La novedad de la rutina
El filibustero no se había movido. Sus ojos, que habían cobrado una tétrica expresión, permanecían fijos en la puerta del camarote mientras que a su frente afloraba un gesto sombrío. Permaneció allí algunos minutos, como si estuviera absorto en atormentados pensamientos y sus miradas persiguieran alguna visión fugaz. Luego, se estremeció, y, sacudiendo la cabeza, murmuró:
-¡Locuras!...
Emilio Salgari. El Corsario Negro.
Semana Santa.
2006.
El regreso.
Despertar extraño. La habitación era algo más azul, con cierto aire infantil que sorprendentemente sigue resistiendo el paso de los años. Había más libros que de costumbre. Había más espacio. Había mucho más orden. Había una voz familiar dándome los buenos días.
Era mi madre.
Estaba en mi casa, en mi habitación.
Otra vez.
Han pasado cuatro meses. Nunca antes había pasado tanto tiempo sin volver.
A la salida: Las calles siguen igual. Hay turistas en la zona del museo. Hay mucha gente subiendo y bajando la calle Santa Eulalia. La gente sigue con las mismas caras. El mundo apenas ha girado. Leo, el quiosquero de la Puerta de la Villa, me ha acercado El País antes de que le dijera nada. De nuevo, el gesto y la sonrisa me han parecido navideños.
Como si a lo largo de este tiempo no hubiera dejado de comprárselo día tras día. Como si no hubiera variado nada.
Hace calor, bueno, eso sí ha cambiado. La tierra sigue a lo suyo, gira alrededor
del sol. Las estaciones van y vuelven. La tierra se mueve. El tiempo cambia. Pero las estaciones, claro, no es que dependan de Mérida.
Todo esto puede sonar ingrato. A fin de cuentas, existe una ley no escrita que convierte en seres antipáticos a quienes se meten con su ciudad natal. Y personalmente me parece una ley correcta. Es uno de esos viejos principios nobles: no hablar mal de la familia, no echar hielo a la cerveza, no liarte con la novia de tus colegas. Sin esas leyes, el mundo quizás daría un poco más de asco. Y como ocurre con todas las cosas que no se eligen, a la ciudad natal hay que soportarla quieras o no.
Curiosamente, y esto pocas veces lo confieso, a Mérida la defiendo a capa y espada cuando por casualidad alguien la saca en alguna conversación en la Villa y Corte.
Hay una frase que me hace desenfundar todo el repertorio de argumentos típicos. Cuando menos lo esperas, alguien suelta.
“Qué, cuándo vas a tu pueblo”
La frase despierta una reacción instintiva. Como un resorte. “¿Pueblo? ¡Qué va!”, respondo tratando de convencerme a mí mismo. “¿Mérida? ¿Un pueblo? Bueno, es la capital de Extremadura. Bueno, y tiene 60.000 habitantes. Bueno, y está bien después de todo”.
La misma persona, impresionada por mi ardor regional, hace la siguiente pregunta clásica: “¿Y para salir?, ¿cómo es?, ¿Qué tal el ambiente?, ¿De marcha como anda?”
Y la respuesta, más clásica todavía:
“Bueno, tiene tres o cuatro sitios que están bien. Un par de bares en plan Malasaña. Un par de cafeterías en plan Lavapiés. Y luego si te gusta el tema del turisteo te da tiempo a ver las cinco o seis cosas que tiene la ciudad. Se pueden ver en dos días, pero para quienes no las han visto son de lujo. En serio, pásate. Un fin de semana, el que quieras, más tiempo no hace falta”.
Esta conversación la he repetido tantas veces que más de una vez me la he terminado creyendo. (Y es que en parte, después de todo, tiene algo de cierta).
Hasta que vuelvo.
Mérida. Ese sitio. Ese agujero inexplicable. Esa realidad difícil de clasificar entre el pueblo con pretensiones y la urbe risible. Ese lugar donde el alcalde se saca de la manga una “ley de grandes ciudades” sin que le atragante el rubor. Mérida, el lugar de descanso donde Octavio Augusto decidió que vinieran las legiones a jubilarse.
Una ciudad creada para el descanso de los viejos. Una ciudad para el retiro. Una ciudad que nacía para esperar a la muerte. Es más que lógico que, de una forma u otra, eso haya acabado marcando todo que vino después.
Mérida, sí, es eso. Un sitio donde todo conspira silenciosa y malignamente para abotargarte. Un mosaico de desidia esclerótica, culturalmente cadáver, políticamente inexistente, socialmente maltratada, apocalípticamente castrante.
En términos musicales: puro minimalismo La misma nota repitiéndose sin variaciones hasta el infinito. Las canciones de mediados de los 90 volviendo a sonar hasta las seis de la mañana en el Reflejos con el mismo coro de parroquianos clásicos danzando de una forma caótica, acompasada, sin embargo, con los saltos caóticos de la noche anterior, la semana anterior y el año anterior.
En lenguaje pictórico: el cuadrado blanco sobre fondo blanco de Malevich. El Suprematismo pictórico hecho ciudad. En términos literarios: “el horror, el horror”, de Joseph Konrad.
En palabras de Michael Ende: la nada.
Y sin embargo, a pesar de ello, o a causa precisamente de ello: también el todo. Los extremos, suelen decir, se tocan. La totalidad se esconde en medio del nihilismo. En medio de Mérida, la salvación existe. En Mérida lo imposible se hace táctil.
Como prueba, de hecho, ofrezco dos definiciones. Son las mejores que he llegado a escuchar en estos 23 años de devaneos emeritenses. Por pudor, dejaré a las fuentes en el anonimato.
Definición 1. Ontológica.
“Es la ciudad en la que todo puede pasar, porque nunca pasa nada.”
Definición 2. Deontológica.
“El problema es que veis la rutina de forma tan rutinaria que nos sois capaces de disfrutar de la novedad de la rutina”.
Esas dos frases compensan, comme ci, comme ça, todos los males de este agujero planetario. La novedad de la rutina es infinitas veces más poderosa que la rutina de la novedad. Vivir noches épicas en Londres o en París es fácil, hacerlo en Mérida exige un esfuerzo homérico. El éxtasis solo es absoluto cuando nada lo justifica. Y en Mérida, algunas veces, ese éxtasis existe.
No es que espere vivirlo ahora. Me conformo con la sensación de que alguna vez llegué a verlo, de que esa visión explicaba un par de milenios de historia.
Ahora no aspiro a tanto.
Vengo a pasar cuatro días.
Y para ese tiempo, la ciudad, bueno, tiene tres o cuatro sitios que están bien.
Un fin de semana.
Más no hace falta.

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