento a las nuevas ideas. Ingresa pronto en la masonería y se va haciendo un gran conocedor de la Orden. A partir de cierto momento, su música comienza a plagarse de guiños masónicos. La flauta mágica, suele decirse, es todo un compendio de masonería convertido en ópera. Con más exageración aún, hay quien ha visto en ella un anuncio de la Revolución francesa. Tal vez sea mucho decir, pero lo cierto es que a Mozart, por muy irresponsable que fuera, los acontecimientos de Francia tampoco le cogen por sorpresa.

Aún así, tampoco esto le salva. Los círculos de presión hacen lo posible para que deje de ser el niño mimado de la música austriaca. Y lo consiguen. Mozart tampoco opone especial resistencia. Es incapaz de imaginar las maquinaciones que se traman contra él. Tampoco es capaz de gestionar su vida. Y para más fatalidad, acaba haciendo su aparición en escena su archienemigo: Antonio Salieri, el gran maldito, el mayor segundón de la historia de la humanidad. Si alguien sufrió a Mozart fue Salieri. Un músico correcto, apreciablemente virtuoso e incluso bien considerado en vida, pero que a partir de Mozart permanece asociado de manera irremediable hasta la noche de los tiempos como la personificación de la envidia y la mezquindad. Salieri pasa a la historia por ser quien hace todo lo posible y lo imposible por acabar con Mozart. Su admiración y su odio hacia el genio se sitúan al mismo nivel, lo que le lleva a acabar sus días en un sanatorio mental hablándole a todo el mundo permanentemente de Mozart. Es quien mejor percibe en su época la genialidad mozartiana, y por eso mismo es quien con más empeño se decidió a sepultarla.

El Réquiem.

La mitificación de Mozart lleva acusar a Salieri durante siglos de haber sido el causante de su muerte por envenenamiento. Las últimas biografías, bastante más sobrias, ven todo este proceso acusatorio bastante exagerado. Sin embargo, dado que Mozart no tuvo una existencia normal es lógico que la imaginación colectiva se niegue a contentarse con un fin anodino. Para que tuviera valor, la muerte de Mozart debía ser tan fascinante como sus óperas. En realidad probablemente no lo fuese, pero la leyenda es lo suficientemente buena para saciar la sed de cualquier mitómano.

La historia de la música ha dado pocas historias más exageradas que la del Réquiem. El compositor comenzó a ponerle música en el momento que su salud andaba bajo mínimos. La versión más fantasmagórica sostiene que Mozart lo compuso sabiendo que se trataba de su propia música mortuoria. De hecho así fue. La muerte y la fiebre rondaban a Mozart cada noche y éste ni siquiera llegó a terminar la composición.

Para darle más misterio, el encargo del Réquiem le llega a Mozart de manos de un mecenas que se niega a dar su nombre, lo que alimenta el mito durante los siglos siguientes. Se llega a decir de todo: ¿Un enviado del más allá? ¿Su padre que vuelve de la tumba? ¿Antonio Salieri? ¿Nadie? ¿Una alucinación del autor? ¿Quién? Sólo Mozart lo ha visto personalmente, pero en sus últimas semanas de vida delira y su correspondencia sólo contribuye a añadir más incertidumbre a la obra. A los amigos a los que escribe solo habla de la muerte. Comienza a inquietarle la relación entre la música que escribe y su estado de salud. Se declara agonizante. Sus fantasmas le devoran.

La realidad de nuevo lo estropea todo. El encargo en verdad estaba motivado por la desaparición del conde de Walsegg a quien estaba destinada la pieza. El visitante al que recibe Mozart no es otro que el administrador del conde, que exige el anonimato del mecenas entre otro motivos porque el conde disfruta haciendo pasar por suyas las obras que financia. El asunto debe quedar en secreto, y Mozart se encuentra ya a sus 34 años lo suficientemente arruinado como para andar exigiendo derechos de autor. Acepta sin recelos, pero su muerte acaba haciendo imposible que nadie pueda robarle la pieza. Justo lo contrario todo eso hace que se vea al Réquiem como la más íntima de todas sus obras. Un Réquiem que acaba sirviendo para uno mismo. La muerte llamando a su propia puerta. ¿Qué más se le puede pedir a una misa de difuntos? Una vez es consciente de este destino, Mozart cae muerto. De nuevo, con respecto a su último segundo, un tópico. Según la leyenda urbana, en el momento que el genio expira comienzan a sonar las campanadas de una iglesia cercana. Seguramente también se falso; pero hace falta ser demasiado prosaico para negar que algo así pudiera suceder.


Tempestad y Arrebato.

Esta historia se contará infinidad de veces y en infinidad de idiomas distintos a lo largo de 2006. Yo tampoco he podido evitar soltarla, seguramente debido a una mezcla de cierta admiración por el personaje y cierto esnobismo no menos desdeñable. En cuanto a su música, tengo que confesar que Mozart no es mi compositor preferido. Creo que los hay mejores, y de ellos hablaré algún día. Mozart es, únicamente, es más genial de todos. Posiblemente fuera el nacido con más talento, una monstruosidad bañada por un manto divino, la música encarnada en ser humano, un milagro plantado en mitad del siglo XVIII. Mozart es todo eso, pero a la música todavía alcanzó cumbres más altas detrás de él. Tal vez Mozart naciese demasiado pronto, en el clasicismo más pleno, cuando la música no estaba aún lo suficientemente liberada, la necesidad de complacer a la aristocracia cortesana y la falta de riesgos en los círculos musicales le cortaron las alas más de lo conveniente.

Sin embargo, cuando esquiva todas las dificultades, Mozart alcanza sin la menor discusión lo que Stefan Zweig llama “momentos estelares de la humanidad”. Mozart suele ser, por lo general, bastante correcto, y en algunos momentos incluso tanta corrección pierde fuerza, precisamente por la escasez de sorpresas. Pero cuando esas sorpresas llegan el resto de la historia de la música da un par de pasos atrás y le deja paso al maestro. En concreto, destaco tres de ellos.

El primero, el más conocido, es el Aria de la Reina de la Noche en La flauta mágica. No deja de ser una de las arias más parodiadas a lo largo de los tiempos, pero aún así mantiene la suficiente fuerza como para sobreponerse a cualquier parodia. Los gorgoritos iniciales le suenan a todo el mundo, pero no son lo más destacable. Lo sublime llega a continuación. Después de mantener el agudo durante medio minuto se exige que la voz no caiga, que se mantenga por las nubes y que allí comience a flotar moviéndose apacible por los cielos. Se produce algo sobrehumano entonces. La sensación al escucharlo es que el alma y el universo comienzan a resquebrajarse al mismo tiempo en cien pedazos, a la existencia comienzan a aparecerle grietas. Durante algunos segundos comienza a intuirse algo que lo justifica todo, aunque luego la música desaparece y no se llega a saber muy bien qué. Pero Mozart lo sabía. Mozart vivía con eso dentro de su cabeza.

El siguiente, igualmente famoso aunque no tanto, es el arranque de la Sinfonía Número 25 en re menor. Lamentablemente, por lo que sé hasta ahora, no tiene ningún nombre popular por el que sea más conocida. Se trata en cualquier caso de una música que conectó con la sensibilidad prerromántica antes de que esta hiciera acto de presencia. La sinfonía número 25 ha sido considerada como un himno del Sturm und Drang. Todo el movimiento al que los alemanes dieron el nombre de Tempestad y Arrebato toma aquí forma de música. Entusiasmo desbordado, éxtasis en el arranque, algo de calma a continuación y de nuevo vuelta a la carga. Algo así libera de cualquier depresión, resucita de cualquier enfermedad, llama directamente a salir en busca del destino con la confianza de que se tiene el viento a favor. La sinfonía despierta un pensamiento ingenuo, mientras se escucha se tiene la sensación de que nada malo puede suceder.

Día de Ira

Aunque entre todo lo que hay de Mozart, finalmente me tengo que quedar con algo del Réquiem. El Dies Irae está por encima de la música. Escribir sobre él me parece poco menos que insultarlo. El tema, cantado en latín, ya indica que no estamos ante algo normal. Dies irae, dies illa solvet saeclum in favilla,teste David cum Sibylla. (Día de ira aquel día en que los siglos serán reducidos a cenizas, como profetizó David con la Sibila.) Si la letra dice esto, la música expresa cosas aún más terribles. La humanidad entera se viene abajo, el mundo se despide en un lamento agónico, en lugar de materia únicamente queda dolor y vacío, es la danza de la destrucción y la ira, el canto triunfante de la nada.

Por suerte, lo que queda de año este tipo de cosas no van a dejar de sonar. 365 días de Mozart. Seguramente sea excesivo, pero tampoco mucho. Siempre hay compañías peores. Y en cuanto al inocente Wolfgang Amadeus, tampoco creo que sufra tanto durante su año como a Cervantes le ha tocado padecer a lo largo de 2005. Después de todo, como dijo un director ruso que se pasó por Mérida y al que le criticaron por haber quitado los recitativos de La Clemenza di Tito: “miren, en Salzburgo desde hace 100 años se venden bollos y panecillos con la cara de Mozart; si no se revuelve en su tumba por eso, no creo que pueda importarle lo que se haga o no con su música”.

3 Comments:

Blogger Isco said...

Mozart es Jacko.

12:10 a. m.  
Blogger Totölovich said...

Mozart es Joselito.

4:26 a. m.  
Blogger J. Alvargonzález said...

Joselito es Jacko

6:32 p. m.  

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