Leer y Quemar

Viddy well, little brother.Viddy well.(A clockwork orange)

jueves, marzo 02, 2006

Mind the Gap

-La leche sabe a mierda. ¿A qué sabe el café?
-El café sabe a leche.
Conversaciones durante el desayuno.

Underground

Madrid, metro. Suena una voz robótica. “Próxima estación: Usera. Al salir, tengan cuidado para no introducir el pie entre coche y andén”.

Es la una y diez de la noche. Alberto hace cinco minutos que se ha montado en el autobús para Mérida. Su hermano, tres horas antes, cogió también el último para Salamanca. Durante una semana no he dejado de patearme con ellos aeropuertos, estaciones de metro, bares, cafeterías, museos y palacios. La frase del metro es la confirmación última de que el viaje ha terminado. Su significado es definitivo, no estoy en Londres.

En Londres esa misma frase es mucho más corta, más poderosa, más épica. De seguir en Londres los altavoces hubieran alertado: “Mind the Gap”. Por encima de todas las conversaciones y de todos los sonidos se habría impuesto una voz masculina, regia, seria, solemne, arquetípicamente inglesa, paralizante, demoledora. Y por eso mismo, decididamente pop. Podías encontrarte camisas con esa leyenda, un dibujo del símbolo del metro y esa advertencia: “Mind the Gap”. Londres se diferencia del resto del mundo precisamente por esa clase de cosas, por la capacidad para convertir en mitología y en objeto de veneración lo absolutamente cotidiano. Debe ser la única ciudad del mundo donde se pueden encontrar camisetas con un símbolo del transporte público que lleve grabado un mensaje de advertencia, y debe serlo seguramente porque es la única ciudad del mundo capaz de generar gente interesada en comprar algo así.

Ahora los metros vuelven a pedirme que por favor, tenga cuidado para no introducir el pie entre coche y andén.

No es lo mismo. Ni por asomo.

No es ni remotamente parecido.


Acabo de deshacer las maletas. Veo periódicos atrasados en inglés. Doblo y desdoblo mapas de museos. Estoy cansado, muerto. Un segundo antes me he tumbado en la cama y me ha parecido experimentar el placer de quince orgasmos. Antes de dormir, echo un último vistazo a las revistas que me he traído, a los ocho planos de metro que iban desapareciendo día tras día y que luego decidieron aparecer de golpe antes de salir del hotel. Siete de ellos los tiro; el último, junto al resto de cosas, lo meto en la parte de mi estantería donde entra todo lo que algún día tendré que poner en orden y que sé que nunca pondré en orden.



Iniciación


Acaban ahora mismo siete días razonablemente delirantes, de frío inclemente y precios prohibitivos, de perros ingleses vergonzosamente beodos y mamados a partir de las ocho de la tarde, de horas y horas de martirio podológico en paseos por plazas y por museos, galerías, cuadros y experimentación conceptual; de tiendas de ropa, ropa, ropa y más ropa; de mercados y de mitomanía Beatle a cargo de los Gallagher DJ´s (más humildemente conocidos en otros foros como los hermanos Luque).

Aun así, sobre todo se acaba una semana de música constante y magistral omnipresente en cada pub, en cada tienda, en las calles, en los grandes almacenes y en los mercados. Si hay algo característico de Londres es su música. En parte es lo que hace de este sitio un centro de peregrinación melómana. Y en parte, imagino, en mi idea de irme para la capital de la Commowealth andaba también presente el plan de salir de un cierto tipo de analfabetismo musical (y en consecuencia, de analfabetismo social), que seguramente haya sido un lastre a lo largo de los 23 años que llevo correteando por el mundo.

No sé hasta qué punto algo más de dos décadas de abulia e indiferencia hacia el pop, los 60 y todas las criaturas sonoras que de allí surgieron pueden compensarse en una semana, pero de ser posible alguna cura, estaba clara que el sitio era Londres. Y de ser posible la ayuda de un par de colegas, ahí tenía a dos hermanos cuyos coqueteos con lo mod llegan al extremo de provocar miradas de resquemor en Salamanca y auténticas miradas de inquina y extrañeza en la siempre timorata Augusta Emérita. Los dos me han conducido por el non plus ultra de la Gran Bretaña y me han guiado por el confuso universo sonoro londinense como su fueran Virgilio enseñándole al buen Dante los entresijos más inhóspitos del inframundo.


Danger!

En siete días hemos visto sin salir de la misma ciudad más de un cielo, más de un infierno y no pocos purgatorios. Entre todo, no sabría con qué quedarme. Las imágenes se agolpan. Alguien pregunta: ¿qué tal todo?, y sin tiempo para abrir la boca ya ves delante revoloteando por el cerebro una turba de anécdotas dándose codazos para salir antes que las demás. Así, al azar, ahora las tengo casi todas enfrente.

He visto, por ejemplo, un despliegue policial para un partido de fútbol bastante más asustante que el de cualquier manifestación en Madrid. Partido Barça –Chelsea. Javi quiso acercarse al estadio para, en sus palabras, “ver el ambiente”. Y el ambiente, como era presumible, resultó pesadillesco. Allí me sentí entre tres fuegos cruzados. De un lado, decenas de policías montados a caballo vigilando cada calle. Del otro, una legión hooligans medio borrachos gritando “fuck off Barça”. Por último, Boixos Nois catalanes vociferando “We are not spaniards” “We hate Spain”. Escenas manicomiales antes y después del partido, con la sensación estúpida de que ser español podía ser un motivo suficiente, aunque por causas distintas, para que la emprendieran con nosotros las bestias zoológicas de ambos equipos. Todo para que después ganara el Barcelona y nos encontrásemos en el metro rodeados de rapados ingleses de aspecto ultraviolento y visiblemente enojados. Eso ocurrió el primer día. Y ni siquiera fue de los más entretenidos.

Jeckill y Hyde.

Vimos cosas mejores, vimos anuncios luminosos en Picadilly que dejan en bragas a los de Madrid junto a edificios neoclásicos que dejan también en bragas a los de media europa; vimos un metro que llegaba puntual a los sitios; vimos los preparativos para una recepción oficial en Buckingham Palace, con señores vestidos de frac, levita y sombreros de copa. Cada uno, a su modo, vio luego que su nivel de inglés lidiaba con lo deplorable. Vi que el mío, en concreto, alcanzaba niveles descalabradamente ínfimos; y ví y sentí y vimos y sentimos lo que es el frío auténtico, punzante y pulverizador a la hora de ducharse en el hotel.

He visto, al mismo tiempo, mujeres que parecían gallinas, con el color de las gallinas y el timbre de voz de las gallinas. He visto en todo su esplendor la doble moral inglesa, el doctor Jeckill y Mr. Hyde de esa sociedad, que lleva a señores correctísimos, de una educación exquisita, que no dejan de decir “please” y “I´m sorry” a todas horas, a transformarse con menos de tres cervezas en auténticas bestias berreantes incapaces por completo de mantener la menor compostura. He visto eso en una semana. Lo mejor y lo peor. Todo lo que las guías recomiendan ver y todo lo que las guías callan sibilinamente.

He visto Londres, vaya. Y ahora miro hacia un lado y hacia otro y ya no veo nada que se le parezca.


Suspiro.


Gran suspiro.


Tremendo suspiro.