Leer y Quemar

Viddy well, little brother.Viddy well.(A clockwork orange)

viernes, agosto 04, 2006

Resignación

6. Está PASADO de moda.

¿Tienes un blog? ¿En que siglo vives? ¿En el XX?

Más en labitacora.net: Motivos para abandonar tu blog

miércoles, agosto 02, 2006

Excusas inexcusables

Lo sé. Vale, vale, vale. Tienen razón. Tienen todo el derecho a andar decepcionados conmigo. Yo también lo estoy. Tengo dramáticamente abandonado Leer y Quemar. Como excusa, solo puedo darles una: en este tiempo he estado preparando la puesta en marcha de El Informe de la minoría. De ese modo mi actividad blogger ni se crea ni se destruye, sólo se transforma. Del arquetípico modelo blog: “oh-fíjense-lo-alucinante-que-es-mi-vida”, saltaré en breve al no menos arquetípico, “oh.-fíjense-que-visión-tan-epatante-que-tengo-del-mundo.” Dado que mi vida no ha alcanzado en este tiempo niveles significativos de alucine espero que me vaya mejor con el Informe. Sé que a cualquier lector le gustaría un poco más de constancia en mis blog. Pero en fin, consuélense con la idea de que yo me hago la misma crítica, y que muy probablemente, me fustigue con más saña de la que puedan darme ustedes.

La inconstancia es, tristemente, la seña de identidad de las bitácoras. La blogosfera está empedrada de dietarios que acabaron en el vacío. Los blog, por lo general, nacen condenados a un ciclo de vida más o menos corto. Es el diktat de la posmodernidad, el Imperio de lo efímero. La edad media de un blog incluso está calculada: cuatro meses. No more, no less Es el período de tiempo en el que un blogger termina asumiendo que lo que escribe interesa a un grupo enormemente reducido de gente, que por lo general apenas va más allá de un círculo social cercano con el que se comunica con cierta regularidad. El mío, pensé, tampoco puede librarse de esa maldición congénita. De hecho, ni siquiera llegó hasta las cuatro meses hasta que fue devorado por las fauces de la mediocridad, y el olvido. Pero ya ven. Hoy, nada más encender el ordenador, me topé estupefacto con un par de post que nunca habían visto la luz. Traspapelados injustamente entre mis idas y venidas a la capital del Reino.

Los he vuelto a leer. No es que me parecieran buenos, pero tenían un pase.

Merecían publicarse.

Tal vez, quién sabe, me enterré a mí mismo demasiado pronto.

Aún quedan cosas por quemar.

La novedad de la rutina

El filibustero no se había movido. Sus ojos, que habían cobrado una tétrica expresión, permanecían fijos en la puerta del camarote mientras que a su frente afloraba un gesto sombrío. Permaneció allí algunos minutos, como si estuviera absorto en atormentados pensamientos y sus miradas persiguieran alguna visión fugaz. Luego, se estremeció, y, sacudiendo la cabeza, murmuró:
-¡Locuras!...

Emilio Salgari. El Corsario Negro.


Semana Santa.
2006.
El regreso.

Despertar extraño. La habitación era algo más azul, con cierto aire infantil que sorprendentemente sigue resistiendo el paso de los años. Había más libros que de costumbre. Había más espacio. Había mucho más orden. Había una voz familiar dándome los buenos días.

Era mi madre.
Estaba en mi casa, en mi habitación.
Otra vez.

Han pasado cuatro meses. Nunca antes había pasado tanto tiempo sin volver.

A la salida: Las calles siguen igual. Hay turistas en la zona del museo. Hay mucha gente subiendo y bajando la calle Santa Eulalia. La gente sigue con las mismas caras. El mundo apenas ha girado. Leo, el quiosquero de la Puerta de la Villa, me ha acercado El País antes de que le dijera nada. De nuevo, el gesto y la sonrisa me han parecido navideños.
Como si a lo largo de este tiempo no hubiera dejado de comprárselo día tras día. Como si no hubiera variado nada.

Hace calor, bueno, eso sí ha cambiado. La tierra sigue a lo suyo, gira alrededor
del sol. Las estaciones van y vuelven. La tierra se mueve. El tiempo cambia. Pero las estaciones, claro, no es que dependan de Mérida.


Todo esto puede sonar ingrato. A fin de cuentas, existe una ley no escrita que convierte en seres antipáticos a quienes se meten con su ciudad natal. Y personalmente me parece una ley correcta. Es uno de esos viejos principios nobles: no hablar mal de la familia, no echar hielo a la cerveza, no liarte con la novia de tus colegas. Sin esas leyes, el mundo quizás daría un poco más de asco. Y como ocurre con todas las cosas que no se eligen, a la ciudad natal hay que soportarla quieras o no.
Curiosamente, y esto pocas veces lo confieso, a Mérida la defiendo a capa y espada cuando por casualidad alguien la saca en alguna conversación en la Villa y Corte.

Hay una frase que me hace desenfundar todo el repertorio de argumentos típicos. Cuando menos lo esperas, alguien suelta.

“Qué, cuándo vas a tu pueblo”

La frase despierta una reacción instintiva. Como un resorte. “¿Pueblo? ¡Qué va!”, respondo tratando de convencerme a mí mismo. “¿Mérida? ¿Un pueblo? Bueno, es la capital de Extremadura. Bueno, y tiene 60.000 habitantes. Bueno, y está bien después de todo”.

La misma persona, impresionada por mi ardor regional, hace la siguiente pregunta clásica: “¿Y para salir?, ¿cómo es?, ¿Qué tal el ambiente?, ¿De marcha como anda?”

Y la respuesta, más clásica todavía:
“Bueno, tiene tres o cuatro sitios que están bien. Un par de bares en plan Malasaña. Un par de cafeterías en plan Lavapiés. Y luego si te gusta el tema del turisteo te da tiempo a ver las cinco o seis cosas que tiene la ciudad. Se pueden ver en dos días, pero para quienes no las han visto son de lujo. En serio, pásate. Un fin de semana, el que quieras, más tiempo no hace falta”.

Esta conversación la he repetido tantas veces que más de una vez me la he terminado creyendo. (Y es que en parte, después de todo, tiene algo de cierta).

Hasta que vuelvo.


Mérida. Ese sitio. Ese agujero inexplicable. Esa realidad difícil de clasificar entre el pueblo con pretensiones y la urbe risible. Ese lugar donde el alcalde se saca de la manga una “ley de grandes ciudades” sin que le atragante el rubor. Mérida, el lugar de descanso donde Octavio Augusto decidió que vinieran las legiones a jubilarse.
Una ciudad creada para el descanso de los viejos. Una ciudad para el retiro. Una ciudad que nacía para esperar a la muerte. Es más que lógico que, de una forma u otra, eso haya acabado marcando todo que vino después.

Mérida, sí, es eso. Un sitio donde todo conspira silenciosa y malignamente para abotargarte. Un mosaico de desidia esclerótica, culturalmente cadáver, políticamente inexistente, socialmente maltratada, apocalípticamente castrante.
En términos musicales: puro minimalismo La misma nota repitiéndose sin variaciones hasta el infinito. Las canciones de mediados de los 90 volviendo a sonar hasta las seis de la mañana en el Reflejos con el mismo coro de parroquianos clásicos danzando de una forma caótica, acompasada, sin embargo, con los saltos caóticos de la noche anterior, la semana anterior y el año anterior.
En lenguaje pictórico: el cuadrado blanco sobre fondo blanco de Malevich. El Suprematismo pictórico hecho ciudad. En términos literarios: “el horror, el horror”, de Joseph Konrad.
En palabras de Michael Ende: la nada.

Y sin embargo, a pesar de ello, o a causa precisamente de ello: también el todo. Los extremos, suelen decir, se tocan. La totalidad se esconde en medio del nihilismo. En medio de Mérida, la salvación existe. En Mérida lo imposible se hace táctil.

Como prueba, de hecho, ofrezco dos definiciones. Son las mejores que he llegado a escuchar en estos 23 años de devaneos emeritenses. Por pudor, dejaré a las fuentes en el anonimato.

Definición 1. Ontológica.
“Es la ciudad en la que todo puede pasar, porque nunca pasa nada.”

Definición 2. Deontológica.
“El problema es que veis la rutina de forma tan rutinaria que nos sois capaces de disfrutar de la novedad de la rutina”.

Esas dos frases compensan, comme ci, comme ça, todos los males de este agujero planetario. La novedad de la rutina es infinitas veces más poderosa que la rutina de la novedad. Vivir noches épicas en Londres o en París es fácil, hacerlo en Mérida exige un esfuerzo homérico. El éxtasis solo es absoluto cuando nada lo justifica. Y en Mérida, algunas veces, ese éxtasis existe.

No es que espere vivirlo ahora. Me conformo con la sensación de que alguna vez llegué a verlo, de que esa visión explicaba un par de milenios de historia.
Ahora no aspiro a tanto.

Vengo a pasar cuatro días.

Y para ese tiempo, la ciudad, bueno, tiene tres o cuatro sitios que están bien.

Un fin de semana.

Más no hace falta.

El azar y la venganza

La degradación nunca está muy lejos de la revelación.
Extraído de la contraportada de Yanqui, de
Borroughs. Editorial Anagrama.

¡Enemigo!
Oh, enemigo, enemigo mío, infame personaje de mis entretelas y de mi corazón, vástago de Satán, ahijado de la mediocridad, cobarde seguidor de Catón, prófugo cual Pompeyo camino de Egipto, en perpetua fuga de la nobleza, la bonhomía y de todo lo que es bueno, correcto y adecuado.
Francisco Serrano.
Día del enemigo invisible. Antes del día de reyes de 2006.

Contenedor Vader

Cuando salgo de la Galería vuelvo siempre a casa cruzando por la calle Santa Eulalia. Es un camino más largo, pero forma parte del ritual emeritense. Esa calle atrae a todas las almas e inevitablemente la mía acaba también cayendo. Hay buenas razones para tomar esa dirección, sobre todo cuando sobra tiempo. Atravesar Santa Eulalia supone saludar a un mínimo de cinco personas, hablar brevemente con tres y día sí, día no, detenerse cinco minutos con alguien. Una sobredosis de sociabilidad comparada con el resto de calles.

Cumplo con esa disciplina a diario. Sin embargo hoy esa inercia se ha roto. Tomé el camino contrario. De regreso al hogar busqué la ruta más despoblada posible, me sumergí en calles que tenía olvidadas y evité que cualquier transeúnte me reconociese. El motivo: cargaba en la mano una caja grotescamente grande de Smacks de Kellog´s, en cuyo interior, para mi desconcierto, podía verse con absoluta nitidez la cabeza negra y metálica del galácticamente ominoso Darth Vader. Todo el casco convertido, para culminar el delirio, en tazón/contenedor donde comerse cada mañana los cereales. La profecía de la caja al menos no miente: “Tu viaje al lado oscuro será ahora completo”, asegura.

No puedo estar más de acuerdo.


A la hora de definir este objeto, absurdo es un adjetivo que se queda demasiado corto. Antilógico se aproxima más, pero tampoco llega. ¡¡Contenedor Vader!! ¿Cómo diablos se concibe eso? Sólo existe una circunstancia que hace entrar ese objeto en el campo de lo comprensible (aunque tampoco mucho), y esa circunstancia se llama Enemigo Invisible.





Las delicias… (enorme suspiro).

Como tantas otras insensateces, el enemigo invisible se engendró al calor de la edad dorada en que otros tres colegas y el que suscribe tomaban café en las delicias, cuando casi nunca había problemas para encontrar mesas vacías, y cuando podía permitirme gustosamente tirar tarde tras tarde porque ni siquiera hacía prácticas en ningún periódico.
Dicho de otra forma, en el verano de primero de carrera.

El enemigo invisible es pues una tradición que ha cumplido cinco años. Pero a diferencia de otras tradiciones, la costumbre aún no ha logrado darle sentido. En teoría es una inversión de las reglas del amigo invisible. En lugar de hacerle regalos al sujeto que dictamina el papel, hay que hacérselos a todos menos a él. Conviene, para no encarecerlo mucho, que no jueguen más de cuatro personas. En este caso, somos el número exacto. Las tardes de las Delicias, más tarde reconvertidas en tardes y noches de La Galería, contaban con un equipo lo adecuadamente delirante formado por un muy atribulado Juan Aragoneses, un muy epatante Alberto Luke, un muy pantagruélico Francisco Serrano y yo mismo, que debo ser muy, muy algo, pero que aún no sé muy bien el qué.


El día del rencor.

Por último, una vez solventada la parte de los regalos, queda un paso decisivo: los discursos. Hay que escribir tres discursos. Uno para tu enemigo y otros dos para tus dos amigos. Este salto mortal al sinsentido no tiene conexiones con ningún otro ritual de Occidente. Ignoro de dónde sale la idea de lanzarnos pullazos inclementes por escrito con un regocijo absoluto. Lo único que conozco medianamente semejante lo vi en un documental de la 2 sobre una tribu perdida en medio de África. Ellos, la tribu, lo llamaban el día del rencor. No es un nombre desacertado.

Los habitantes de la tribu, con mucho, eran los más felices de su zona. Probablemente, añado, los más felices de la tierra. Habían descubierto la fórmula para evitar cualquier conflicto social. Ningún miembro de la tribu se enfadaba nunca, jamás. Estaba prohibido por ley. Si a alguien, pongamos, le prendían la choza por accidente, ni siquiera tenía derecho a enemistarse. No existían tampoco las discusiones. Todas las familias se llevaban de vicio en esa tribu: el suegro y la nuera, los cuñados entre ellos, el hermano mayor con el hermano pequeño. Idílico. El paraíso. La paz perpétua 364 días al año.

Todos los días excepto uno.

Lo llamaban el día del rencor.

A lo largo del año, los habitantes de la tribu van dando forma a un palo de madera. Un palo enorme, durísimo, capaz de moler varios huesos de un golpe. Niños, hombres y ancianos, todos echan un rato cada día a contornear su palo. Y le dan forma con una sonrisa de satisfacción plena, mirando de soslayo a su suegro, a su yerno, al curandero que mató a la parienta cuando tenía que sanarla y al gracioso que va por ahí quemando chozas. Saber que llegará el día del rencor les libra de cualquier pensamiento negativo. Es algo formidable.

Una vez pasan las estaciones y llega el tan esperado día del rencor hay que levantarse en cuanto amanece. Quedarse dormido equivale al suicidio. De todas las chozas sale la gente de la tribu portando sus palos con ojos de auténtica furia. Comienzan a sacudirse hasta que se hace de noche o el cuerpo no da más de sí. Acaban todos completamente molidos. El siguiente mes lo pasan convaleciéndose. Pero merece la pena. El día del rencor desengrasa odios, evita guerras, garantiza la concordia el resto de días del año. Es el sacrificio necesario para no acabar devorándose entre sí.

Esa misma sensación, por escrito, es la que se experimenta al escribir la carta a tu enemigo invisible.



“Una compensación”.

La quinta edición del enemigo invisible se cierra un notable alto. El año pasado, lamentablemente, se produjo un error de comunicación. Hastiados de que sus padres les recriminasen volver a casa con muñecas, soldados de plástico y demás desastres del submundo del ocio y de las peores mentes asiáticas de la industria del juguete, Francisco y Alberto vieron más inteligente hacer regalos serios. Juan y yo, mientras, volvimos a caer en la tentación de echar mano de las siempre sorprendentes tiendas de todo a un euro. El desajuste fue brutal. Generó una imagen que no se me borrará nunca: al llegar el intercambio de regalos, Francisco me honraba con dos libros de fenómenos (aunque uno ya lo había leído) y yo acto seguido le distinguía con un yo-yo al que se me olvidó quitarle el precio.

Reacciones: Francisco, patidifuso.

Reacciones: Francisco, (tras el impacto inicial) sonrisa perpleja y mirada expectante (“Diablos, debe haber algo más”).

Reacciones: Francisco, (tras la expectación frustrada), ojos bañados en el estupor y en el odio.

De vez en cuando, si por casualidad me asalta la tristeza, solo tengo que volver pensar en su respuesta de enojo cósmico mientras tronaba colérico: “exijo una compensación”.

La Habana


Esta vez las cosas han sido más equilibradas. Incluso el Contenedor Vader (con mucho, lo más esperpéntico de la tarde), alcanza bastante dignidad como regalo. La caja, dos cartones inmensos de Kellogs de dimensiones manicomiales, parecía cumplir una norma no escrita del enemigo invisible: al contrario de otros aspectos de la vida, el tamaño es inversamente proporcional a la calidad del regalo.
Sin embargo, visto con perspectiva, me ha hecho ilusión. Hace unos años, antes de la desmitificación sistemática que ha supuesto la nueva trilogía, un casco de Darth Vader me hubiera enfervorizado plenamente. Ahora me provoca cierta nostalgia simpática. A pasar de lo aparatoso, el regalo mola. Y los kellog´s smacks tampoco me disgustan. Hacía tiempo que no los desayunaba. Ahora podré pillarme un empacho.

Alberto, de todas formas, me ha prometido otro regalo. Estoy expectante. Por lo visto, se le olvidó en casa. Alberto, hay que decirlo, fue esta tarde muy irrespetuoso con el ceremonial. Llegó primero con tres cuartos de hora de retraso. Lo compensó, es cierto, quitándose el abrigo y vistiendo con más protocolo que nadie. Chaqueta y corbata negras, camisa blanca. Impoluto. Un dandy. O, por añadirle un adjetivo de Francisco, un dandy pospopmoderno. Todo un alarde de etiqueta que luego descompensó
1. olvidándose un discurso (el mío);
2. olvidándose uno de los regalos (el mío también).


Juan, mi otro amigo visible, me ha regalado un documental sobre la revolución cubana. El nombre: Cuatro años que estremecieron al mundo. Tiene bastante buen aspecto. Objetividad cabe esperar poca, sobre todo cuando ha sido producido en la escuela de cine de la Habana. Momentos esplendorosos, por el contrario, debe tener unos cuentos. Son tres horas para contar cuatro años. La última parte debe ser fulgurante. Está dedicada a la crisis de los misiles, cuando a Nikita Kruschev le dio por colocar unos misiles skud en la Isla apuntando sonrientemente a Washington en respuesta a los que llevaban años instalados en Turquía con la mira puesta en hacer volar la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

La tercera guerra y el apocalipsis nuclear nunca habían sido tan palpables, pero al final todo se quedó en un cruce de gestos desafiantes. (Quid por quo, Clarice, Quid pro Quo).
Moscú dio media vuelta y EE UU disimuladamente desmanteló sus bases turcas. Mientras tanto, más allá del pánico, lo mejor fueron las manifestaciones que hicieron los cubanos después de quedarse sin armamento atómico. Espero que la imagen aparezca en el documental, porque es absolutamente gloriosa: toda la plaza de la Revolución hasta arriba y miles de manifestantes vociferando detrás de la mejor pancarta de la historia del socialismo: “Nikita, Nikita, lo que se da no se quita”.


Stalingrado

Francisco, lamentablemente, no ha visto del todo saciada su compensación. Le he regalado dos libros más que decentes. Todos los nombres, de Saramago; y Plataforma, de Houllebecq. Sin embargo, el azar ha permitido que su venganza no fuera plena. Lo reconocía él mismo en su discurso: “Me produce cierto displacer no regalarte nada este año. Más doloroso que privarte del presente sería hacerte un presente al nivel de los tuyos. Una cafetera de plástico, por decir algo. Una regadera. Una bolsa de soldaditos… Un yoyó. Roto.” Francisco, que va para zen, asocia mi suerte al karma. Yo no llego a tanto. En momentos así únicamente pienso en teología, en que por algún lado debe rondar algún dios al que todavía no le caigo del todo mal.

Con respecto a los regalos, Francisco se mantuvo en su línea. Y teniendo en cuenta que su línea era bastante buena, los regalos alcanzaron un nivel admirable. A Alberto le obsequió con un vídeo de Oasis. En manos de Juan puso Stalingrado, de Anthony Beevor, la joya de la corona de los libros de batallas. Más de 500 páginas detallando al milímetro el día a día del combate que lo decidió todo. “Stalingrado” sentenció Winston Churchill (el mejor hacedor de frases del siglo XX): “ha hecho girar los goznes del destino”.

Los goznes del enemigo invisible han vuelto a girar otra vez más. Me quedan regalos en el aire, lo sé. Pero es la una y media del sábado. Juan me ha enviado seis llamadas perdidas y Alberto acaba de llamarme diciendo que me llevan esperando un montón de rato en la Galería. El post, pues, queda inconcluso. Como el regalo de Alberto, tiene segunda parte. Voy ahora a ver qué más me ha comprado…



El regalo definitivo

05.10 P. M. De vuelta. (Estado: ligera capa de ingravidez etílica).

Llegada a la Galería. Juan, echando humo: “Lucas, habíamos quedado a las 12.30”.
Yo: “Lo siento, me he retrasado. Estaba actualizando el blog.”
Juan: “Lucas, son las dos”.

Nota mental: (El blog, ¿cómo puede quitarme tanto tiempo?).

Pasadas las recriminaciones, Alberto pone frente a mí el regalo final. Indi Radio. Cuatro cedés. Recopilación de pop, pop y más pop.
Alberto, una hora más, en el Antibar: “Escúchalo en Madrid, luego dime grupos, dime canciones y te sigo pasando”.

Parecía sencillo.

Mi casa, hora y media más tarde. Grupos, de momento: Sunday Drivers, Postal Service, Plastica. Único problema: el pop cantado en español, es algo que suena asfixiantemente ñoño, de una idiocia pegajosa, de una alegría artificial y vomitiva. Pero vamos, no importa. Por lo demás el regalo es genial, bastante bienal. Voy quedándome con grupos. Pienso en una futura existencia sonora. Confirmo una sospecha que tenía desde hace tiempo: para aparentar saber de música no hace falta saber demasiado de música.

Es sencillo.

Ahora da la sensación de que por alguna parte empieza a salir algo de luz. O mejor dicho, algo de sonido. Saldré de Mérida con un MP3 en los oídos y con un primer balbuceo melódico que me ayude a integrarme levemente en mi siglo. De seguir en esta dirección, me veo algún día pinchando música en el Antibar. La modernidad, creo, comienza a sonreírme con las piernas abiertas.