Sobre este blog
Lo admito: este blog hasta ahora no ha tenido ni pies ni cabeza. No es algo del todo extraño, le sucede a la inmensa mayoría de bitácoras que pululan por la red. A mí, sin embargo, quizás por algo de orgullo, me enerva. De cuando en cuando dejo caer mis ojos por las grises y misérrimas existencias de otros blogger y mi ánimo comienza a derretirse línea tras línea. Diantre, murmuro, ¿seré otro más de ellos? ¿Tan viscosamente encantado de haberme conocido? ¿Tan triste? ¿Tan insustancial? ¿Tan artificial? ¿Tan carente de estilo?¿Con tan poco que decir?
“Es posible”, responde a gritos una vocecita interior que se divierte destruyéndome. Entonces me leo. Releo lo que llevo escrito. Para mi consuelo, compruebo que a diferencia del blogger medio aún no chapoteo con absoluto frenesí en mi propio narcisismo. Por más que la mediocridad me saque la lengua y me guiñe los ojos, de momento no he accedido a sus más bajas proposiciones. Eso me tranquiliza, pero no del todo. Al echar un vistazo a mis post cierta insatisfacción se hace manifiesta. Por cada vez que sonrío al menos hay doce que me muerdo los labios.
Recapitulemos la situación. Hasta la fecha he intentado cada cierto tiempo encontrar cierta coherencia interna para el blog. Sin embargo, a poco que me lanzaba a escribir algún post esa lógica se me iba de las manos, escurridiza cual pastilla de jabón en la bañera. En su corta y poco leída andadura esta página ha oscilado errática de un lado para otro como quien lleva cinco copas de más. De la introspección satírica y el ombliguismo primigenio saltó a la denuncia social. A continuación, durante el camino hubo un par de prometedoras incursiones en la observación costumbrista que por ahora se han quedado en eso, en promesas. Más tarde vinieron algunas vueltas por el lagrimeo postadolescente con pretensiones de nausea sartriana, combinado con un paisajismo de corte ñoño; y así hasta acabar en una incomprensible mezcla de anécdotas de cafetería, una crítica melómana que no pega ni con cola con el resto y un “mira-lo-que-me-ha-pasado-esta-tarde” con una gracia tan escasa como su extensión.
Visto lo visto, y teniendo en cuenta la idiocia reinante (en el mundo en general y en la blogosfera de forma consumada), es posible que esta crítica suene excesivamente dura. En los tiempos que corren, donde el conocimiento de la gramática y la sintaxis rara vez sobrepasa al corrector del Word, poner las comas en su sitio es algo que le convierte a uno en Shakespeare. Pero eso no me vale. Niet. El mal de muchos consuela a los necios. En el reino de los ciegos los tuertos siguen siendo tuertos. Puede que por Leer y Quemar hayan aparecido algunos destellos de luz, pero eso no hace más que confirmar la oscuridad del resto. En definitiva, como diría Ortega y Gasset mientras la República se hundía en el fango: “No es esto, no es esto”.
¿Y ahora qué, eh?
A Leer y Quemar, me he dado cuenta, le faltaban algunas cosas que hacen que cualquier blog (y también es válido para el concepto oxidado de diario), pueda despertar un mínimo de interés. Básicamente una: vísceras. Básicamente otra: crueldad. Básicamente una tercera: exhibicionismo. Y por último básicamente añadir una carcajada pantagruélica y de un volumen pavoroso que sirva de camuflaje a todo lo demás. Esa es mi idea de blog. Con esa actitud no hace falta ni siquiera llevar una vida interesante. Mis propias desventuras al subir o bajar del metro me despiertan una y mil veces más fascinacion que la grisitud rampante de otras muchísimas páginas. Solo hace falta cierto ojo enfermo y echar carne al blog para que cualquier perro pueda morderla.
Si hasta ahora no he llegado a ese punto ha sido por pacatería, por cierta prudencia razonable a mostrar mis tripas por Internet y por la confianza ingenua en que podría mantener bien atados a mis fantasmas mientras hablaba de mi vida. Pero después de estos meses, y dado que mis demonios quieren pasearse libremente por aquí, he decidido invitarles a que salten a la plaza y comiencen a bailar, a que se contorsionen con alegría orgiástica ante la blogosfera; a que desfilen alegremente ante quienes deseen malgastar su tiempo y su ocio en estas líneas. Espero que con eso Leer y Quemar vuelva a hacer honor a su título. Espero que nada de lo que aquí escriba merezca salvarse del fuego.
Espero, sinceramente, que lo disfruten.
