Momentos crepusculares
El gran silencio.
Junto al mar nos olvidamos de la ciudad. Las campanas tocan el avemaría con un sonido fúnebre aunque dulce en esta hora crepuscular. Aguardad un poco más. Todo se encuentra ahora en silencio. Se extiende el mar pálido y brillante. No puede hablar. A esta hora de la tarde, el cielo representa su eterno papel, revestido de rojos colores, de tintes amarillentos y verdosos. Las rocas y arrecifes que se precipitan en el mar como tratando de encontrar un lugar más solitario, tampoco pueden hablar. Hay una íntima quietud. ¡Qué hermoso y qué cruel es este gran silencio que nos sorprende repentinamente! ¡Qué doblez encierra esta belleza muda! Si quisiera, ¡cuántas cosas diría y qué malas serían estas cosas! Su lengua y la doliente felicidad que hay impresa en su rostro no es más que malicia para burlarse de su compasión ¡Que así sea! No me avergüenza servir de risa a semejantes poderes. Pero yo te compadezco, naturaleza, porque te han de hacer callar, aunque no sea sino la malicia lo que te hace enmudecer. Sí, me apena tu malicia.
Mira cómo aumenta el silencio y cómo se oprime y se espanta mi corazón ante una nueva verdad; tampoco él puede hablar; se ha puesto de acuerdo con la naturaleza para burlarse también. Cuando la boca trata de pronunciar palabras en medio de esta belleza, mi corazón disfruta con la dulce malicia del silencio. En medio de éste, la palabra y el propio pensamiento me resultan odiosos. ¿Acaso no escucho detrás de cada frase la risa y el error, la imaginación y la ilusión? ¿Habré de burlarme de mi compasión y de mi propia burla? ¡Oh mar! ¡Oh tarde! ¡Sois seres malignos!: enseñáis al hombre a dejar de ser hombre. ¿Habrá de abandonarse éste a vosotros y convertirse en lo que sois vosotros, algo pálido, brillante, mudo, inmenso, aquietado en sí mismo, elevado por encima de sí?
Nietzsche. Aurora
Rafael Argullol. Inmenso descubrimiento. Escritor, filósofo, profesor de estética en la universidad de Barcelona, articulista, colaborador habitual de El País en Cataluña. ¿Cómo he podido pasar tanto tiempo sin leerle? Uno de sus libros preferidos es el Corsario Negro. Al igual que el protagonista de Salgari, viste impenitentemente ropa oscura. Sus textos no dejan de ser profundamente fúnebres y, al mismo tiempo, brillantemente lúcidos. Su autor preferido es Leopardi, a quien le dedicó la tesis. Su poema preferido: El infinito. Su pintor de referencia: Caspar David Friedrich.
Todo eso le lleva a analizar el mundo con una sabiduría asombrosa y algo perturbadora, con un estilo fuera de lo común para el mundo en el que vive. Parece, de hecho, alguien sacado de una época lejana y poderosa. Sus análisis sobre la sociedad o sobre el arte dan la sensación de estar escritos para que sean leídos dentro de un par de siglos. Se aleja del tópico y la explicación manida. En cualquier fenómeno encuentra una conexión mítica, filosófica o simbólica. Y lo hace desde una visión deliberadamente fría. Leyéndole, todo lo que sucede en el mundo y en el arte alcanza la lógica irrebatible de una operación matemática. Sobre el 11 de Marzo, por ejemplo, escribe:
“En el subsuelo conviven el nihilismo ideológico y el terror criminal con la complicidad de aquellos poderes y actitudes que sacan provecho del ocultamiento, la manipulación y la mentira. Como Dostoievski analizó con implacable lucidez en Los demonios, el subsuelo es la patria propicia del nihilista porque allí, ajeno a la ley, pero también al amor y a la compasión, se siente el incontestado ejecutor de sus quimeras sin tener que dar explicaciones a la modesta e incierta luz en la que viven y mueren los hombres. Incapaz de captar esa luz, el nihilismo se siente, en cambio, superior en el ámbito de la tiniebla.”
Saber que existe alguien sobre el planeta que escriba así es algo de veras reconfortante. Lo he encontrado por suerte, mientras hojeaba la edición digital de El País. En la sección de Cultura le dedicaban una hoja entera a su último libro: “Enciclopedia del Crepúsculo”. En ella da sus propias definiciones del imaginario literario que han creado en occidente toda una serie de artistas destruidos por la locura o la melancolía, filósofos cercanos al nihilismo, leyendas populares pesadillescas y mitos subyagantes. La enciclopedia llega hasta la V. Comienza en Ángel y termina en Volcán. Tuve la sensación de haberme encontrado con algo que no creía que pudiera seguir existiendo. ¿Es posible seguir siendo hoy oscuro y romántico (dios santo, lo que ha degenerado esa palabra); y todo ello sin necesidad de llevar cruces invertidas, ni pintarse la cara de blanco, sin recurrir a los personajes de miedo de cartón piedra, sin soltar estupideces que suenan profundas de pura oquedad?
La prueba estaba delante de mis ojos.
Pensé en el apellido, Argullol. Me sonaba. Revisé mis apuntes (desde el principio del curso, ha sido la primera vez que los he leído), y lo primero en saltarme a los vidrios fue que Rafael Argullol aparece en la bibliografía de mis dos mejores asignaturas de este año: Teoría comparada de la modernidad literaria y Romanticismo alemán. Al parecer, se trata de una de las voces más autorizadas en toda la literatura de finales del XVIII y principios del XIX. Leí mis apuntes con pleno interés. Sin darme cuenta, desde que empezó el curso he anotado bastantes teorías suyas acerca de la ilustración y de la rebelión romántica primero con el Sturm und Drug y más tarde todo el estallido de Blake, Keats, Wordsworth, Novalis, el divino Lichtenberg, o E.T.A. Hoffman.
Me dio rabia no haber leído aún ningún libro suyo. Traté de subsanarlo. He buscado en el historial todos sus artículos publicados en El País. Hay una gran cantidad, algo más de cien. He comenzado a devorarlos con un entusiasmo desbordado. Los referentes que emplea me han hecho temblar. En pintura: Delacroix, Gericault, Edvard Munch y Goya. En teatro: el Calígula de Albert Camus. Por un momento, leyendo todo esto, me he sentido menos solo.
Así que he decidido tragar todo lo que caiga de este hombre en mis manos. Me vendrá bien, imagino, porque Argullol maneja una filosofía crepuscular e iniciática especialmente indicada para los momentos de crisis. Me viene haciendo falta algo así. En cierto modo, mis últimos meses se están moviendo en una brumosa etapa en la que no sé muy bien en qué consiste mi vida. ¿Tener una carrera acabada y ganar dinero de vez en cuando me convierte en adulto? ¿Seguir viviendo de la solidaridad familiar hace que pueda seguir siendo un universitario hedonista y pequeñoburgués?
No sabría qué decir. Me muevo en un terreno movedizo entre una cosa y otra. Y todo eso es también muy crepuscular. El problema, como ocurre a veces con los crepúsculos, está en que no puede saberse muy bien del todo si anuncian el día o la noche; si está por llegar un cielo refulgente y esplendoroso que me nuble la vista o acabaré definitivamente hundiéndome en el abismo.
La respuesta, es posible, aparecerá algún día por aquí escrita.

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