Leer y Quemar

Viddy well, little brother.Viddy well.(A clockwork orange)

domingo, enero 29, 2006

Amadeus 365

“Una figura como Mozart permanecerá siempre como un milagro inexplicable.”
J. W. Goethe.

“Bach, Schubert, Beethoven, Brahms, Mahler son músicos. Mozart es la música”
Herbert von Barajan.

La cultura continúa moviéndose al tam tam de las efemérides. Después de doce meses de bombardeo artístico, dramático, cultural, mediático y musical, Cervantes comienza a recuperarse de una resaca quijotesca en la que todavía costará por digerir una traducción del ingenioso hidalgo al sánscrito, otra al arameo y un rap tan temible como la misma idea hacía temer. Ahora le toca el turno a Mozart. La orgía de la conmemoración pasa a sonar por los cinco continentes (o al menos, la parte de los cinco continentes con auditorios para escuchar a Mozart). Se calcula, aunque estos cálculos no se sabe nunca muy bien de dónde salen, que la música del compositor salzburgués no va a dejar de escucharse a lo largo de todos los días de 2006. En parte es un consuelo. Por muy mal que vaya todo, se puede estar seguro de que alguien en cualquier momento debe estar tocando algo de Mozart en algún rincón del planeta.

En concreto, estos días Viena y Salzburgo arden. La capital austriaca y la ciudad natal del genio mantendrán durante todo el año una acelerada competición por convertirse en el centro mundial de la melomanía clásica. El viernes se dio el pistoletazo de salida. A lo largo del fin de semana se han repartido entre una y otra conciertos, estrenos de óperas, exposiciones, congresos, mesas redondas, simposios, instalaciones conceptuales y versiones de la ultravanguardia y audiciones en las que el protocolo recomienda acudir con levita.

Han aparecido (alguien las tendría escondidas y ha aprovechado este momento para sacarlas), algunas grabaciones por parte de antiguos maestros que hasta ahora se tenían por desaparecidas. Nuevas tesis saltan a las universidades crucificando a Wolfgang con todas las interpretaciones posibles. Era masón, eso está claro, pero… ¿Sería homosexual? ¿Sería judío? ¿Sería negro? Tampoco él se libra de las dudas que han de cernirse sobre todo el canon occidental. La industria editorial ruge de placer con esa idea. Se preparan decenas de libros para contar su vida, para desentrañar sus pensamientos, para explicar su música. No es la primera vez que se intenta. Al parecer con Mozart nunca faltan motivos para celebrar algo. En 1991 ya se vivió una traca similar con motivo del 200 aniversario de su muerte. Toda clase de ideas, toda clase de teorías. Mozart deconstruido, Mozart reinterpretado, Mozart reinventado, Mozart de todas las formas posibles.

Una infancia poco corriente.

Y sin embargo… ¿es posible tener la sensación de que ya está comprendido? Mozart puede silbarte al oído, zarandearte o burlarse de ti, en ocasiones resulta asustantemente íntimo, pero siempre queda algo en él que se escapa. ¿De dónde sale realmente Mozart? ¿Es alguien de nuestro mundo? En principio sí, frecuentaba prostíbulos, tenía problema de salud, tuvo hijos. Hacer de él un Dios sería un fallo, pero tampoco se puede aceptar que fuera un ser humano como el resto. A los tres años le aburrían los juegos infantiles y miraba embobado el teclado de Leopold Mozart, su padre. Un año más tarde le dejaría helado. Al respecto, una de las anécdotas más conocidas la cuenta Andreas Schachtner, un amigo de la familia, en una carta que también ha aparecido en la colección de Mozart que da este año El País.

“Un día que regresaba a vuestra casa con el padre, después del oficio del jueves, encontramos al pequeño Wolfgang (tendría entonces cuatro años) escribiendo sobre el papel pautado. “¿Qué haces”, preguntó Leopold. “Un concierto para clave; estoy a punto de terminar la primera parte”, contestó su hijo. “Déjame ver”, reclamó el padre. “Pero aún no he acabado”, respondió el pequeño. Y Leopold concluyó: “Es lo mismo. Debe ser algo muy bonito…”. Cogió el papel y me mostró un borrador en el que la mayor parte de las notas estaban escritas sobre tachones de tinta (porque Wolfgang, por inexperiencia, sumergía su pluma hasta el fondo del tintero, con el resultado de que cada vez que tocaba el papel hacía un borrón, que intentaba secar con la palma de la mano y sobre el que escribía). Empezamos por reírnos de lo que parecía un verdadero galimatías. Pero el padre enseguida comenzó a examinar lo esencial, es decir, la música, la composición. Durante largo rato se quedó mudo y quieto delante del papel; seguidamente, dos lágrimas de admiración y de alegría salieron de sus ojos.”


Alguien que respira música

Con el tiempo, el contenido de la carta se ha puesto en duda. Quizás no fuera a los cuatro años, quizás fueran cinco, o seis. Es lo de menos. A partir de ese momento Wolfgang Amadeus no para. Leopold se decide a hacer de él un mono de feria. Poco a poco abandona su carrera de músico y empieza a vivir para la de su hijo. Comienzan los viajes. A lo largo de sus 34 años Mozart pasa por más de 200 ciudades. Una tercera parte de su vida la pasa viajando. De niño, asombra a las casas señoriales de media Austria. No sólo compone: toca el violín con auténtico virtuosismo, en el piano puede improvisar durante horas, canta en coros. A los pocos años su fama se extiende por Europa. Nada se le resiste.

La música no le presenta misterios. Para Mozart hacerla es algo tan sencillo como respirar. Norbert Elias lo dijo de otro modo: “La imaginación de Mozart se vertió en figuras musicales con una espontaneidad y una fuerza que recuerdan un fenómeno natural.” Desde la niñez compone mentalmente y a velocidades relampagueantes, es capaz de improvisar en cualquier situación e imaginar música sin pausa. Sus pentagramas son perfectos. No presentan una sola corrección. Nunca hay vuelta atrás. Mozart se sienta, compone y se levanta. Ni siquiera vuelve la vista sobre el papel, no duda sobre su perfección. En poco tiempo su producción se hace ingente. Abarca todo. Un crítico musical de la época profetiza el futuro del joven: “Mozart absorberá todo para asimilarlo. Lo probará todo, pero a lo que desflore, incluso las cosas más disparatadas y confusas, sabrá darles un orden, es decir, una perfección, es decir, una semejanza con Dios”.

Con Mozart el piano se erige en el instrumento maestro. Bach había llevado las teclas del órgano catedralicio hasta los cielos; pero en la música de cámara todavía se sigue mirando al teclado como una afición de advenedizos. Después de Mozart nada será igual. Sin el menor temor comienza a componer conciertos exclusivos para piano. La rigidez de las teclas se viene abajo. Las partituras se vuelven veloces, alegres, adquieren un leve ímpetu que abre las puertas al estallido que se producirá medio siglo más tarde. El piano ya no tiene quien le detenga. Detrás de Mozart, Beethoven va a sacar fuego de ese instrumento. Y una generación después llega la avalancha: Schumann, Chopin, Brahms, Liszt, Tchaikovsky. El piano y la orquesta rivalizan en fuerza, en una carrera desbocada que cada vez produce estallidos más violentos. Mozart fue el primero en encender esa mecha.


El fango.

Como todo elegido de los dioses, era necesario que Mozart muriese joven. Alguien como él estaba destinado a generar la mayor cantidad de recelos y odios. Una élite aristocrática con el tímpano atrofiado, un gusto arcaizante al que tuvo que someterse más veces de las necesarias y el navajeo inclemente por parte del resto de músicos le condenaron al fango. Compositores que llevan esforzándose durante toda su vida ven llegar a un crío ante el que musicalmente son poco más que insectos. El carácter de Wolfgang además ayudaba más bien nada a su éxito social. En medio de la rigidez versallesca el recién llegado se comporta con una puerilidad que todavía hoy sonrojaría.

El infantilismo es un rasgo predominante en su vida. En las cartas a sus amigos son constantes las referencias escatológicas. Las palabras caca, culo, pedo y pis saltan con frecuencia en sus conversaciones, incluso no puede evitar soltarlas delante de nobles o reyes. Su despreocupación vital es absoluta, hasta el punto de convertirse en la preocupación máxima sus familiares y amigos. Su hacienda personal, su familia, su salud, su mantenimiento: todo eso le da bastante igual. Al genio de los genios incluso la genialidad parece importarle bastante poco. Mozart es incapaz de tomarse cualquier cosa en serio, empezando por sí mismo. Todo eso contribuye a hacerle un poco más indescifrable. Como se preguntaban hace poco en Babelia: “¿Cómo casar al autor del Réquiem o La flauta mágica con el que podía componer un canon bajo el título de Lámeme el trasero con esmero?”

Salieri.
Con todo, tampoco vivía en babia. Wolfgang conoce a lo más selecto de la Ilustración. Habla con escritores y filósofos, permanece atento a las nuevas ideas. Ingresa pronto en la masonería y se va haciendo un gran conocedor de la Orden. A partir de cierto momento, su música comienza a plagarse de guiños masónicos. La flauta mágica, suele decirse, es todo un compendio de masonería convertido en ópera. Con más exageración aún, hay quien ha visto en ella un anuncio de la Revolución francesa. Tal vez sea mucho decir, pero lo cierto es que a Mozart, por muy irresponsable que fuera, los acontecimientos de Francia tampoco le cogen por sorpresa.

Aún así, tampoco esto le salva. Los círculos de presión hacen lo posible para que deje de ser el niño mimado de la música austriaca. Y lo consiguen. Mozart tampoco opone especial resistencia. Es incapaz de imaginar las maquinaciones que se traman contra él. Tampoco es capaz de gestionar su vida. Y para más fatalidad, acaba haciendo su aparición en escena su archienemigo: Antonio Salieri, el gran maldito, el mayor segundón de la historia de la humanidad. Si alguien sufrió a Mozart fue Salieri. Un músico correcto, apreciablemente virtuoso e incluso bien considerado en vida, pero que a partir de Mozart permanece asociado de manera irremediable hasta la noche de los tiempos como la personificación de la envidia y la mezquindad. Salieri pasa a la historia por ser quien hace todo lo posible y lo imposible por acabar con Mozart. Su admiración y su odio hacia el genio se sitúan al mismo nivel, lo que le lleva a acabar sus días en un sanatorio mental hablándole a todo el mundo permanentemente de Mozart. Es quien mejor percibe en su época la genialidad mozartiana, y por eso mismo es quien con más empeño se decidió a sepultarla.

El Réquiem.

La mitificación de Mozart lleva acusar a Salieri durante siglos de haber sido el causante de su muerte por envenenamiento. Las últimas biografías, bastante más sobrias, ven todo este proceso acusatorio bastante exagerado. Sin embargo, dado que Mozart no tuvo una existencia normal es lógico que la imaginación colectiva se niegue a contentarse con un fin anodino. Para que tuviera valor, la muerte de Mozart debía ser tan fascinante como sus óperas. En realidad probablemente no lo fuese, pero la leyenda es lo suficientemente buena para saciar la sed de cualquier mitómano.

La historia de la música ha dado pocas historias más exageradas que la del Réquiem. El compositor comenzó a ponerle música en el momento que su salud andaba bajo mínimos. La versión más fantasmagórica sostiene que Mozart lo compuso sabiendo que se trataba de su propia música mortuoria. De hecho así fue. La muerte y la fiebre rondaban a Mozart cada noche y éste ni siquiera llegó a terminar la composición.

Para darle más misterio, el encargo del Réquiem le llega a Mozart de manos de un mecenas que se niega a dar su nombre, lo que alimenta el mito durante los siglos siguientes. Se llega a decir de todo: ¿Un enviado del más allá? ¿Su padre que vuelve de la tumba? ¿Antonio Salieri? ¿Nadie? ¿Una alucinación del autor? ¿Quién? Sólo Mozart lo ha visto personalmente, pero en sus últimas semanas de vida delira y su correspondencia sólo contribuye a añadir más incertidumbre a la obra. A los amigos a los que escribe solo habla de la muerte. Comienza a inquietarle la relación entre la música que escribe y su estado de salud. Se declara agonizante. Sus fantasmas le devoran.

La realidad de nuevo lo estropea todo. El encargo en verdad estaba motivado por la desaparición del conde de Walsegg a quien estaba destinada la pieza. El visitante al que recibe Mozart no es otro que el administrador del conde, que exige el anonimato del mecenas entre otro motivos porque el conde disfruta haciendo pasar por suyas las obras que financia. El asunto debe quedar en secreto, y Mozart se encuentra ya a sus 34 años lo suficientemente arruinado como para andar exigiendo derechos de autor. Acepta sin recelos, pero su muerte acaba haciendo imposible que nadie pueda robarle la pieza. Justo lo contrario todo eso hace que se vea al Réquiem como la más íntima de todas sus obras. Un Réquiem que acaba sirviendo para uno mismo. La muerte llamando a su propia puerta. ¿Qué más se le puede pedir a una misa de difuntos? Una vez es consciente de este destino, Mozart cae muerto. De nuevo, con respecto a su último segundo, un tópico. Según la leyenda urbana, en el momento que el genio expira comienzan a sonar las campanadas de una iglesia cercana. Seguramente también se falso; pero hace falta ser demasiado prosaico para negar que algo así pudiera suceder.


Tempestad y Arrebato.

Esta historia se contará infinidad de veces y en infinidad de idiomas distintos a lo largo de 2006. Yo tampoco he podido evitar soltarla, seguramente debido a una mezcla de cierta admiración por el personaje y cierto esnobismo no menos desdeñable. En cuanto a su música, tengo que confesar que Mozart no es mi compositor preferido. Creo que los hay mejores, y de ellos hablaré algún día. Mozart es, únicamente, es más genial de todos. Posiblemente fuera el nacido con más talento, una monstruosidad bañada por un manto divino, la música encarnada en ser humano, un milagro plantado en mitad del siglo XVIII. Mozart es todo eso, pero a la música todavía alcanzó cumbres más altas detrás de él. Tal vez Mozart naciese demasiado pronto, en el clasicismo más pleno, cuando la música no estaba aún lo suficientemente liberada, la necesidad de complacer a la aristocracia cortesana y la falta de riesgos en los círculos musicales le cortaron las alas más de lo conveniente.

Sin embargo, cuando esquiva todas las dificultades, Mozart alcanza sin la menor discusión lo que Stefan Zweig llama “momentos estelares de la humanidad”. Mozart suele ser, por lo general, bastante correcto, y en algunos momentos incluso tanta corrección pierde fuerza, precisamente por la escasez de sorpresas. Pero cuando esas sorpresas llegan el resto de la historia de la música da un par de pasos atrás y le deja paso al maestro. En concreto, destaco tres de ellos.

El primero, el más conocido, es el Aria de la Reina de la Noche en La flauta mágica. No deja de ser una de las arias más parodiadas a lo largo de los tiempos, pero aún así mantiene la suficiente fuerza como para sobreponerse a cualquier parodia. Los gorgoritos iniciales le suenan a todo el mundo, pero no son lo más destacable. Lo sublime llega a continuación. Después de mantener el agudo durante medio minuto se exige que la voz no caiga, que se mantenga por las nubes y que allí comience a flotar moviéndose apacible por los cielos. Se produce algo sobrehumano entonces. La sensación al escucharlo es que el alma y el universo comienzan a resquebrajarse al mismo tiempo en cien pedazos, a la existencia comienzan a aparecerle grietas. Durante algunos segundos comienza a intuirse algo que lo justifica todo, aunque luego la música desaparece y no se llega a saber muy bien qué. Pero Mozart lo sabía. Mozart vivía con eso dentro de su cabeza.

El siguiente, igualmente famoso aunque no tanto, es el arranque de la Sinfonía Número 25 en re menor. Lamentablemente, por lo que sé hasta ahora, no tiene ningún nombre popular por el que sea más conocida. Se trata en cualquier caso de una música que conectó con la sensibilidad prerromántica antes de que esta hiciera acto de presencia. La sinfonía número 25 ha sido considerada como un himno del Sturm und Drang. Todo el movimiento al que los alemanes dieron el nombre de Tempestad y Arrebato toma aquí forma de música. Entusiasmo desbordado, éxtasis en el arranque, algo de calma a continuación y de nuevo vuelta a la carga. Algo así libera de cualquier depresión, resucita de cualquier enfermedad, llama directamente a salir en busca del destino con la confianza de que se tiene el viento a favor. La sinfonía despierta un pensamiento ingenuo, mientras se escucha se tiene la sensación de que nada malo puede suceder.

Día de Ira

Aunque entre todo lo que hay de Mozart, finalmente me tengo que quedar con algo del Réquiem. El Dies Irae está por encima de la música. Escribir sobre él me parece poco menos que insultarlo. El tema, cantado en latín, ya indica que no estamos ante algo normal. Dies irae, dies illa solvet saeclum in favilla,teste David cum Sibylla. (Día de ira aquel día en que los siglos serán reducidos a cenizas, como profetizó David con la Sibila.) Si la letra dice esto, la música expresa cosas aún más terribles. La humanidad entera se viene abajo, el mundo se despide en un lamento agónico, en lugar de materia únicamente queda dolor y vacío, es la danza de la destrucción y la ira, el canto triunfante de la nada.

Por suerte, lo que queda de año este tipo de cosas no van a dejar de sonar. 365 días de Mozart. Seguramente sea excesivo, pero tampoco mucho. Siempre hay compañías peores. Y en cuanto al inocente Wolfgang Amadeus, tampoco creo que sufra tanto durante su año como a Cervantes le ha tocado padecer a lo largo de 2005. Después de todo, como dijo un director ruso que se pasó por Mérida y al que le criticaron por haber quitado los recitativos de La Clemenza di Tito: “miren, en Salzburgo desde hace 100 años se venden bollos y panecillos con la cara de Mozart; si no se revuelve en su tumba por eso, no creo que pueda importarle lo que se haga o no con su música”.

El futuro ataca

Imaginémonos una nueva generación con esa mirada impertérrita, con ese rasgo heroico encaminado a lo terrible, imaginémonos el paso audaz de estos matadores de dragones, la osadía rebelde con la que todos ellos vuelven las espaldas a las doctrinas debilitantes del optimismo para vivir enteramente resueltos.
Nietzsche. El nacimiento de la tragedia.


Ascenso

Ha vuelto. El futuro. La madurez. La vida adulta. Me ha visto distraído y ha vuelto a atacarme. El momento no podría haberlo elegido mejor, ayer viernes, justo cuando el protagonista de este blog andaba en uno de sus días más amenos desde que empezó el año. Estaba escribiendo un post sobre Mozart que debería haberse publicado ayer coincidiendo con su 250 aniversario y que sin embargo se publicará mañana coincidiendo con mis ratos libres dominicales; además hasta tenía en mente deslumbrar acto seguido al género humano con alguna última muestra de mi más que irregular vocación literaria. Jua Jua Jua Jua, sonreía embriagado por mi propia inconsciencia. “Realidad, zorra nauseabunda, estás perdiendo”, pensaba. “A pesar de todos tus esfuerzos no me va mal”.

Tenía a Wolfgang Amadeus dando saltos mortales en mis oídos, un libro de Martin Amis sobre la mesilla, cuatro días sin ningún examen por delante y un ordenador en frente del que poco a poco estoy volviendo a sacar sangre. “Abismo, chico, lo has intentado. Pero soy capaz de sostenerte la mirada y encima tardo más tiempo que tú en reírme”, continuaba ufano. Pienso irme a Londres. En cuanto acabe los exámenes estaré una semana lo suficientemente lejos de las preocupaciones y lo suficientemente cerca de la posmodernidad. “Púdrete abismo”, proseguí, “me voy con los perros ingleses”. De nuevo, cinco veces Jua.


Caída

Pero entonces el futuro decidió llamarme. Lo hizo con una oferta de trabajo. Sonó el teléfono. Número desconocido. Mal presagio. Descolgué: el Hoy. O lo que es lo mismo: el destino. ¡Oh, mein gott! Tarde o temprano acabaría por pasar. Era cuestión de tiempo. No se puede coquetear durante tres veranos seguidos con la vida profesional sin que eso luego pase factura. Al otro lado, Ángel Ortiz, uno de los jefes de la central en Badajoz. Voz de catedral gótica, silencios de ultratumba, la autoridad hecha timbre sonoro. “¿Miguel Ángel Lucas?”. “Sí, soy yo”, contesté. Su oferta: en diez días se queda un puesto vacante en Mérida. Se va Ana María Ruiz. Han pensado que podría sustituirla. Sueldo de redactor, trabajo de redactor, vida de redactor.

Mi respuesta, tras un segundo en el que me vi con 40 años encadenado a una rueda de prensa para ver cuál sería la rotonda de turno que inaugurase el alcalde de turno: no. Su respuesta, tras un largo, larguísimo silencio: “¿no puedes dejar ahora la carrera, no?” Más noes. Más silencios. “¿Y este verano, qué has pensado hacer?”. “Puedo cubrir de nuevo el Festival de Mérida, pero no con un contrato de prácticas”. Él (inmenso silencio): sí, claro, claro, claro.

Claramente, cada claro sonaba cada vez más terrible y oscuro. Colgó. Colgué. Otra vez, silencio. Miré de nuevo al abismo. Le vi señalándome y revolcándose por los suelos. La realidad, esa zorra con dientes, volvía a arañarme la espalda hasta dejarme helado.

De momento, para no desesperarme, he decidido apuntarme a la orgía de risas que el destino se está dando a mi costa.

Ya que tiro mi futuro a la mierda, al menos pienso hacerlo riéndome.

sábado, enero 14, 2006

Madrid a tiros

Se me estará agradecido si condenso un conocimiento
tan esencial, tan nuevo, en cuatro tesis; así facilito la
comprensión, así provoco la contradicción
Nietzsche. El crepúsculo de los dioses
(Abierto al azar).

Madrid me recibió este año con auténtico cariño. En concreto, la ciudad de la puerta de Alcalá y el kilómetro cero me dio la bienvenida con una serie de avisos que animaban a volverse a Mérida haciendo autoestop y sin mirar atrás, no fuera a convertirme en estatua de cemento.

1. Antes de bajarme del coche de mi primo. Llamada de mi madre: Ten cuidado por
donde pases, que en Cibeles se han liado a tiros. Mi madre, entre otras virtudes, tiene la capacidad para hacer de cualquier suceso tremebundo algo tremebundamente más alarmante. Por lo visto, a uno de los guardias de seguridad de las líneas de Cibeles se le fue la cabeza. Mató a un compañero y dejó gravemente herida a una compañera. A continuación, para rematarlo todo (que palabra tan apropiada) se suicidó. La población de a pie no sufrió más daño que la impresión que debe producir ver a un señor matar a otro. Sin embargo, visto por el telediario, no pude evitar cierta sensación de familiaridad. Tiros, gente majara con pistola, un muerto por el centro, llamadas preguntándome si sigo vivo. Sí, en efecto, estoy en Madrid.

2. Dinero. En el metro: abono, 37 euros. En el piso, nevera vacía. Mercadona: 20 euros. En el piso también, alquiler, luz y gas por pagar, total: 268. Total del día: mucho. Sumen ustedes, yo soy de letras.

3. Exámenes. El primero, el viernes 13 (terrorífica fecha para comenzar con los exámenes): seis libros para leerse. El segundo, el lunes 16, siete libros. Para el jueves 18, exposición en la clase de Romanticismo Alemán sobre la relación entre las óperas de Wagner, la filosofía de Nietzsche y el Sturm un Drung del XVII. Al día siguiente, examen: Análisis del Texto Dramático, toda la historia de las teorías sobre el teatro desde Aristóteles a Stanislavski, con un par de comentarios finales sobre Grotowsky y Peter Brook. Visto lo visto, cierto vértigo ha impedido preguntar qué tocaba la semana siguiente, en la que, según los comentarios escuchados, “es cuando viene lo fuerte”.

4. Más teatro. Llamada de Primer Acto: Oye… ¿qué tal?... feliz año… esto… a ver qué te parece… estábamos pensando que podrías escribirnos algo si quieres sobre el Festival Escena Contemporánea… va a ser ahora, a finales de enero…. podrías acercarte a unas cuantas obras… no sé… como tú lo veas…
¿Cómo lo veo? Sencillamente, no lo veo.

5. Otras obras, las de la M-30. Continúan, claro. Lejos de terminarse, a las reformas de aquí les sucede como a los virus de Érase una vez la vida, primero comienzas, más tarde se duplican, luego se cuadruplican, acto seguido se octuplican. El paisaje, o lo que queda de él, sigue su evolución: más calles levantadas, más grúas; más obreros de chalecos luminosos omnipresentes en las calles de forma fantasmagórica durante las 24 horas; más ruido, menos pasos de cebras, más gente andando por menos espacio.

El último tramo de la línea 3 de metro, esto es, el de Legazpi, el que da a la parada más cómoda para llegar al centro, sigue sin abrrise. Las obras de la línea 3 comenzaron durante los exámenes del curso pasado. En septiembre, por suerte, la reabrieron. ¿Toda? ¡No! Mi parada resiste ahora y siempre al paso del suburbano. Ahora, además, la línea alternativa de autobuses se ha desplazado por motivo de otras obras. Donde antes había una marquesina poco frecuentada ahora se alza una zanja que anima de forma abrupta a seguir usando los siguientes meses el metro de Usera. Gallardón, otro año más, comienza venciéndome. Como consuelo, pienso en la última frase de Danny de Vito cuando estuvo por aquí:
“Por favor, cuando encuentren el tesoro avísenme”.

miércoles, enero 11, 2006

Líneas discontinuas.

El mundo es un hospital donde cada paciente está
poseído por el deseo de cambiar de cama.
Baudelaire
.


Viajar de noche produce una sensación de tranquilidad majestuosa. Según datos de tráfico, hay más accidentes. Cuesta creerlo. Atendiendo a la lógica, no cabe duda de que a esas horas se bebe más, que desde luego se ve peor, que hay más cansancio. Sin embargo, a pesar de todo, la carretera completamente oscura, iluminada únicamente por los faros, produce una serenidad plena, una paz completa. Nada malo puede suceder. Al contrario. Y menos aún de Mérida a Madrid. Es una línea recta de tres horas de duración. Con atasco, tal vez cuatro o cuatro y media. Pero el lunes fueron tres. En un viaje así el camino apaga cualquier inquietud, las tribulaciones se suavizan, es un narcótico dulce y reparador, un cuento infantil de árboles que pasan a tu lado tan deprisa que no da tiempo a verlos.

No me gustan los coches, no entiendo de ellos, incluso me cuesta diferenciar entre el logo de Peugeot y el de Renault. Los coches nunca me han despertado más interés que el de ser cajas con ruedas que se mueven deprisa. Sin embargo, en noches como ésta comprendo a la perfección a quienes viven fascinados por viajar. La carretera es adictiva. Ofrece estados de ánimo que no da ningún otro lugar. Pertenece a un mundo que no es exactamente en el que normalmente vivimos. Dejas de estar en un lugar y te diriges a otro, así que durante un tiempo no estás en ninguna parte. Únicamente, dejas de estar, dejas de ser. Todo deja poco a poco de ser. A cada kilómetro es un poco menos. Las caras comienzan a difuminarse. Los recuerdos empalidecen como si lloviera sobre ellos. Es una pequeña muerte. La carretera es una muerte a tiempo parcial. En cada línea discontinua que pasa se olvida algo, algo muere, algo queda para siempre en el pasado. Y sin embargo, la sucesión de puntos, de árboles, de imágenes tan parecidas a sí mismas como el fondo de una serie de bajo presupuesto… todo eso lo hace tranquilo, llevadero, soportable. Y todo, absolutamente todo eso fluye con la mayor indiferencia, con naturalidad, con la serenidad estremecedora de lo inevitable. Una línea menos, otra menos, otra, otra… Un poco menos de mundo por delante, un trozo más de tierra devorada por el coche, un poco menos de espacio y un poco menos de tiempo, un poco menos de realidad, un poco más de silencio, un poco más de paz.

viernes, enero 06, 2006

Sobrevivir a 2005.

Disparen a matar.
Ian Blair, jefe de policía de Londres.

Estados Unidos nunca ha torturado terroristas
en cárceles secretas del Este de Europa.

Condoleeza Rice, secretaria de estado de Estados Unidos.

¡Que viva la coca y que mueran los yanquis!
Evo Morales, en campaña, días antes de convertirse
en presidente de Bolivia.

Alerta, alerta, alerta que camina /
el sable de Bolívar por América latina.
Caracas. Manifestación de
partidarios del Gobierno de Hugo Chávez.


Para terminar, le agradezco que me haya citado,
cada vez que alguien de su grupo habla de mí los votos de mi
partido se multiplican. Y ahora permita que me despida con
un homenaje catalán al Quijote: Ladran, luego cabalgamos.
Josep Lluis Carod Rovira, líder de Esquerra
Republicana de Cataluña, dirigiéndose a Mariano
Rajoy en el debate sobre el Estatut celebrado en
el Congreso de los diputados.

Señor presidente, a usted le hemos escuchado hablar del rey
republicano y del ejército pacifista. Ahora nos sorprende con
un nuevo invento: el independentismo constitucional.
Mariano Rajoy, presidente del Partido Popular,
en la misma sesión, dirigiéndose al presidente de
de España, José Luís Rodríguez Zapatero.


Es un paso, pero no es el paso.
José Luís Rodríguez Zapatero, presidente del
Gobierno de España, en referencia a la
propuesta del velódromo de Anoeta por la que
Batasuna se compromete a perseguir sus
objetivos políticos por vías exclusivamente
democráticas.

Es un paso, pero no es el paso.
Arnaldo Otegi, portavoz de Batasuna, en
respuesta a la propuesta del Congreso de los
diputados por la que el Gobierno se compromete
a dar una solución dialogada al conflicto vasco si
ETA abandona definitivamente las armas.

Cada noche hacemos un Bagdad.
Extrarradio de París. Una pintada.


Sí, quiero.
Pedro Zerolo, gay.



Se acaba un año y se supone que hay que decir algo al respecto. Durante todo el día llevo leyendo, escuchando y viendo reportajes sobre todo lo que ha pasado en el mundo en los últimos 12 meses. Estos resúmenes me enganchan. Soy un completo adicto a ellos. Tanto, que no puedo resistir la tentación de hacer el mío propio.

Tal y como funcionan los medios de comunicación, lo importante no es explicar por qué suceden las cosas. La imagen, se piensa, lo explica todo. Lo cual es una solemne memez, porque la imagen casi nunca explica nada. Impresiona, eso sí. Y esa impresión produce la sensación de haber entendido algo, lo cual no es en absoluto exacto. Para comprender hay que buscar antecedentes, recelos culturales, consecuencias históricas, problemas sociales, conflictos internacionales. Eso quita tiempo. Y además los medios tampoco tienen ganas de andar buscando explicaciones. Las explosiones dan audiencia, el análisis produce somnolencia. La investigación sesuda no tiene nada que hacer frente al zapping. Y en la misma línea, este blog, por falta de tiempo, espacio, bibliografía y talento, ha de optar inevitablemente por la batidora de imágenes. Son estas:


London Calling

El grito de Edvard Munch en el metro de Londres. Gran Bretaña, esto es, Occidente en estado puro, es cuatro veces castigada. Primero, el G-8 en Greneable. Después, el terror. La misma fórmula que en Madrid: cuatro explosiones en el transporte público. Total: 58 muertos. Una semana más tarde, de nuevo el terror. Nuevas explosiones, sin víctimas. Poco después, el pánico. Jean Carlos de Menezes: siete tiros en la cabeza. Delito: cazadora sospechosa, rostro sospechoso, color sospechoso.

Se dijo, antes de que el tiempo demostrase el engaño, que la flema británica hacía a los londinenses más tranquilos que los madrileños y, desde luego, mucho más que los neoyorquinos. Falso, por supuesto. Entre el World Trade Center, Atocha y Picadilly no sólo varía las cifras de muertos. Lo señaló John Berger, un crítico de arte: la diferencia principal ha sido sobre todo de imagen. El 11 de septiembre se vio el choque en directo del segundo avión, las dos torres desplomándose y a ejecutivos todopoderosos lanzándose al vacío. En Madrid lo que se vio fueron cuerpos desmembrados, un señor llorando y un tren de cercanías convertido en un enorme agujero circular que conducía directamente a un cambio de Gobierno. En Londres, ni siquiera eso: oscuridad, gente huyendo, máscaras antigas. Ni un solo cadáver. Con eso se pudo tener tranquilidad un par de semanas. Lo justo hasta que las bombas aparecieron de nuevo. Este año le tocó a Londres. En 2006 será otro sitio. En Roma, por si acaso, se ponen la venda antes de la herida. Silvio Berlusconi: que nadie relacione esto con Irak.


Oh, mein gott!

Pero Roma ya este año tuvo suficiente dosis de protagonismo. Murió un papa. El Vaticano pasó a ser el centro de la tierra. Las conmemoraciones sorprendieron a la misma iglesia. Se dio la mayor peregrinación de la cristiandad. El funeral tuvo el aspecto de un macroconcierto, nunca se vieron tantos jefes de estado juntos. Durante unos días, el mundo no fue el mismo. La humanidad careció de contacto directo con Dios. Por suerte, a la semana siguiente pasó a tenerlo directamente con el diablo. Subía a los altares el Papa Negro profetizado por Nostradamus. Conspirador, maquiavélico, ultraderechista, de rostro espectral, antiguo miembro de las juventudes hitlerianas, antiguo prefecto para la congregación de la doctrina de la fe (antiguo Santo Oficio, antigua Inquisición). Su nombre: Joseph Ratzinger. Sus apodos: martillo de herejes, panzerkardinal, guardián de la ortodoxia, God´s rootwailer, monseñor “No”. Este es el líder espiritual del mundo.

La mejor portada del día siguiente a su nombramiento la dio un periódico alemán, el Berliner Tageszeitung. Un fondo completamente negro y sólo tres palabras: Oh, mein gott! (¡Oh, dios mío!).


Tortura globalizada

El liderazgo político, mientras, continúa en manos de la necedad personificada. La última novedad del Imperio consiste en la deslocalización de la tortura. Al igual que las fábricas de zapatillas deportivas, la CIA abre cárceles en los países donde resulte menos costoso saltarse la convención de Ginebra. ¿Pavoroso? Sí. ¿Qué hacer? ¿Llamamos tonto y malo a Bush? ¿O llamamos tontos y malos a sus votantes? Mucho se insulta diariamente a Bush, tanto que ya es innecesario, su nombre se ha convertido en sinónimo de insulto. Probablemente sea, leí una vez, el peor político de la historia desde que Calígula hizo cónsul a su caballo. Su imagen más recordada este año fue la nota que envió a Condeleeza Rice: ¿puedo ir al servicio? Ocurrió en la 60 asamblea de la ONU, marcando todo un signo del respeto que esta institución despierta en Washington. A lo largo del año, el desastre mental de Bush siguió paralelo al desastre material de su país. El Katrina, un ciclón que pasó por Cuba sin dejar muertos, dejaba imágenes tercermundistas en Nueva Orleáns. Donde antes había jazz ahora quedan sobre todo escombros y una peste en el aire de dimensiones bíblicas.

Aún así, si se trata de buscar castigos de los dioses nada se acerca al tsunami con el que se presentaba el año. Hace poco más de un año casi nadie conocía esa palabra. Ahora se emplea con una ligereza sorprendente: un tsunami de accidentes de tráfico, el tsunami del Estatut, el tsunami de la violencia doméstica. La vez más descalabrante la escuché en una obra de teatro esperpéntica. “Esta es mi amiga Paqui, la sunami”.

Lo del tsunami fue tan bestial que sorprende la rapidez con la que se ha olvidado todo aquello. Un trozo de Asia quedó pulverizado. Parecía irreal. Y frente a la imagen de la ola sí es cierto que las palabras pierden bastante fuerza. En cuanto sepa colocar imágenes en el blog, una de las primeras que meteré será la ganadora del World Press Photo 2005. En ella, una mujer llora la muerte de un familiar muerto al sur de India. Como él murieron otras 230.000 personas, exactamente la misma cifra que alcanzaron las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki y una marca que se acerca bastante a la que dejaron en España tres años de Guerra civil. Según dijeron los expertos, el grado de inclinación de la tierra varió varios centímetros. No sé lo que significa eso. En cualquier caso, es para echarse a temblar.


El sable de Bolívar

La esperanza, si es que existe, continúa en Sudamérica. El lema de los círculos bolivarianos de Venezuela cada vez se deja escuchar con más fuerza en todo el cono sur: “Alerta, alerta, alerta que camina / el sable de Bolívar por América latina”. Mientras el hermano americano se pierde en Oriente Próximo, el patio trasero se rebela. Kirchner, a pesar de su pasado peronista, y Lula, a pesar de su presente corrupto, lograron decir que no al ALCA, el tratado de libre comercio que impulsaba Estados Unidos. Regodeándose, y casi más por fastidiar que por otra cosa, Hugo Chávez y Castro sacaron el ALBA (Alternativa Bolivariana de las Américas). Al mismo tiempo, la izquierda gana fuerza en Chile y en Bolivia arrasa Evo Morales, un líder indigenista que nada más acceder al palacio presidencial busca la nacionalización del gas y dice que los contratos con Repsol son ilegales.

La primera pregunta que surge mirando todo esto es: ¿cuánto tardará Estados Unidos en intervenir militarmente o apoyar algún golpe de estado? Un asesor de la Casa Blanca ha dado el primer aviso: “No podemos permitirnos en Venezuela el mismo error que en Irak. No hay que hacer la guerra, hay que matar a Chávez”.


Bagdad, allí sigue

El mundo árabe, lejos de haberse serenado, parece cada vez más un polvorín con un ciento de cerillas alrededor. En la jaula de locos global ha aparecido un nuevo protagonista. De 2005 queda un nombre que habrá que ir memorizando: Mahmud Ahmadineyad. Apenas lleva unos meses dirigiendo los destinos de Irán, pero sus opiniones sobre el conflicto israelopalestino ya han dejado patidifusa a la comunidad internacional. ¿Cómo solucionarlo? Él da dos opciones. Una: echar a Israel al mar. La otra: que Alemania y Austria dejen un hueco de su territorio y que se vayan para allá todos los judíos. Sus últimas declaraciones, más chocantes todavía, han sido sobre el genocidio nazi. “¿Holocausto dice? Ja. Menudo cuento”.

Mientras, en Irak siguen las cosas igual que en 2004, igual que en 2003 e igual que seguirán en 2006. Cada cierto tiempo los iraquíes votan. Cada cierto tiempo, explotan. Lo más relevante este año sobre Irak ha sido su pérdida de interés informativo. A principios de año los atentados en Bagdad podían llevarse fácilmente la primera página. Luego eran necesarios un número mínimo de muertos para que un atentado pudiera considerarse noticia. Ahora 20 cadáveres sólo ocuparían un breve en las páginas centrales. Actualmente, harían falta más de 50 víctimas en varias ciudades para que una noticia sobre Irak volviese a abrir el telediario.

De hecho llama más la atención un coche ardiendo en París sin nadie dentro que un coche saltando por los aires en el centro de Bagdad. La revuelta de los extrarradios francesa ha sido más un juego de adolescentes inadaptados que la intifada revolucionaria que muchos pronosticaban. Hubo quien habló de una vuelta al mayo del 68. Cuánta ingenuidad. En el París del 68 había un Jean Paul Sartre al frente de la historia y un grupo de universitarios de buena familia que por primera vez se daban cuenta de la relación directa entre hacer la revolución y hacer el amor. En las universidades había literatura y teoría política. En los suburbios sólo queda la rabia. Del 68 salieron varios ministros, de aquí sólo saldrá lo que dijo el superministro Sarkozy: “escoria”.


Una, grande y plural

De todas formas, se quiera o no, en Francia existe cierta agitación social, hay un mínimo de debate público, se da por sentado que el modelo de integración ha fracasado. Francia plantea preguntas. La agenda política es, de algún modo, interesante. Sobre la mesa se ponen cuestiones que tarde o temprano habrá de hacerse el resto de Europa. El debate sobre la constitución europea fue doce veces más intenso que en España. Al igual que aquí, los dos partidos mayoritarios apoyaron con devoción un texto que probablemente nadie se hubiera parado a leer. Pero los franceses se interesaron, se dieron cuenta de en qué consistía el eurotimo y acabaron dando un “no” por respuesta

En España, donde Europa provoca casi tanta indiferencia entre los ciudadanos como frenesí espongiforme entre los periodistas, la política se mantiene con su habitual nivel de degradación. El debate, casi el único debate, omnipresente, omnisciente, omnimediático, es el que afecta a la reforma territorial. Es algo que irrita los oídos. Aburre soberanamente que sólo se hable de soberanía, de patrias, de banderas, de pueblos, de naciones, de nacionalidades, de regiones. Todas las palabras mohosas del XIX protagonizan los primeros años del XXI sin que nadie repare en su hedor.

No hay parlamentario que no hable como si estuviera enfundado en un trapo. El año empezaba con Ibarretxe hasta en la sopa y luego terminó con Maragall y Carod a todas horas. A Ibarretxe se le dio un portazo. A Maragall, un ya veremos. Entre unos y otros han hecho que en 2005 toda la vida periodística en España se basara en cuatro textos que casi nadie debe haberse leído: La constitución Europea, el Quijote, el plan Ibarretxe y el Estatut.

Respecto a estos dos últimos, el electorado asiste mayoritariamente a este circo con un bostezo en la boca. Todos a excepción de los militantes del PP, a quienes su partido ha conseguido inflar los ánimos a base de una estrategia consistente en apagar los fuegos con gasolina. Si Cataluña pide más soberanía, el PP convence a sus votantes de que se está gestando un cambio de régimen. Si Ibarretxe pide espacios de cosoberanía se habla de la independencia de las vascongadas. Si una selección catalana de Hockey sobre hielo gana un mundial apaga y vámonos. Es el acabose. España: requiescat in pace

La exageración del PP ha alcanzado niveles sofronizantes. Una de las pocas decisiones inteligentes del Gobierno, la legalización del matrimonio homosexual, levantó una manifestación de odio nacionalcatólico. Más tarde, la decisión de abrir un diálogo con ETA si deja las armas, (algo más que razonable, y más el año que el IRA entregaba las suyas), se interpretó como una victoria de la banda. En los 80 ETA mataba a más de 80 personas por año y sus objetivos pasaban por la independencia de Euskal Herria, con Navarra como condición obvia. Hoy seguramente declarase el alto el fuego a cambio de una amnistía de los presos y la legalización de Batasuna. Y bueno, no parece muy lógico poner bombas durante 40 años para que el objetivo final sea una reducción de las penas de cárcel y la legalización de un partido que hasta hace poco era legal.

Aún así, ¿para qué discutir? España, como pintó Goya y como insiste Reverte cada semana con más pesadez, es el país donde dos tipos se sacuden bastonazos hasta que se parten la crisma. Y en esas estamos, otro año más.

Lo único que cabría esperar, aunque no sé si es pedir mucho, es que tuvieran un poco más de talento, porque el año acaba con una indigencia parlamentaria que da grima. Con Zapatero llamando al otro patriota de hojalata y Rajoy respondiendo que es mejor eso antes que ser un bobo solemne. Después, cuando el Gobierno presenta sus quejas, Rajoy se excusa diciendo que él no ha dicho a quién se refería ni de quién estaba hablando, y que si Zapatero se ha visto como un bobo solemne es porque debe serlo. Y estos argumentos, que me recuerdan al patio de recreo de mi guardería, son los que marcan el rumbo político del Estado.

Concluyendo

La tierra se desmorona y España se deshace como un azucarillo en el café. Así acaba 2005. Todo parece permanentemente a punto de estallar. Y sin embargo luego, sin que se sepa muy bien por qué, no estalla. O no del todo, de momento. Esperemos a ver que pasa en 2006. Un año en el que, de ser posible, espero escribir post algo más cortos.

Reyes Magos sin papeles.

Descreídos.
Siempre por estas fechas escucho decir a alguien que no cree en la Navidad. Nadie te dice que no cree en la Semana Santa, ni en el Carnaval, ni en las vacaciones de verano. Les pueden gustar o no, pero esas veces no te dicen “todo es mentira”, como si acabaran de hacerte partícipe de una revelación trascendental. Las navidades, se añade a continuación, son toda una farsa para que consumamos más y para que, bajo el pretexto de que seamos más felices, gastarnos un dinero innecesario. Argumentos todos de una veracidad irrefutable, pero que se desmontan en nada que te da por responder: “Ya, claro”. Dudo que nadie con más de 13 años no se haya dado cuenta de eso.

Ese engaño, sin embargo, acaba generando una realidad igualmente indiscutible. Lo apuntaba alguien tan poco recomendable y tan lúcido como Goebbels: “Una mentira repetida cien veces se convierte en realidad”. Con la Navidad pasa lo mismo. A base de repetir como idiotas que somos felices llega el momento en que acabamos siéndolo. Una felicidad falsa, por supuesto, pero es que no existe otra felicidad. Es todo falso, por supuesto, pero funciona. El lenguaje, decía Derrida, crea la realidad. La forma suplanta al fondo. El signo atrapa a lo que designa. No nos movemos sobre realidades, sino sobre códigos. Borges, en un chispazo de lucidez, lo ejemplificó en un cuento: el mapa acaba adquiriendo el mismo tamaño que el territorio, así que nos movemos sobre el mapa, no sobre el territorio. La Navidad es ese mapa, es la plasmación temporal de ese mapa. Se come más, se bebe más, se cometen más excesos. ¿Innecesarios? Hasta cierto punto. Después de todo, los únicos momentos que merecen la pena suelen coincidir generalmente con los más excesivos.


Gaspar en la cárcel.

Así es el mapa. El subsuelo, mientras tanto, sigue tan podrido como de costumbre. No es necesario escuchar al aguafiestas que luego comerá y beberá como un cerdo durante las fiestas. Hay gente con bastantes más motivos para decirlo y que, sin embargo, a pesar de todo, prefieren pasarlo bien dentro de lo que cabe.

Julián es uno de ellos. Me hablaron de él antes de venirme de Madrid, y hoy retomo la vocación social del blog para hablar de él. Julián tiene 21 años, o 22, no sé. Nació en Colombia, y empezó a trapichear con drogas casi desde niño hasta que acabó en la cárcel de Medellín. A pesar de que una cárcel colombiana es lo más cercano que existe sobre la tierra al sufrimiento en estado puro, sobrevivió. Salió de allí y se vino a Madrid. Lleva, por lo visto, dos años. Sin papeles, claro. Antes la situación le preocupaba, ahora, de un tiempo a esta parte, se lo toma con tranquilidad. Se ha matriculado en un módulo de la universidad, a ver si al menos la estancia le vale para algo.

Con el tiempo, de la cárcel de Medellín ha pasado a una situación aún más truculenta. Estos meses ha hecho de rey Gaspar en unos grandes almacenes. Sin contrato, sin papeles, cobrando en negro. Su situación es lo más alejado que pueda existir del espíritu navideño. Pero trata de sobreponerse y hacerle creer a todo el mundo que, efectivamente, están hablando con un monarca barbicastaño con cento sudamericano.

A veces le cuesta, es lógico. Los niños, al parecer, piden cosas imposibles. Una de sus primeras sorpresas fue una niña que se le acercó para decirle: “Para mí no quiero nada, pero haber si puede traerle un marido a mi madre. Por favor, eso sí, que esta vez no sea como mi padre.”


Y Baltasar.

Julián (Gaspar), imagino que no sabría del todo cómo responder. Como mucho le diría: no te preocupes, sé buena, o algo así. Otras veces, sin embargo, la respuesta es más difícil. El centro comercial está en una zona de inmigrantes, por lo que un montón de niños le reconocen el acento y, conscientes del engaño, le piden regalos especiales. “A mí me da lo mismo lo que me echéis, si lo prefieres, nada, pero ya que estás ahí podrías hacer que a mi padre le den los papeles”. Desde que empezó a ser rey mago ha escuchado esto mismo una docena de veces, pero por muy Gaspar que sea tampoco puede hacer nada. Como mucho, por solidaridad geográfica, darle más caramelos que al resto de niños. Poco más. Eso, y enfadarse cuando a continuación tiene que soportar que se le siente entre las piernas una niña rubia, con coletas, olor a fresa y dientes muy muy blancos que desenfunda una carta enorme de cuatro folios y pide más regalos que el resto de la fila. Todos, obvia decirlo, para ella.

Con todo, Julián (Gaspar), soporta el aluvión de caprichos con un estoicismo encomiable. Escucha su media hora de deseos y le dice a la chica que muy bien, que sea buena y que ya se lo traerá. Consciente, claro, de que ella sí recibirá la mayor parte de lo que ha pedido. Podría, en vez de eso, mandarla a la mierda, y decirle que los reyes magos no existen, que la navidad es una colosal gilipollez y a continuación empezar a gruñir. Pero eso, recuerda, ya lo hizo hace poco Baltasar con otro niño al que no soportaba, lo que ha motivado que en el centro se hayan planteando echarle. Baltasar lo soportaba todo peor, porque era de Argelia, hablaba fatal el castellano y los niños se reían de él. Encima no creía en la navidad, apenas sabía quien era el niño Jesús, ni quiénes eran los reyes magos ni por qué todo el mundo quería tantas cosas por estas fechas. Después de los gruñidos pocos niños se acercaron a Baltasar. Según cuenta Julián (Gaspar), lo cierto es que su colega argelino daba algo de miedo.

Esa es la Navidad, más o menos. Falsa hasta la médula, pero no por eso menos
mala que el resto de fiestas. Julián (Gaspar), no reniega de ella. De hecho, desde que llegó a Madrid seguramente este haya sido de los mejores trabajos por los que ha pasado.

Momentos crepusculares


El gran silencio.
Junto al mar nos olvidamos de la ciudad. Las campanas tocan el avemaría con un sonido fúnebre aunque dulce en esta hora crepuscular. Aguardad un poco más. Todo se encuentra ahora en silencio. Se extiende el mar pálido y brillante. No puede hablar. A esta hora de la tarde, el cielo representa su eterno papel, revestido de rojos colores, de tintes amarillentos y verdosos. Las rocas y arrecifes que se precipitan en el mar como tratando de encontrar un lugar más solitario, tampoco pueden hablar. Hay una íntima quietud. ¡Qué hermoso y qué cruel es este gran silencio que nos sorprende repentinamente! ¡Qué doblez encierra esta belleza muda! Si quisiera, ¡cuántas cosas diría y qué malas serían estas cosas! Su lengua y la doliente felicidad que hay impresa en su rostro no es más que malicia para burlarse de su compasión ¡Que así sea! No me avergüenza servir de risa a semejantes poderes. Pero yo te compadezco, naturaleza, porque te han de hacer callar, aunque no sea sino la malicia lo que te hace enmudecer. Sí, me apena tu malicia.

Mira cómo aumenta el silencio y cómo se oprime y se espanta mi corazón ante una nueva verdad; tampoco él puede hablar; se ha puesto de acuerdo con la naturaleza para burlarse también. Cuando la boca trata de pronunciar palabras en medio de esta belleza, mi corazón disfruta con la dulce malicia del silencio. En medio de éste, la palabra y el propio pensamiento me resultan odiosos. ¿Acaso no escucho detrás de cada frase la risa y el error, la imaginación y la ilusión? ¿Habré de burlarme de mi compasión y de mi propia burla? ¡Oh mar! ¡Oh tarde! ¡Sois seres malignos!: enseñáis al hombre a dejar de ser hombre. ¿Habrá de abandonarse éste a vosotros y convertirse en lo que sois vosotros, algo pálido, brillante, mudo, inmenso, aquietado en sí mismo, elevado por encima de sí?
Nietzsche. Aurora



Rafael Argullol. Inmenso descubrimiento. Escritor, filósofo, profesor de estética en la universidad de Barcelona, articulista, colaborador habitual de El País en Cataluña. ¿Cómo he podido pasar tanto tiempo sin leerle? Uno de sus libros preferidos es el Corsario Negro. Al igual que el protagonista de Salgari, viste impenitentemente ropa oscura. Sus textos no dejan de ser profundamente fúnebres y, al mismo tiempo, brillantemente lúcidos. Su autor preferido es Leopardi, a quien le dedicó la tesis. Su poema preferido: El infinito. Su pintor de referencia: Caspar David Friedrich.

Todo eso le lleva a analizar el mundo con una sabiduría asombrosa y algo perturbadora, con un estilo fuera de lo común para el mundo en el que vive. Parece, de hecho, alguien sacado de una época lejana y poderosa. Sus análisis sobre la sociedad o sobre el arte dan la sensación de estar escritos para que sean leídos dentro de un par de siglos. Se aleja del tópico y la explicación manida. En cualquier fenómeno encuentra una conexión mítica, filosófica o simbólica. Y lo hace desde una visión deliberadamente fría. Leyéndole, todo lo que sucede en el mundo y en el arte alcanza la lógica irrebatible de una operación matemática. Sobre el 11 de Marzo, por ejemplo, escribe:
“En el subsuelo conviven el nihilismo ideológico y el terror criminal con la complicidad de aquellos poderes y actitudes que sacan provecho del ocultamiento, la manipulación y la mentira. Como Dostoievski analizó con implacable lucidez en Los demonios, el subsuelo es la patria propicia del nihilista porque allí, ajeno a la ley, pero también al amor y a la compasión, se siente el incontestado ejecutor de sus quimeras sin tener que dar explicaciones a la modesta e incierta luz en la que viven y mueren los hombres. Incapaz de captar esa luz, el nihilismo se siente, en cambio, superior en el ámbito de la tiniebla.”


Saber que existe alguien sobre el planeta que escriba así es algo de veras reconfortante. Lo he encontrado por suerte, mientras hojeaba la edición digital de El País. En la sección de Cultura le dedicaban una hoja entera a su último libro: “Enciclopedia del Crepúsculo”. En ella da sus propias definiciones del imaginario literario que han creado en occidente toda una serie de artistas destruidos por la locura o la melancolía, filósofos cercanos al nihilismo, leyendas populares pesadillescas y mitos subyagantes. La enciclopedia llega hasta la V. Comienza en Ángel y termina en Volcán. Tuve la sensación de haberme encontrado con algo que no creía que pudiera seguir existiendo. ¿Es posible seguir siendo hoy oscuro y romántico (dios santo, lo que ha degenerado esa palabra); y todo ello sin necesidad de llevar cruces invertidas, ni pintarse la cara de blanco, sin recurrir a los personajes de miedo de cartón piedra, sin soltar estupideces que suenan profundas de pura oquedad?
La prueba estaba delante de mis ojos.


Pensé en el apellido, Argullol. Me sonaba. Revisé mis apuntes (desde el principio del curso, ha sido la primera vez que los he leído), y lo primero en saltarme a los vidrios fue que Rafael Argullol aparece en la bibliografía de mis dos mejores asignaturas de este año: Teoría comparada de la modernidad literaria y Romanticismo alemán. Al parecer, se trata de una de las voces más autorizadas en toda la literatura de finales del XVIII y principios del XIX. Leí mis apuntes con pleno interés. Sin darme cuenta, desde que empezó el curso he anotado bastantes teorías suyas acerca de la ilustración y de la rebelión romántica primero con el Sturm und Drug y más tarde todo el estallido de Blake, Keats, Wordsworth, Novalis, el divino Lichtenberg, o E.T.A. Hoffman.

Me dio rabia no haber leído aún ningún libro suyo. Traté de subsanarlo. He buscado en el historial todos sus artículos publicados en El País. Hay una gran cantidad, algo más de cien. He comenzado a devorarlos con un entusiasmo desbordado. Los referentes que emplea me han hecho temblar. En pintura: Delacroix, Gericault, Edvard Munch y Goya. En teatro: el Calígula de Albert Camus. Por un momento, leyendo todo esto, me he sentido menos solo.

Así que he decidido tragar todo lo que caiga de este hombre en mis manos. Me vendrá bien, imagino, porque Argullol maneja una filosofía crepuscular e iniciática especialmente indicada para los momentos de crisis. Me viene haciendo falta algo así. En cierto modo, mis últimos meses se están moviendo en una brumosa etapa en la que no sé muy bien en qué consiste mi vida. ¿Tener una carrera acabada y ganar dinero de vez en cuando me convierte en adulto? ¿Seguir viviendo de la solidaridad familiar hace que pueda seguir siendo un universitario hedonista y pequeñoburgués?

No sabría qué decir. Me muevo en un terreno movedizo entre una cosa y otra. Y todo eso es también muy crepuscular. El problema, como ocurre a veces con los crepúsculos, está en que no puede saberse muy bien del todo si anuncian el día o la noche; si está por llegar un cielo refulgente y esplendoroso que me nuble la vista o acabaré definitivamente hundiéndome en el abismo.

La respuesta, es posible, aparecerá algún día por aquí escrita.